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Miguel Ortega: amor paterno, atención médica y complicidad

22/may/07 01:38
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ERA MIGUEL, según parece, el hijo predilecto de don José Ortega y Gasset. Al menos hay muchas pruebas. De una de ellas fue testigo Luis Calvo. Se encontraba éste en compañía del filósofo en una finca toledana cuando don José le avisó: "¡Ahí viene Miguel!", dándole con el codo en un costado, al tiempo que le hacía un guiño de satisfacción paternal y complicidad.

De contextura física y talante brioso y gentil, Miguel era de natural mundano. A la par que su padre, gustaba atraer a las señoras y sentirse admirado por ellas. Esa circunstancia resultaba esencial, generadora de todas las demás que daban luz a su vida.

Miguel era también mayor que el primer sobrino de Baroja y que los hijos de Marañón y Pérez de Ayala, los cuales formaban, en los años treinta, una alianza de familias en frecuente relación. Los pocos años en que aventajaba a los descendientes de estos tres escritores le daban a Miguel una autoridad que conservó el resto de su vida. Se acrecentaba ésta por el hecho de tender a la proximidad de los dilectos amigos de su padre, como los doctores Hernando, Sacristán, Lafora y don Juan Dantín Cereceda, catedrático del Instituto de San Isidro y gran conocedor de la Geología y de la Biología. Miguel, claro, fue estudiante de Medicina, de modo natural. Sin darse cuenta se había encontrado conducido a ello por admiración hacia estas y otras personalidades que había encontrado en la órbita paterna. Sus aficiones tendrían también el mismo origen, como la fotografía, por haber visto a su padre enfocar los paisajes, en los primeros viajes por Guadalajara, con una Kodak de fuelle, regalo de don Manuel García Morente.

Con muy pocas excepciones, en que la autoría se debe a profesionales de renombre, la mayoría de las fotografías que se conservan de don José Ortega y Gasset están realizadas por su hijo Miguel en el medio familiar, durante viajes por España, Argentina, París y en la compañía de amigos y discípulos.

Ortega se distinguió como médico especialista de enfermedades del aparato digestivo. Tanto Marañón como su maestro Hernando tuvieron una justa estimación personal y profesional por Miguel Ortega, a quien consideraban como un gran conocedor de la Medicina Interna. Aunque su padre estaba rodeado de amigos médicos, sería su hijo el encargado de vigilar su salud.

Tenía Ortega una enorme fe en la ciencia médica y tomaba todas las medicinas que le recomendaban. Marañón dijo de él que era un hombre sano, aunque muy aprensivo. "Lo más interesante de Ortega, desde el punto de vista médico, era la fe ciega que tenía en la Medicina, una fe de zapatero".

En el verano de 1936, Ortega salió de Madrid gravemente enfermo. Miguel no dejó de cuidarle, administrándole una serie de medicamentos, porque iba con fiebre, en muy mal estado. Embarcaron en el "Corte II" hasta Marsella y desde allí se trasladaron a La Tronche, en Grenoble, donde fue tratado por un médico francés de origen griego llamado Pinnazy. Desde diciembre de 1936 a marzo del año siguiente, Ortega permanece en cama, en un piso amueblado de la rue Gros, de París. Entonces empieza a preocuparse por su pérdida de peso. No había todavía sulfamidas ni antibióticos, y Miguel vio claro que su proceso no tenía otro tratamiento que el quirúrgico.

En las temporadas de bonanza, su hijo Miguel le acompaña a la biblioteca de la Sorbona y en sus largos paseos. Por aquel tiempo llegó a París don Teófilo Hernando, lo cual le permitía a Miguel la visita diaria al hospital Nouveau Beaujon, para ver enfermos en compañía de su maestro, en los servicios de los profesores Richet, Fiessinger y Loeper.

Desde junio a octubre de 1937, Ortega permanece en Holanda, donde escribe el "Prólogo para franceses", de "La rebelión de las masas". No hay noticia de que allí fuese visitado por médico alguno. El verano de 1938 lo pasa en San Juan de Luz, en una casita alquilada en la rue Michel le Basque. A su regreso a París, el matrimonio Ortega se va a vivir a casa de madame Macles, bibliotecaria de la Sorbona, donde se agravan sus dolencias. Su hijo Miguel está en el frente, donde recibe un telegrama en el que le comunican la gravedad de su padre. Sale inmediatamente de Salamanca y al llegar a la frontera tiene la confirmación del estado crítico en que se encuentra, tanto que después le dicen que había muerto.

