QUIENES SE DEDICAN a la ciencia tienen sobrados motivos para sentirse afligidos por la repercusión pública de su labor: o no se les hace caso, o se distorsiona manifiestamente lo que se cuenta de ellos. A este segundo apartado pertenece la idea de que el leve aleteo de una mariposa en África puede desencadenar un huracán en el Caribe. Desde luego que sí, aunque sólo si existe un sistema inestable en ciernes. Por citar un ejemplo acaso algo clarificador, las pirámides de Egipto están bien asentadas sobre sus amplias bases para resistir todos los vendavales del Universo. Si las colocásemos en inestable equilibrio sobre su vértice -la punta de arriba, para que me entienda el belillo-, bastaría algo más sutil que el mero batir de alas de un lepidóptero para que se viniesen abajo. Planteamiento que cualquiera con algo de sentido común puede intuir sin necesidad de complicadas ecuaciones matemáticas: millones de mariposas revolotean a diario por los lugares más insospechados del planeta, y no por eso se desatan tifones cada hora.
Con la economía nunca se sabe. Hay mucha gente por ahí devanándose los sesos para descubrir alguna fórmula capaz de augurar el futuro -al menos el futuro inmediato-, aun a expensas de que la receta fuese sumamente complicada. Algún recurso revestido de seriedad científica que nos permita saber, por ejemplo, qué acciones van a subir en la bolsa y a cuáles les aguarda el desplome inmediato. De momento hay muchas cosas, pero ninguna fiable al cien por cien. La economía es arbitraria por propia naturaleza. Lo describe Antonio Escohotado en "Caos y orden". Un ensayo recomendado para quien desee estar no sólo al tanto del último lío de la famosa al uso con el pelagatos de turno. Aunque ese es otro asunto de delicado tratamiento, máxime en un país donde el guionista de una serie televisiva de mucho éxito presume de no haber terminado el bachillerato. Estábamos con la economía.
Hay algo bastante peor que ser un nuevo rico: creerse uno que lo es aunque las cuentas indiquen lo contrario. En este país llevamos muchos años considerándonos potentados no ya de nuevo cuño, sino de toda la vida. El escenario, debemos reconocerlo, ayuda a consolidar el embuste. Un crecimiento espectacular, unos niveles de empleo como los que jamás soñamos y, sobre todo, la posibilidad de elegir las ocupaciones que nos gustan y dejar las otras para los que vienen de fuera. Un desarrollo que nació, como el tenue magnetismo inicial necesario para que se cebe una dinamo y comience a producir electricidad, con las caudalosas subvenciones recibidas de la UE. Actividad incipiente que generó consumo interno y atrajo a clientes foráneos recién asentados como inmigrantes, en un efecto retroalimentado y creciente. Como hoy no tengo la cabeza para demasiados guarismos, obvio atiborrarles con cifras sobre la cuestión; ustedes sabrán disculparme. Aunque quien lo desee puede documentarse en las páginas de cualquier instituto de estadística. En definitiva, vivimos no de lo que exportamos, sino de lo que nos vendemos y nos compramos a nosotros mismos. Panorama ante el cual uno se pregunta si la caída del consumo familiar, a cuenta de la subida de los tipos de interés, no será algo más que el colorido vuelo de una errática mariposa.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD