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MARÍA DEL PINO FUENTES DE ARMAS *

Fiesta de cumpleaños

2/jul/07 01:21
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ME LO ADVERTÍAN pero jamás di credibilidad a los comentarios. Primero fue la fiesta de cumpleaños con ositos rosas y azules, muchos globos, invitaciones hechas a mano, con forma de conejo saliendo de una chistera y personajes de los cuentos de Disney paseándose por el jardín. Luego se sucedieron, a medida que aumentaba el número de velas, los títeres, cuentacuentos, payasos y castillos hinchables. Con el paso del tiempo le llegó la oportunidad de escoger el sabor de la tarta, elegir la piñata, preparar las bolsas de golosinas, confeccionar la lista de invitados y decidir si el menú llevaría pizzas, hamburguesas o perritos calientes.

Más tarde se incorporaron las competiciones deportivas con la entrega de diplomas y trofeos incluida, el montaje de un pequeño escenario para hacer su show particular, el alquiler de un karaoke y hasta la contratación de un disc-jockey. Las tarjetas ya se compraban en una librería cualquiera o se hacían por ordenador. En el menú ya no se incluían las medias noches rellenas de jamón y queso, que fueron desplazadas por el pan pizza. Aparecieron los licores sin alcohol y los salados de todos los sabores y colores para una fiesta en la que ya no se quería tarta de cumpleaños, bolsas de golosinas ni piñata. Había que comenzarla más tarde y terminarla a las diez. Por cierto, los padres ya no saludaban al llegar, ni los niños se despedían al marcharse. Los progenitores dejaban a sus hijos en la entrada de casa y, a la hora convenida, con unos toques en la pita del coche les indicaban que era la hora de irse. Detrás dejaban muchas figuritas de regalo, de resina, colgantes de plata y algunos ejemplares de literatura juvenil.

Al año siguiente ya se planteó el hacer en la barbacoa de casa una chuletada por su cuenta, es decir, mamá prepara el mojo y los entremeses, guisa las papas, hace el postre y compra la carne. Terminamos los mayores asándola y viendo cómo en ese comedor lleno de hormonas alteradas se rompían todas las previsiones: se acababan los refrescos, los entremeses, la carne, el pan, casi todo. No almorzaron, devoraron cantidades ingentes de comida. Fue el año de las camisetas y de las tarjetas con mensaje, que estuvo marcado por el paso de unos vándalos que acabaron con las azucenas, doblegaron los agapantos, pisotearon pensamientos y petunias que no volvieron a florecer. Arrojaron piedras en la fuente para matar algún pez y se colgaron de los cirueleros en flor.

Para el otro cumpleaños se eligió como tipo de celebración una "pijamada". Una fiesta en la que un grupo de chicas come sin cesar pastillas de goma, chocolate, galletas, pizzas? bailan, se hacen confidencias y permanecen la noche en vela, pues esa parece ser que es la meta de esta fiesta: amanecer en pijama, con ojeras y afonía. Fue el año de los perfumes y los bolsos como regalo preferido. Alguna confesó cómo había sido su primer beso y también apareció una botella de bebida camuflada entre el saco de dormir. Las madres preparamos mantas y almohadas, alquilamos un par de películas y ofrecemos cena y desayuno a las invitadas.

En mi caso, con los dieciocho llegó el alcohol a plenitud, a duras penas controlado por unos camareros que se vieron invadidos por una pléyade de chicos insurrectos que tuteando y gritando pedían constantemente ron, vodka, tequila? y que pese al reclamo constante de unas bandejas multicolores en las que se alineaban variedades de bocaditos, se pasaron la media noche casi sin comer. No se fijaron en los arreglos florales, en las carpas del jardín, en las mesas redondas, en las velas, en nada, solo querían ponerse ciegos de alcohol, bailar como poseídos y besar a la chica de turno. La fiesta acabó a las tres de la madrugada. Como testigos de esta mayoría de edad quedaron restos de comida en el césped, decenas de vasos y servilletas por los salones, colillas en los patios y la sensación de que pasó un rebaño de ganado por la puerta principal, pues muchos padres no enseñan a sus hijos a dar las gracias a los anfitriones por la invitación, a despedirse, a comportarse en una fiesta privada con elegancia de maneras.

El sábado hubo otra cita. La convocatoria, que no invitación, llega a través de mensaje por el teléfono móvil, no se confirma asistencia y no se lleva regalo. La moda es alquilar un local por unas horas, generalmente a partir de las once de la noche, con lo que no se sabe si el homenajeado cumple hoy, mañana o el mes próximo. El anfitrión se sitúa en la puerta a repartir las entradas, previo pago de diez euros, que otorgan el derecho a la consumición, permitiendo el acceso a todo el que se apunta siempre y cuando pague, sea amigo o no. Son noches de tacones altos que destrozan los pies por la falta de costumbre, de ropa breve pese al frío de la madrugada, de chicos que apuran la vida y de padres, algunos, que dormitamos en el interior del coche esperando la salida de nuestros hijos de lo que ahora se entiende por una fiesta de cumpleaños. La radio y una manta de viaje dulcifican la espera.

Los ositos rosas y azules tenían más poesía.

* Titulada Superior

Universitaria en Relaciones Institucionales y Protocolo

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