HE ESTADO A PUNTO de buscar referencias en una hemeroteca, pero no hace falta. Hasta la memoria más débil puede recordar las innumerables veces que CC en general, y Paulino Rivero en particular, han criticado al Gobierno de Zapatero por no ser más diligente para repatriar a los inmigrantes ilegales. El candidato nacionalista a la Presidencia vernácula ha ido incluso más lejos, al exigir que esa medida se aplique también a los menores. Hace tres meses, un par de semanas antes de la última cumbre entre España y Marruecos, Rivero manifestó en rueda de prensa que el país vecino no ha cumplido el acuerdo de repatriar a los menores inmigrantes, la mayoría de los cuales permanece en las Islas. Pero no hace falta ir tan atrás. El sábado pasado publicó EL DÍA una noticia en la cual el candidato Rivero reclamaba medidas esenciales contra la inmigración, entre ellas establecer restricciones de seis años para la reentrada en España de los inmigrantes que hayan sido devueltos, o para ampliar a 70 días el plazo máximo de retención en los centros de internamiento. Noticia que pueden leer ustedes mismos si todavía no han usado el periódico de ese día para envolver algo, u otros menesteres.
En Senegal me tropecé con un médico español, cooperante y desencantado, que cuando alguien le preguntaba algo tan simple como la hora, se abría la bragueta y se inclinaba para mirarse la entrepierna. "Son las cuatro y media", respondía al cabo de unos segundos. "No puede ser; todavía es por la mañana", argumentaba su interlocutor. "Y además, ¿por qué se mira ahí para decirme la hora?". "Pues porque le digo la hora que me sale de lo que usted sabe". El que ahora Paulino Rivero acuse al Gobierno central de maltratar psíquicamente a los inmigrantes por repatriarlos no responde, empero, a un planteamiento ordinario. Lo suyo se llama simplemente cinismo. Algo que ni siquiera lo inventó él, pues ya lo practicaba con fruición Diógenes de Sínope casi 400 años antes de Cristo.
Cuánto debe estar sufriendo en estos momentos Pepe Segura por declaraciones como estas, cuando durante tres años lo han acribillado a críticas precisamente por lo contrario; es decir, por no repatriar con suficiente diligencia a los africanos que llegan a Canarias. No obstante, lo más incomprensible del asunto es el silencio del PSOE. Silencio forzado, todo hay que decirlo, porque quienes practican el humanismo universal no pueden defenderse de una acusación como esta. El cango del mago: oportuno, inesperado, contundente. Cuando te das cuenta, estás con la espalda en el suelo. A fin de cuentas, uno es esclavo de lo que dice y dueño de lo que calla. Pero el silencio tiene un precio: la derrota. No en las urnas, porque los socialistas parten como favoritos. Me refiero a la derrota de no gobernar. Circunstancia de la que será único responsable, llegado el caso, Juan Fernando López Aguilar; candidato empeñado en un asunto -el de la corrupción- indiferente para casi toda la ciudadanía. Sólo una flecha adecuada en cualquiera de los infinitos talones de Aquiles que tiene CC le hubiera bastado para mucho más. Debilidades que él no ha percibido porque se ha deslumbrado con el brillo de su armadura impoluta. La luz excesiva es como la oscuridad absoluta: no permite ver.
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