Comenzamos el editorial con la reproducción de la carta de una lectora publicada el pasado martes bajo el título "La isla de Canaria":
"Una breve visita a Canaria me dejó perpleja. ¿Cómo es posible que aquella isla tenga el peso que tiene en el mundo político? Comparada con Tenerife, verde, luminosa, con el majestuoso pico del Teide, Canaria parece un desierto. Entiendo a la perfección que EL DÍA, junto con numerosos habitantes tinerfeños, quiera cambiar el nombre de Gran Canaria y quiere volver a tener a Santa Cruz como la única capital de un archipiélago unido por su gente, y no dividido por la voluntad de unos políticos. Ahora, mejor que nunca, comprendo la importancia y admiro la tenacidad de los editoriales de este periódico, seguramente el mejor defensor de los intereses de Tenerife.
Lo que no acabo de comprender es cómo la situación ha podido llegar hasta este extremo, donde el mundo fuera del archipiélago casi solo reconoce a Las Palmas al hablar de las Islas Canarias. ¿Quién tiene la culpa? Siete islas con apenas dos millones de habitantes y divididas en dos provincias con dos capitales. Parece exagerado.
Lo que sí me sorprendió gratamente en Canaria fue su excelente red de carreteras y el buen estado de las mismas. No vi las colas interminables que los habitantes de Tenerife tienen que sufrir cada día. El tráfico parecía mucho más fluido. Tenerife necesita urgentemente el anillo insular.
No quiero menospreciar a la isla vecina. Seguramente tiene muchos encantos. Sólo vi la isla desde la carretera entre Agaete y Playa del Inglés. Pero lo que vi no me impresionó. Tenerife sí que impresiona, por todos los lados".
Helena Somervalli
(Arona)
LA MISIVA enviada a EL DÍA por esta vecina del Sur de la Isla, una de tantas que hemos recibido con similares argumentos, no es sino el reflejo de un sentimiento que crece y se expande entre la ciudadanía tinerfeña: el convencimiento de la cada vez más marcada preeminencia de la denominada isla de Gran Canaria sobre el resto del Archipiélago y, de forma paralela y como consecuencia de lo anterior, el injusto trato que recibe Tenerife en todos los órdenes. Parafraseando un conocido lema publicitario, la historia no engaña, y basta con echar un vistazo al capítulo del siglo pasado para comprobar el maltrato al que han estado sometidos durante décadas los tinerfeños, una situación que corre el riesgo no sólo de consolidarse, sino incluso de acentuarse como consecuencia de los favores políticos. Pero las sociedades funcionan como organismos vivos, y tal es así que la radicalización comienza a encontrar acomodo entre el propio pueblo tinerfeño, harto como está de padecer una generosidad mal entendida de la que se ha aprovechado la isla vecina hasta extremos vergonzosos. EL DÍA , en su empeño por defender a Tenerife y los tinerfeños no desde el privilegio, sino desde la justicia y el sentido común, se ha hecho eco en sus páginas de esa incipiente inquietud social y no ceja ni cejará en la exigencia de que se dé a cada cual lo suyo.
Dentro del más absoluto respeto a los habitantes de Canaria, un respeto que compartimos con nuestros lectores, permítasenos que desde el estupor, la rabia y el ánimo de justicia nos preguntemos por qué la tercera isla del Archipiélago es conocida en el resto del mundo como capital del Archipiélago; por qué se ha aplicado el orden alfabético en la enumeración insular dentro del Estatuto de Autonomía; por qué se permite que una determinada isla se haga preceder del apócope "gran" a pesar de que éste nada tiene que ver con la realidad.
Tenerife, los tinerfeños, se sienten incómodos ante un organigrama de la realidad que por falso considera como primero algo que no lo es y trata como segundona a la Isla que por territorio y población debería anteceder al resto; los tinerfeños empiezan a abominar de un entramado legal que justifica dicho error histórico y le otorga rango estatutario; los tinerfeños no soportan más que las legítimas aspiraciones de crecimiento de Canaria y su capital se lleven a cabo a través de ilegítimas tramas que menoscaban el peso institucional y económico de Tenerife y Santa Cruz ; los tinerfeños, gente de bien que jamás ha deseado el mal ajeno y nunca lo deseará, se confiesan indignados al comprobar no sólo el falseamiento de la historia, sino el intento de unos pocos por convencer al resto de que el ayer no existe. Sin embargo, como reza el dicho, siempre será posible engañar durante poco tiempo a unos pocos, pero resulta absolutamente imposible engañar a todos durante mucho tiempo.
