Leoncio Rodríguez
¡La Unión Patriótica! Está por escribir la historia de aquel interesante y movido período, que hace evocar el recuerdo de tantos patricios ilustres, en su mayoría desaparecidos. Conjunción singular, de opuestos temperamentos y distintos matices, en sus grandes asambleas se mezclaban y confundían hasta los símbolos e ideas más dispares: la boina tradicionalista del Presidente, señor Miranda, con la barretina republicana de Sol y Ortega; el conservadurismo histórico de Rodríguez Pérez, Salazar y Cólogan, Martí, Ascanio y Nieves, etc., con el liberalismo de Schwartz, Serra, Trujillo, Van Baumberghen; el republicanismo moderado de Estévanez, Calzadilla, Cámara, Ballester, con el más avanzado de Emilio Calzadilla, Naveiras y Rodríguez Méndez; la prodigiosa erudición de Rodolfo Cabrera y la dialéctica salmeroniana de Alonso Pérez Díaz; los arrebatos sentimentales de Gil Roldán y los trémolos poéticos de Diego Crosa... Y, entre todos ellos, Benito Pérez, como líder indiscutible, reconocido y acatado por todos, erigido después en mandatario y representante en Madrid de las memorables asambleas del año 11. Y en Madrid, luego, sus luchas por la unidad provincial, sus polémicas con Matos, Morote y otros políticos orientales; su luminoso informe en la Comisión parlamentaria, sus esfuerzos para captar el apoyo de Canalejas, su gran amigo después, en favor de las aspiraciones autonomistas de Tenerife. Y, por consecuencia de todo ello, el nacimiento a la vida insular de los actuales Cabildos, en los que el sagaz gobernante liberal, alucinado al principio por la fórmula divisionista, vio una promesa de fecundas realidades españolas.
Por último, su incorporación a la política nacional, su predicamento en todas las islas y sus grandes triunfos electorales, que tanta fama le dieran en Madrid de dispensador de actas y mercedes... Alba, Vicenti, Rocamora y otros periodistas le debieron sus actas de diputados. Pero, en realidad, no fue él solo culpable de tanta largueza; fue el propio país, huérfano de influencias en Madrid, el que buscaba valedores en la Corte para defenderse de sus adversarios. Y uno de estos asideros fue el gran "trust" de periódicos madrileños de que aquellos diputados formaban parte. Se le censuró este error, este cambio de trayectoria, sin tenerse en cuenta que las circunstancias mandaban más que sus propias convicciones regionalistas, de las que nunca abjuró, porque fueron siempre algo inherente y consustancial a su espíritu, a su temperamento isleño.
Perdió entonces su condición de caudillo; consagrose a la jefatura de su partido, y continuó ganando batallas electorales, dispensando prebendas. Hasta que advino la Dictadura, y con ella su retraimiento de la lucha. La política, sin él, perdió todo interés y toda emoción. Se le añoraba, se le buscaba, y alguna que otra vez sintió la tentación de volver a ella, pero ya sin bríos, sin entusiasmos, sin alientos para la lucha, hasta encerrarse de nuevo en su ostracismo. Dijérase, parodiando a nuestro Viera y Clavijo, en aquel célebre epitafio a un ingenio famoso del país, el Marqués de San Andrés, que perdió desde entonces la política, "su pimienta, su sal y su hablar claro; el cuento, sus afeites y hermosura".
Porque al fin ya murió quien tantas veces
vio mudar personajes y teatros,
y con alma filósofa y risueña
aprendió en cada escena un desengaño.
* * *
El orador, ¿quién no lo recuerda? ¿Quién no escuchó aquellas encendidas arengas suyas en el Ateneo, en el Teatro, en la plaza pública, que hacían vibrar de entusiasmo a las multitudes? ¿Quién no recuerda aquella invocación al pueblo santacrucero, en una de sus alocuciones patrióticas? "Pueblo ribereño; pueblo de las casitas blancas". ¿Y aquel su emocionado saludo a Sol y Ortega?... "Eminente español, rudo, sincero, fuerte, con la noble sinceridad catalatribuna del Ateneo?... "Y bien paisanos, amigos míos, si Galdós es para el mundo una intensa luminaria que brillará eternamente, y para España una estrella que ha de refulgir en el cielo de sus glorias, para nosotros, los canarios, debe ser un sol, del que recibamos la luz, el calor, las energías vitales que necesitamos ante las inciertas luchas del porvenir".
¡Cuánto habría que decir también del escritor, del literato, del excelso cantor de la tierra! Ahí quedan, como huellas luminosas de su ingenio, los cuentos regionales de "Gente Nueva", aquella revista de nuestra élite literaria, que dirigió con Delgado Barreto; su leyenda "La baja del secreto"; su novela "De padres a hijos", premiada en los Juegos Florales de La Orotava, y, en los últimos años, sus dos obras de mayor empeño: "Rosalba", admirable bosquejo poemático, exaltación de la mujer canaria, y "La Vida, juego de naipes", dos cuentos que se alternan, según autorizada opinión de "Fr. Lesco", con el arte suficiente para equilibrar su interés.
Últimamente, según nos decía en sus confidencias amistosas, aspiraba a reunir y completar su colección de "Cuentos canarios", para legárselos a sus hijos, como recuerdo de todas sus devociones por la tierra.
La Muerte malogró aquellos propósitos. Se llevó un hombre de batalla y de selección, que, jamás, ni en la cima de su popularidad ni en el apogeo de su influencia, sintió el vértigo de la altura. Vivió modestamente; rehuía toda ostentación, y, en los últimos tiempos, tornose melancólico, huraño, taciturno, ¡él, que parecía llevar siempre, dentro del pecho, un cascabel!...
Presentía el drama de España, y veíasele abatido, indiferente a cuanto le rodeaba, camino tan solo de los deberes de su cargo oficial. Y marchaba lento, lleno de pesadumbre, como un Crucificado, con el dolor de su tierra y de su patria a cuestas...
¡Desventurado amigo, peregrino ingenio! Uno de los pocos que sobrevivían de aquella fraterna comunidad de las letras canarias; idealistas, soñadores ilusos, enamorados de la tradición y de la raza, que en cada campiña veían un paraíso y en cada moza una vestal. ¡Cuántos se han ido! ¡Qué pocos van quedando! Sólo nos consuela, como al poeta de las "Rimas", en nuestra tristeza una alegría:
"que aún nos quedan lágrimas".
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