TAL COMO ESTÁN LAS COSAS -la economía doméstica, digo y me refiero-, las vacaciones familiares no se plantean ya en base a la vieja disyuntiva, playa o montaña, sino que se barajan muchos factores y la cosa se plantea como una auténtica operación táctico-estra- tégica en la que los costes revisten una importancia fundamental.
-A no ser que veranees en Las Caletillas, tío.
A no ser. Pero, si uno pretende desplazarse lejos conviene saber cuáles son los destinos baratos y los destinos caros. Para el conocimiento del lector y por si le sirve de algo, direles que, en estos momentos y según todos los estudios existentes en el mercado, la ciudad más barata del mundo es Asunción, la capital de Paraguay. Y la más cara, Moscú, seguida de Londres. ¿Qué es lo que sucede?... Que aunque Nuestra Señora Santa María de la Asunción, que es el nombre completo de la urbe capitalina paraguaya, sea mucho más barata que San Sebastián de La Gomera, un suponer, donde la cesta de la compra tiene los precios más elevados del Archipiélago, a los Gómez García (matrimonio y tres hijos, dos críos y una adolescente) les va a salir mucho más económico pasarse el mes vacacional en la Isla del Cedro que en la capital sudamericana, mayormente por los costes del viaje.
Y es que usted se va a una agencia y dice que quiere volar a Asunción y le miran raro, porque tampoco tiene cara de inmigrante que desee volver coyunturalmente para saludar a los parientes. Sin embargo, en esa misma agencia le ponen usted en Moscú sin dificultad ninguna en un santiamén o le colocan a las orillas del Támesis por cuatro duros. No está Asunción en las rutas turísticas habituales y eso, en la sociedad actual, es una pega insalvable.
Un anuncio de prensa a toda plana -de una agencia de viajes, por cierto-, que me parece de mucho y eficaz impacto, advierte al potencial veraneante:
"Éste (se refiere a España) es el octavo país más caro del mundo. Quedarse le va a salir más caro".
Incita, claro está, a viajar al extranjero. Y uno, ante el inteligente y tentador aviso, se lo piensa. Aunque le entra un comprensible temor:
-¿Y si elijo, como destino, uno de esos otros siete países que son más caros que el nuestro?
Elucubraciones que uno, la verdad, imagina, pero no se plantea, porque, si, para viajar y pasárselo bien en el lugar elegido hay que estar echando cuentas y preocupándose por el dinero, mejor quedarse en casa. Por eso hace tantísimo tiempo que yo no me tomo unas vacaciones, oigan. Porque donde sea, donde apetezca y a todo tren, o nada, que es como es. O como debiera ser, al menos.
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