Hombre? Uno no sabe si, en este mundo de grandes avances y de imparables novedades tecnológicas, abogar por logros pequeñitos no suena excesivamente humilde. Pero es que, hasta hace poco, la humildad era una virtud. Qué se yo. El teléfono móvil, por ejemplo, ya no puede considerarse un lujo, sino que es un objeto familiar, doméstico y extendido a todos los niveles sociales. Hasta los pobres piden limosna mientras hablan con sus otros familiares pobres por el móvil.
-Oye? ¿Cómo te va en tu esquina?
Vale. Pero, cuando uno lee, un suponer, que un alpinista británico ha conseguido la hazaña de telefonear, con ese aparatito, a un amiguete desde el Everest para describirle el paisaje, uno se pregunta por qué a los demás se nos va la cobertura en la escalera de casa o en el almacén de la oficina.
Una señor me hacía ver el otro día, mientras esperábamos que se abrieran las puertas de un centro de salud donde nos habían citado a ambos para hacernos un análisis a las siete cuarenta y a las siete cincuenta de la mañana respectivamente, que un logro de la sanidad pública -pequeñito, pero ya ven- sería no citar a los ciudadanos antes de que los ambulatorios comenzasen a funcionar. Y otro, que llevaba esperando otro buen rato y al que le dolían las piernas, remachó:
-Pues tampoco estaría mal que, por si la espera, pusiesen por fuera del centro unos bancos o algún tipo de mobiliario donde los pacientes pudieran sentarse y aguardar en una postura cómoda y descansada.
-Es que a lo mejor -terció una señorita con un bebé en brazos- no han caído en la cuenta de que algunos de los que acuden aquí están enfermos, son viejitos, tienen problemas de circulación y etcétera.
Unos banquitos, ya digo. Qué cosa más tonta. Qué logro más barato. Qué éxito social por cuatro duros. Pues no. De lo que nos hablan los políticos es de grandes infraestructuras y hasta de salsódromos.
-¿Cómo dijo?
-Salsódromos.
-Pues como aquí a la salsa se le llama mojo, serán mojódromos, ¿no usted?
-Serán.
Y como seguíamos a la espera de que aquello pegase a admitir gente, continuamos con la conversa. Y un ama de casa me comentó:
-Pues, para mi, oiga, un logro, qué digo yo un logro, casi un milagro, sería encontrar en la recova o en el supermercado un bubango a precio de bubango.
Y es verdad. Los productos de la huerta y el campo llegar al consumidor a un precio que multiplica en ocasiones por veinte o treinta veces el que pagó por ellos el intermediario. Nijota sigue vigente, tíos. Y los políticos en el guindo de sus macropromesas.
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