Cultura y Espectáculos
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JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

La riada

11/jun/07 01:07
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Al regresar a la comisaría, algo desanimado tras su entrevista con Solá, se encontró con una noticia que de nuevo le devolvió el optimismo: el vehículo de Solís había sido hallado en el estacionamiento de la plaza de España. Suárez, conocedor ya de la noticia, lo esperaba con el coche a punto, de modo que no tardaron sino unos minutos en enfilar la avenida Tres de Mayo para dirigirse hacia la zona portuaria. A aquella hora el tráfico era muy intenso y resultaba muy difícil avanzar, de modo que en esta ocasión fue el mismo Miranda quien puso la sirena en funcionamiento. Cuando llegaron a la plaza de España, que junto con la de Candelaria era uno de los puntos más concurridos de la capital, se celebraba en ella una manifestación encabezada por miembros de un sindicato, sin que su vocerío y protestas llamasen la atención de los viandantes; últimamente estaban siendo muy frecuentes, quizá por estar situado enfrente de ella el Cabildo de Tenerife, pero la gente mostraba ya cierto hastío pues a veces los manifestantes invadían las vías y el tráfico se complicaba. En la parte este de la plaza, donde comenzaba la vía que bordeando la costa llegaba hasta el barrio de San Andrés y la playa de Las Teresitas, se hallaba el acceso a uno de los aparcamientos más concurridos de la ciudad, al estar situados cerca de él gran número de organismos oficiales y entidades bancarias. Después de darse a conocer por el intercomunicador para que le abrieran la barrera, Suárez condujo el vehículo hasta el segundo sótano y ambos distinguieron de inmediato otro de la policía municipal, el cual estaba aparcado delante de un Audi de color negro. Había dos agentes esperando su llegada y uno de ellos conocía a Miranda.

-Qué tal, inspector... -saludó mientras se llevaba la mano a la frente. Luego, añadió:

-Aquí tiene lo que buscaba. He llamado a un cerrajero por si necesita usted que lo abran.

-Pues sí, sería conveniente -respondió el inspector-. ¿Han preguntado en recepción si sería posible saber desde cuándo está estacionado?

-Sí, en efecto, pero dicen que es difícil saberlo porque hay gente que deja sus coches durante varios días y, como es natural, se llevan los tickets. De todas maneras están averiguando el número de los expedidos por las máquinas situadas en las entradas y el de los que no han sido entregados a la salida. Uno de ellos será sin duda el de Solís, aunque eso no nos dirá el día exacto de su llegada al aparcamiento porque hay bastantes.

-Pues tendremos que afinar al máximo porque entre sus pertenencias no apareció ningún comprobante. Eso nos hace pensar que, probablemente, el que lo mató, o mejor dicho, quien se deshizo de su cadáver, se lo quitó para hacer más difícil la fijación de la fecha de su muerte.

En aquellos momentos hizo acto de presencia el cerrajero llamado por el agente municipal, que no tardó sino quince segundos en abrir la puerta del coche. Teniendo cuidado al hacerlo, Miranda ocupó el asiento del conductor y echó un vistazo a su alrededor. Luego, protegiéndose la mano con un pañuelo, abrió la guantera y examinó su contenido. Pasados un par de minutos terminó su búsqueda y dijo:

-No veo nada que pueda estar relacionado con su muerte. De todas maneras, Suárez, llama al equipo de huellas y que lo examinen a fondo; puede ser que ellos encuentren algo significativo, aunque lo dudo.

Unos minutos más tarde, dejando a Suárez al cuidado del vehículo, Miranda abandonó el estacionamiento y se dirigió en taxi hacia la comisaría.

***

Obtenida la autorización del forense, las exequias por Manuel Solís se celebraron aquella tarde en el Cementerio Santa Lastenia. No pensaba Miranda acudir a ellas al entender que nada se le había perdido en un acto de aquella índole, pero la curiosidad pudo con él: quería comprobar lo conocido que había podido ser Solís en vida, así como constatar cuál era el ambiente entre sus compañeros de profesión respecto a su muerte. Y la sorpresa fue mayúscula porque fueron tantos los asistentes al responso, oficiado en la capilla del recinto, que muchos tuvieron que oírlo desde la escalinata que sube hasta ella desde el patio principal; lo cual confirmaba lo apreciado que había sido. Excepto las dos hijas de Solís, vestidas totalmente de negro y con claras muestras en sus ojos de lo afectadas que se hallaban, y media docena de mujeres más, los restantes eran todos hombres. En muchos casos, por su aspecto rudo y semblante tostado por el sol, Miranda dedujo que eran contratistas de obra. Entre ellos distinguió a Solá, acompañado de una rubia deslumbrante que debería de ser su mujer, y lo saludó con una ligera inclinación de cabeza. Luego lo vio hablar con Julio Murillo y un par de individuos más, posiblemente miembros de la directiva de la Federación de la Construcción porque casi todos los asistentes acudían a saludarlos. Poco después Murillo se le acercó y, dado el lugar donde se encontraban, lo saludó en voz baja:

-¿Qué tal, inspector? Ya me ha dicho Solá que estuvo hablando con usted...

-Sí, pero no me fue de mucha ayuda. Se limitó a confirmarme lo que ya usted me había dicho. No estaba al tanto de la posibilidad de que Solís hubiese contratado alguna obra nueva... Mucha gente, ¿verdad? Se ve que era bastante conocido.

-Sí, ya se lo dije; casi todos son contratistas de obras. Era un tipo muy majo. Quizá algo introvertido, si es que eso puede decirse en contra suya. Nadie se explica lo que ha podido pasar. La opinión más generalizada, teniendo en cuenta lo que dicen los periódicos, es la que apunta hacia un accidente. Quienquiera que lo acompañase, por motivos difíciles de adivinar, consideró que no debían relacionarlo con él y optó por abandonar el cadáver donde pudo.

-Sí, esa es la teoría que hemos estado barajando, pero no explica que lo escondiera. Si sufrió un accidente, una caída, parece lógico que la persona que lo acompañaba hubiese hecho una llamada anónima, a nosotros o a un periódico, para decir dónde se hallaba el cuerpo y no dejarlo allí varios días, hasta que lo descubriera alguien por casualidad. A menos que pretendiera dilatar el descubrimiento del cadáver todo lo posible. Cuantos más días pasasen entre la muerte y el hallazgo del cuerpo, más difícil sería relacionarlo con él si alguien lo había visto por casualidad en su compañía.

(Continuará)

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