VENTURA GONZÁLEZ, S/C Tfe.
Este final de Liga no le ofrece nada al Tenerife. Son partidos sin ganancia y sin embargo, como comprobamos ayer, encierran su peligro, porque pueden crear un clima negativo en el entorno, que luego será más difícil de enderezar durante el verano.
La despedida del público al equipo, con las muestras de indignación bien latentes, son el resumen y el precio que el Tenerife pagó por tomarse el partido con tanta ligereza. En el argumento del 0-2 de ayer pesa mucho el hecho de que enfrente estuviera el colista, un equipohumilde, también canario que ha vivido su aventura en Segunda y que, para la historia, ya podrá presumir de ganarle tres veces seguidas al Tenerife. Una en pretemporada y las dos oficiales. Ese argumento del que hablamos recoge la imagen creciente del equipo chico frente al grande. A base de aplicación, de trabajo, de interés en lo que hacían, de orden en el campo y de disciplina. Si sumamos este ramillete de conceptos nos damos de frente con que la diferencia fue de actitud y eso es imperdonable en un equipo profesional, pero mucho más en este Tenerife en el que todos son conscientes de que sin predisposición no son un equipo competitivo, porque no hay calidad suficiente para abandonar las obligaciones. Nadie te debería ganarte por actitud, de manera que el Tenerife de ayer tiene que reprocharse esta derrota como un exceso imperdonable, porque su gente no la merecía.
De los 90 minutos sólo podemos salvar la salida, ese efecto burbuja con el que el Tenerife parece que se come el mundo al principio. Le duró mientras Ayoze tuvo la iniciativa de venir hacia el centro y provocar superioridad en esa zona, echando a Cristo a la izquierda, para ensanchar más el campo. Las dos o tres cositas que hizo el equipo hasta el descanso las fabricó y las terminó el zoquero desde aquella banda. Nada más.
El Vecindario jugó duro, tenso, bien posicionado y apretando arriba a la defensa local con una presión interesante sobre la salida del balón, con la que provocaron pérdidas infantiles de los blanquiazules que pudieron poner por delante a su rival. Goñi, por ejemplo, aprovechó una de ellas, se quedó solo y falló un gol hecho. El Tenerife perdió movilidad y se quedó sin capacidad de sorpresa.
En la segunda parte, ya con 0-1 en el marcador, el asunto degeneró más. Casuco, en lugar de responder con energía y provocar una subida de intensidad (se supone que ésa era su especialidad y que para eso le trajeron en su día) lo que hizo fue cargar de frivolidad la situación y quitar a los dos medios centro para colocar dos medias puntas y sin ritmo, juntos a dirigir al equipo. Naufragaron, porque el técnico les condenó a ello. Cuanto más parado estaba el Tenerife, jugando al pie, ciego, sin espacios y con un fútbol más que previsible, más fácil era para el Vecindario apretar en segunda línea y quitarle la pelota a su rival, hasta montar contras que pudieron provocar una derrota aún mayor y más afrentosa, claro.
Y como consecuencia de la cadena de errores, de la falta de respuesta a la situación, casi por contagio, la línea defensiva empezó a cometer errores de los que llaman la atención, hasta que en uno de ellos cayó el gol de la sentencia definitiva.
Total, pensarán, este partido no sirve para nada. Se equivocan, porque el público merece un respeto, porque el resultado es una afrenta histórica para el equipo y porque lo de ayer va en el expediente. No merecía la pena este final.
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