EL PRÓXIMO DÍA 27. Sepamos distinguir entre lo nocivo y lo sano. Lo primero botarlo, lo segundo acogerlo. Porque el voto que depositamos cada ciudadano es para elegir a unos gestores (centrados en el Estado) de las actividades públicas para el bien todos, nunca para que tales gestores -desde el presidente del Gobierno, ministros, diputados, senadores y miembros de las Autonomías hasta la persona más sencilla en el poder- puedan alienar sus condiciones morales, culturales y religiosas. Es más, en este voto que emitimos los ciudadanos, lo que fundamentalmente reclaman es poder encontrar las mejores condiciones en un pluralismo de actividades e instituciones que respondan en todo momento a tales convicciones ideales plasmadas en obras. Si falta esta interpretación y aplicación es todo falso y enormemente peligroso, porque es contribuir, y de una manera peligrosa, al nacimiento y desarrollo de una dictadura constante, bajo el sonido falso y halagador de la democrática. Todo partido que, desde esta interpretación que termina por convertirse totalizadora de los votos recibidos a su favor, porque impone una cultura, unas decisiones para justificar unas costumbres y unos derechos que se oponen a la verdadera moral del bien común de todos los ciudadanos. Este comportamiento político conduce a una situación muy peligrosa para la verdadera convivencia democrática. Esta situación hay que botarla con decisión firme; y, al mismo tiempo, votar con la misma firmeza y responsabilidad a esos políticos que gobiernan, ante todo, para el bien común. El bien común de los ciudadanos es: -la razón de ser de la comunidad política; -el cauce y límite de la autoridad de un gobierno, y más si es democrático; -el criterio para calificar la justicia e injusticia de un régimen político de la índole ideológica que sea; -la norma única de la autoridad definida del deber de obediencia ciudadana; -la fuente de las graves e importantes obligaciones específicas de los políticos que se sienten sinceramente responsables de las promesas ofrecidas y en las que han confiado sus electores al emitir sus votos favorables.
Cuando esta realidad no se vive en un Estado de derecho, como norma política que lo define, es señal clara de que los partidos políticos, unos como exigencia primordial en el ejercicio del poder que el Pueblo les ha confiado, y los otros como interpelantes de la oposición a ese mismo poder, están fallando en lo más fundamental. Y si en este campo fallan así, lo aumentarán aún más en los demás.
Vivir en democracia no es vivir en el escepticismo o confusión como se siente actualmente en España, sino todo lo contrario, es vivir en plena adultez por la responsabilidad que se pone en lo que se hace. Aquí está el valor del voto electoral y de la conciencia de las personas que lo emiten. Un voto, emitido u omitido, para los políticos es una exigencia responsable de justicia social insustituible -el bien común-; y, para los políticos cristianos es, además, una exigencia moral de la que nunca podrán eximirse, ante las consecuencias humanitarias y religiosas que se siguen con la participación o abstención de este derecho constitucional.
Sólo por este camino, las elecciones, como las que estamos celebrando, serán y constituirán un momento álgido de la vida democrática; porque en ellas ha de manifestarse el valor de la acción de los partidos; y porque de ellas depende también el objetivo básico de la vida política que ha de seguirse. Por esto, en el conocimiento responsable del proceso y desarrollo que anuncian los políticos y se percibe en la propaganda de unas elecciones, está el valor y el alcance de los ciudadanos, políticos o no, a la hora de botar con firmeza todo lo que por sí mismo es nocivo, y de votar en conciencia lo que en su origen y en su fin es siempre bueno.
* Capellán de la Clínica
S. Juan de Dios
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD