EL CREPÚSCULO dibuja estanques de espuma inaccesibles aún para los vencejos inquietos que calientan la tarde con sus alas negras y que trazan senderos a ras de tierra de la memoria que se torna en la única patria posible de las sensaciones. Cuando llega la noche una luna esquiva y acaparadora extiende sus dominios sobre su propia redondez y emula al sol más allá de doce campanadas que trazan paralelismos con las antípodas del mediodía, quizás cuando las golondrinas duermen.
La Ranilla Herzog
EL CREPÚSCULO dibuja estanques de espuma inaccesibles aún para los vencejos inquietos que calientan la tarde con sus alas negras y que trazan senderos a ras de tierra de la memoria que se torna en la única patria posible de las sensaciones. Cuando llega la noche una luna esquiva y acaparadora extiende sus dominios sobre su propia redondez y emula al sol más allá de doce campanadas que trazan paralelismos con las antípodas del mediodía, quizás cuando las golondrinas duermen.
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