Canarias
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JUAN IGNACIO ÁLVAREZ ALBERTO

Bajarse de la nube

26/jun/07 02:14
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EN ESTOS DÍAS en que nuestras Islas Canarias tendrán un nuevo Parlamento y Gobierno Autónomo, renovado -en teoría- por las últimas elecciones locales y autonómicas del pasado 27 de mayo.

Necesariamente es tiempo de reflexión no solo en relación a la formación más adecuada para los intereses del crecimiento económico de nuestra tierra y a su vez para solucionar los mil y un problemas que nos aquejan en materia sanitaria, educativa y agrícola. Sino que es necesario no pedir peras al olmo después de que el cincuenta por ciento de los canarios con legítimo derecho al voto ni se hayan molestado en colocar sus papeletas dentro de las urnas. Quizá como protesta a la incomprensión y al aislamiento del mundo político de la verdadera y cotidiana realidad.

Está claro que los anteriores gobiernos autonómicos canarios, cada uno ha tenido su propio estilo, dependiendo del partido o personalidad que lo ha presidido, pero si de algo puede vanagloriarse el último gabinete de don Adán Martín Menis es de la humanidad y del fino trato dado a los problemas de Canarias, de los que en algunos casos se han visto prácticamente desbordados: cabe citar la tormenta Delta, o la inmigración que nos acechaba en cada esquina de nuestras islas el verano pasado, mientras el ministro de Trabajo, don Jesús Caldera, se dedicaba a pasear por su ciudad natal de Bejar, Salamanca, mirando para el otro lado.

La paradoja es que un ex miembro del mismo Gobierno Nacional, el ex ministro de Justicia, venga a Canarias a liderar y a limpiar lo que no fue capaz de hacer desde el propio Gobierno de Madrid. Pisoteando el Estatuto de Canarias. Del que ya solo se pide que sea retirado.

Ahora la cuestión es hasta dónde se podrá realizar un nuevo Estatuto de más fino olfato y de precisión que nos permita sobre todo en temas de inmigración tener nuestras propias competencias para poder evitar avalanchas como las del año pasado. Lo que está claro es que la desesperación no es buena consejera, y lo que no se puede permitir de ninguna de las maneras es desgajarnos del resto del territorio nacional, creando vacíos de poder de los que Marruecos, como especialista en la materia, se aproveche para venir e invadir nuestras islas, como no le dolió en prenda ejercitar esa técnica con la Marcha Verde y la invasión del Sahara, del que no se despega ni con agua caliente. Al reclamo después de treinta y dos años, de retirada de las tropas españolas, de sus legítimos representantes: la República Árabe Democrática Saharaui. Pueblo pacífico y noble que lleva un gran puñado de años reivindicando su nacionalidad y territorio tras la retirada española. Siempre con el viento siroco en contra a la hora de delimitar sus fronteras, traduciéndose en una labor mucho más difícil y ardua que la de propiciar que algunos políticos en Canarias se caigan de la nube en la que se encuentran hace años, en el distanciamiento de los ciudadanos. Lejanos parientes de aquellos políticos marroquíes que no quieren saber de independencia en el Sahara, al podérseles escapar de las manos las minas de fosfato más importantes del mundo a cielo abierto o la riqueza del banco pesquero canario sahariano.

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