Desde una visión juvenil
Desde que tengo uso de razón existe el problema del espacio, y desde ese momento se grabó en mí una gran pregunta del mundo adulto: ¿dónde aparco? Este problema se ha ido incrementando con los años, y nunca, en los barrios, se le ha dado solución. Por ejemplo, en los barrios laguneros de Taco, las familias tenían a finales de los años 80 y principio de los 90 dos coches en sus casas, pero sus hijos no tenían; hoy, estas familias tienen hasta 4 coches, porque sus hijos han crecido. Aquí estoy yo, que ahora soy uno de esos "casi adultos" que tenemos siempre en boca esa pregunta.
Han pasado las elecciones y ahora comenzamos a disfrutar de esas obras preelectorales que, como siempre, "ayudan" al ciudadano: en el barrio de El Cardonal, que puede haber, haciendo una estimación por la baja, 1.360 viviendas en los bloques pertenecientes a la urbanización, ¿cuántas personas pueden vivir en ese trocito de mundo teniendo coche y después de dar igualmente su voto? Por fin, después de tantos años han acondicionado las zonas de aparcamiento, se han delimitado con líneas para que la gente aparque mejor, pero? donde antes aparcaban 10 coches ahora lo hacen 7, porque el espacio entre estos es muy amplio y zonas como la avenida de Los Majuelos (dentro del marco del barrio) han dejado de tener este servicio de aparcamiento? ¿y ahora dónde me guardo el coche?
Soluciones hay. No soy yo quien puede darlas, pero puedo citar dos ejemplos: junto a la plaza principal del barrio existe un terreno que desde que se urbanizó la zona ha estado abandonado, sin edificar, y que se encuentra junto a la mayor zona de aparcamientos; tal vez se podría ampliar. Y también, justo al lado, existe un cancha que con tanto sufrimiento se hizo y que desde hace ya varios varios años tiene en su explanada árboles crecidos, tal vez ahí se podría hacer algo? Vamos, digo yo.
Gracias a cuantos harán lo posible por vender su coche y utilizar el tranvía.
Eduardo Rivero Évora
La vieja Escuela de Náutica
Temprano, bastante temprano esperaba en la glorieta del Padre Anchieta a que apareciera el coche verde claro, una ranchera Ópel, un lujo para aquella época, repleta de cartones de huevos que habían puesto las gallinas de la Punta del Hidalgo en la granja del padre de mi amigo. Como podía, me acomodaba y, despacio, por lo obvio, bajábamos para Santa Cruz a estudiar en la Escuela de Náutica. No era todos los días los que me ahorraba el duro de la guagua, sólo los días de recova. Pero también había muchos días, por no decir todos los que no bajaba en la ranchera verde con los huevos, en que bajaba en auto-stop, y gracias a los automovilistas realicé la carrera, pues el día que bajaba en guagua, forzado por el horario de clases, me quedaba sin el bocadillo de sardinas en el carrito de la entrada del muelle.
Decíamos el muelle, el puerto, al cual llegábamos por la avenida desde la Escuela, evitando que las olas nos mojasen en pleamar, pues rebotaban en el muro del paseo y sorteando a los muchos pescadores de caña que nos encontrábamos de paso y a los que conocíamos pues eran muchos cursos con el mar como nexo, nosotros por teoría y ellos por práctica.
Me llamaba la atención el padre de mi amigo. No hablaba mucho, con el cigarro en la comisura de los labios y con su gorra de visera ladeada. Todo un personaje, seguramente pensando que al mayor de los hijos, mi amigo, sólo le gustaban los huevos fritos, no cómo obtenerlos.
El puerto, para nosotros los estudiantes de Náutica, era el lugar donde pasábamos la mayor parte del tiempo libre. Era fácil llegar y nos sentíamos atraídos por la belleza de los barcos, la línea de atraque siempre repleta de distintas banderas y los conocíamos a casi todos, unos porque tenían línea regular y otros por la formación adquirida, o por las tertulias de compañeros que habían navegado en la compañía.
La vieja Escuela de Náutica, como tal, hoy no existe, fue derribada. Estaba situada entre el cuartel de San Carlos y la ermita de San Telmo y muy próxima el bar Avenida, famoso por sus camarones, manjar al que muy pocas veces podíamos llegar. Por el contrario, engañábamos al estómago ingiriendo unos pequeños bocadillos de queso blanco en muy finas lonchas que nos dispensaba el propietario, ya mayor, de un lúgubre bar al que llamábamos "El Irlandés", que se encontraba lindando con la ermita de San Telmo.
