AL HILO DE LA LECTURA del libro "Abogacía y Abogados", de José Martínez Val, y de los comentarios que sobre el mismo formulara el compañero Juan de Zulueta, vuelvo a plantearme el siempre actual tema de si el abogado tradicional es una figura periclitada, y si ha aparecido otra nueva forma de abogar, de colaborar en la recta administración de Justicia, que eso es ser abogado.
Sí, es verdad que ya no existe el abogado que todos hemos admirado: el humanista cargado de conocimientos de todo orden, dueño de prodigiosa argumentación, con poder de adivinación, con ensoñación, imaginación y dialéctica, titular de los resortes del arte discursivo, que, vistiendo su negra toga, comparece ante el Juzgado a exponer sus razones y argumentos, que éste ha de acoger como si fueran propios. Al estilo de Bergamín o de Maura, a quienes no tuve el honor de conocer, pero de los que he leído brillantísimos dictámenes y libros inolvidables, como "El alma de la toga", de Osorio y Gallardo.
O ¿por qué no?, al estilo de los desaparecidos maestros isleños, de grata y perdurable memoria, José López de Vergara González de Aledo, Gonzalo Cáceres, Aurelio Ballester y Ramón González de Mesa, Antonio Guillermo, José Arozena o Juan Martí, entre otros muchos que harían interminable esta recordación.
Si este abogado, por la fuerza de los tiempos, por circunstancias socio-económicas, ha sido sustituido por otro, que ya comparece poco ante los Tribunales de Justicia para abogar por ella; sino que, a la sombra de una empresa -abogado de empresa- o de otro tipo de agrupaciones, realiza una distinta suerte de funciones, todas estimables y meritorias, incluso necesarias y todas hijas de nuestra proliferación legislativa realmente inabarcable, y todas de carácter escrito, pero, casi todas, rutinarias, pequeñas, sin brillo alguno. Casi un burócrata.
No. La Abogacía no puede quedar reducida a tan estrechos moldes, porque, como se ha dicho por un gran maestro, certera y luminosamente: "El abogado en los Tribunales no es un aspecto de la Abogacía: el abogado en los Tribunales es, a secas, la Abogacía".
Y esto es así porque según dijera un gran abogado, ya fallecido, Vicente y Gella, "el debate judicial constituye la tradición más sobresaliente del Foro", y a ella debe la Abogacía su inmarcesible rango intelectual.
Zulueta dice que esta Abogacía, la tradicional, "transporte el umbral de la Ciencia para sentar la planta en el atrio del Arte". Y Ortega, como siempre, rotundo, afirma: "O se hace precisión, o se hace belleza, o se calla uno".
De ahí que el abogado haya de ser un artista. Este abogado así considerado no nace, ni se hace en torno a una agrupación. Este abogado es el que crea en la soledad de su despacho, el que, en el caballete de la Ley, concluye el cuadro de luz cegadora y deslumbrante para sus compañeros y para el juez que debe enjuiciar su obra.
Ciertamente, ésta es la Abogacía, a la que amamos profundamente y que, si bien ahora parece que sufre un momentáneo colapso, estamos seguros de que terminará por recuperar, y esta vez para siempre, los rasgos de su historia milenaria.
Esta es la Abogacía que nos hace sentir sobre los hombros el reconfortante peso de la toga y que nos permite alcanzar nuestra culminación y nuestro destino.
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