Y ES QUE LAS COSAS no ocurren porque sí. Todo tiene un origen, y detrás de él pueden identificarse nombres y apellidos. En el caso de Canarias, la actual situación encuentra su génesis en el trato de favor que las organizaciones políticas de ámbito nacional han otorgado históricamente a la tercera isla, un fenómeno que, lejos de mitigarse, se renueva con el paso de los años con mayor fuerza y objetivos finalistas.
Llegados a este extremo resulta necesario subrayar que España corre el riesgo de perder el Archipiélago. Las formaciones políticas estatalistas parecen empeñadas en que aumente el malestar entre la opinión pública, en institucionalizar el trato de favor que se brinda a Canaria y radicalizar con ello a los tinerfeños. Si a esto se une el hecho de que Europa le está dando a Canarias más de lo que le da España, que Bruselas se muestra más receptiva que Madrid a la hora de comprender las peculiaridades de las Islas, podemos concluir que se está creando un caldo de cultivo para que los isleños decidan reclamar su soberanía y solucionar sus problemas a partir de ella, una fórmula que bien podría compatibilizarse con el mantenimiento de unas sólidas relaciones administrativas y económicas con la nación española. Fórmulas existen y están lo suficientemente contrastadas, tal es el caso de la Commonwealth británica . Las cosas, cuando no cambian a mejor ni se prevé que lo hagan, es conveniente forzarlas.
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A continuación reproducimos un ingenioso artículo publicado el pasado martes por Chela en las páginas de este periódico bajo el título "Décimas de la glándula", una mordaz crítica a quienes desembarcan en la política con el firme objetivo de defender los intereses particulares sobre los generales:
"HOY CONFIESO a la ciudad, en estas fechas de mayo ?y que me destroce un rayo, si no digo la verdad?, con toda sinceridad: soy un político nato, oficio en el que me es grato volcar mi alma canaria, chupando con ansiedad de la glándula mamaria.
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Yo en mis discursos alego de curro y abnegación, incluso de vocación, y al vecino digo luego: puedes poner en el fuego tu mano por mis virtudes, porque yo soy, no lo dudes, de honestidad tan palmaria que ya lo ves, no reniego a la glándula mamaria.
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Que sepa el vecino que por su futuro yo velo, pongo de testigo al cielo (velar se me da muy bien, sea en la fiesta o el duelo). Velo sentado y de pie, aquí o en La Candelaria. Y si velo por usted tengo derecho al sostén de la glándula mamaria.
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Empecé de jovencito y no se me daba mal ir en el coche oficial todo atildado y bonito. Dicen que me importa un pito en realidad el gentío. Bueno? Después de lo mío es mi tarea diaria dedicarle algún ratito? a la glándula mamaria.
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En los despachos crecí y en los cargos maduré, a amigos apuñalé y a muchos socios mentí, mas nadie dirá de mí que acaso me equivoqué, puesto que yo estoy aquí y es mi cuenta millonaria, de tanto como exprimí a la glándula mamaria.
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Yo no prometo cambiar, que no cambia el loro viejo, pero soy el puro espejo de una cierta sociedad que considera medrar un exitoso destino, por eso pido al vecino su confianza solidaria que mantenga en mi camino esa glándula mamaria.
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El vecino que me vota conoce mi idiosincrasia y hasta chungo le hago gracia ?soy eso en el fondo, un nota?. Quienes buscan mi derrota son sólo cuatro envidiosos, gente tan estrafalaria, que ni se aferran, golosos, a la glándula mamaria.
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Por eso pido otra vez tu voto, lo necesito, preciso de un plebiscito, aunque resulte soez solicitarlo después de todo lo que he descrito. Pero, tu voz es mi voz, urgente y tan necesaria que sin tu voto, que atroz, ¿habrá glándula mamaria?"...
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