La vieja Escuela de Náutica, antes de desaparecer, albergó las oficinas de la Policía Municipal de Santa Cruz. La actual está situada, como Escuela Superior de Náutica perteneciente a la Universidad de La Laguna, en la bahía, cerca de las instalaciones de Paso Alto.
El Santa Cruz de los años 60 invitaba a acercarse al muelle. Eran muchos los que embarcaban rumbo a Sudamérica, tiempos del "Begoña" y "Montserrat", aquellos trasatlánticos que tantos isleños vieron partir con familiares a bordo en busca de mejor fortuna. Del "Santa María", trasatlántico portugués muy vinculado a nuestro puerto y famoso por el secuestro de Galbao. Tiempos de la "Viña del Loro", romántico lugar con barricas, por doquier sus vinos peninsulares y jugosas chacinas en las reuniones y tertulias de los aspirantes a marinos que dejaban volar sus sentimientos trasladándolos a ambientes similares a todos los puertos conocidos. Fábrica de sueños, ansia por salir en aquellos barcos que tenías delante de tus ojos y recorrer el mundo.
Necesitabas acabar cuanto antes para comprobar por ti mismo lo que otros te habían contado. Hombres de tierra adentro, pero rodeados de mar, de ese mar que te apasiona, que te hace soñar y fijar metas. Cuanto antes las sueñes mejor, pero en otras islas, en otros mares, con otras gentes.
Francisco Llarena García
Gracias al PP
Quisiera dar las gracias al PP por acordarse de los niños del silencio. Mi carta la titulo así porque el día 10/06/07 en este mismo periódico leí la gran noticia de que el Grupo Popular pidió que los niños maltratados fueran tratados como las mujeres, con la Ley de Violencia de Género. Agradezco sinceramente que alguien reconozca que en España, un país democrático, hay miles de niños maltratados por sus padres o sus compañeros y, a diferencia de las mujeres maltratadas, se mira hacia otro lado o los hacen volver con sus padres maltratadores. Estos niños están siendo maltratados por las propias instituciones públicas, que conocen bien cada caso pero no hacen nada. Desde que se detectan dichos casos hasta que se actúa pueden pasar años y no es una exageración. Los profesores no se preocupan cuando un niño empieza a cambiar el carácter, falta a clase o está triste; los Servicios Sociales, cada ayuntamiento, deberían pedirles responsabilidades sobre los casos abiertos que permanecen sin investigar o los niños a los que se deja de vigilar. Los jueces deberían investigar cada caso que les llegue y no esperar a que pase "algo más", y los padres biológicos de dichos niños, que, al no vivir en el mismo hogar, se desentienden de la situación mental y física de sus propios hijos.
Se tiene que proteger a la infancia, ya que son nuestro futuro y ellos mismos no pueden ir a ninguna comisaría a denunciar su caso. Es una obligación para la Justicia y para todos los partidos políticos, sean del color que sean. Es mi caso un nieto de cuatro años maltratado por su propia madre y su padrastro. Gracias PP, esperamos mucho de ustedes.
Una abuela de un nieto maltratado
Por dignidad
Con fecha 7/01/06 me publicaron un artículo en el periódico EL DÍA que titulaba "Jardines del Puerto". Mi propósito, como lo ha sido siempre por otras cosas, era el de llamar la atención por el estado de desidia y de abandono en que se encontraba en aquella fecha la urna que contenía las dos losas de mármol que contenían las dos frases lapidarias del General Gutiérrez y del Almirante Nelson conmemorando el 25 de Julio de 1797.
Es una fantasía ver cómo políticos que se autollaman defensores de nuestra isla tengan durante tanto tiempo este lugar sin reparar, teniendo en cuenta que está situado a la entrada de la ciudad. Si mis informes son correctos, este lugar pertenece a la jurisdicción de la Autoridad Portuaria.
¿Cómo es posible que se quiera levantar el nivel de esta isla, si para una cosa tan relevante y justificada, como restaurar todo este monumento, hay tanta indiferencia y pasividad?
¿De qué manera hay que pedirle a este organismo que, sin más demora, arregle este destrozo?, ¿es que no hay orgullo, amor por lo nuestro? Y si así fuese, ¿por qué no se van y permiten que tinerfeños con dignidad reparen esta vergüenza?
Ortsac
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