Hasta llegar a Burdeos no pudo comunicar con la clínica de la rue Georges Bizet, donde los doctores Marañón y Hernando habían internado a don José Ortega. Entonces le informan de que su padre había sido operado por el profesor Gosset, de la Salpetriere, autoridad en cirugía de la litiasis biliar. Dicen que al entrar en el quirófano y ver el aspecto depauperado que ofrecía Ortega, Gosset le dijo a Marañón que más que un paciente parecía un cadáver. Don Gregorio le replicó que no se imaginaba la resistencia que tenía un celtíbero.

Como sus padres vivían en la clínica, Marañón no consintió que Miguel se fuera a un hotel y le invitó a vivir en su casa, en el 7 de Georges Ville, desde donde muchas mañanas iban juntos al hospital N. Beaujon.

Al ser dado de alta, en la primavera de 1939, Ortega pasa una temporada en Portugal, donde hubo de someterse a una nueva intervención quirúrgica, aunque de poca importancia, para la extirpación de dos forúnculos. De Lisboa se trasladó al sur de Portugal, concretamente a Praia da Rocha, en Portimao, situado en la sierra del Algarbe. Ganó un poco de peso, al alcanzar los sesenta y pocos kilos, lo que da idea de los que había perdido. A finales de abril, Ortega vuelve a Lisboa y Miguel pasa unos días allí para cuidar a su padre, aunque muy pronto tiene que incorporarse al aeródromo de Alcantarilla, en Murcia.

Los médicos portugueses recomendaron a Ortega una temporada en la estación termal de Vichy. Miguel estuvo con sus padres en el hotel Neva, y cuando terminó aquella cura, por consejo del doctor Parturier, médico de baños, se trasladaron a La Bourboule, a ochocientos metros de altitud. En el mes de octubre embarcaron en el trasatlántico inglés "Alcántara", rumbo a Buenos Aires, aunque la salud de don José no se había estabilizado. Continuaba con problemas de hígado, ya que la obstrucción había sido muy larga y, como consecuencia de la gran infección padecida, le quedaban algunas secuelas.

Entre 1951 y 1954, don José Ortega y Gasset realiza varios viajes de conferencias por Alemania, Suiza e Inglaterra. En los comienzos del verano de 1955 Miguel le diagnostica un cáncer de estómago, que confirmaría mediante un estudio radiográfico. Tenía don José proyectado un viaje por Asturias y Santander en compañía de don Emilio García Gómez y de sus respectivas esposas. Miguel vio ilusionado a su padre y no quiso amargarle el verano. A su regreso su estado le inspiraba tal inquietud que avisó a don Gregorio y a don Teófilo, con los que tuvo una consulta en que se decidió la intervención quirúrgica. El doctor Plácido Duarte realizó una operación paliativa para evitar sufrimientos al paciente, ya que el proceso había adquirido un desarrollo dramático.

El doctor Miguel Ortega, que debió su vocación médica a las tempranas orientaciones recibidas de su padre, sentía la íntima satisfacción de haberle asistido en su larga enfermedad y de proporcionarle alivios y momentos de bienestar en aquel proceso primero que no sería la causa de su muerte.

Mi primer encuentro con Miguel fue en el Instituto de Patología Médica del doctor Marañón, en el viejo Hospital Provincial de la calle de Atocha. Era Miguel un hombre que acababa de pasar el umbral de los cuarenta años y desempeñaba la jefatura de servicio de aparato digestivo.

Tenía, además, una cultura extensa, de ámbito europeo. De su padre había heredado la integridad de su carácter firme e insobornable, y era frecuente que a su conversación afluyeran premoniciones de todo tipo, preferentemente políticas, que su padre le había hecho, y algunas de las cuales se confirmaron luego. "Ya me decía papá, en el año 193...", decía. Llegó a ser en él una muletilla que él aplicaba a sus amigos: "¿No te decía yo?... ¿Te acuerdas?...".

Conservó hasta mucho después de los ochenta años una buena figura y su natural elegancia. Cuando le encontraba por la calle de Miguel Ángel, con las manos enlazadas a la espalda y el sombrero ladeado con gallardía, caminando a buen paso, solía decirle algo halagüeño. Me respondía: "¡Ya ves, para haber cumplido los 85, creo que todavía no estoy mal!". Y así, hasta poco antes de cumplir los 90.

Su decadencia física produjo en mí la impresión de que se desmoronaba la última referencia de una generación irrepetible. No me equivocaba. Desde su desaparición, algunas veces me sobresalta el ánimo el enfrentarme con el vacío que me impide comentar con Miguel Ortega algunos de los disparates políticos de este momento. Él los asociaría probablemente con otros del tiempo de la II República y quizás recurriría a la muletilla de "Ya en 193... me había anticipado papá... ¿No te decía yo...?".

No obstante, casi siempre solía aportar una referencia aguda que hacía brillar la realidad del momento como la hoja verde del olmo machadiano.

* Escritor

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