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JUAN OLIVA-TRISTÁN FERNÁNDEZ

Don Domingo Pérez Cáceres y el cura "guaperas"

18/may/07 7:27 AM
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COMO LO PROMETIDO es deuda, prosigo hoy contándoles otras anécdotas del obispo güimarero don Domingo Pérez Cáceres, descanso y alivio de tantísima gente necesitada, de algún borrachito pacífico y coñón, y de más de un parado involuntario.

En cierta ocasión presidía don Domingo en la catedral lagunera el acto de la ordenación de unos nuevos sacerdotes en gran número, cosa que antes era bastante normal, es decir, había cantidad y calidad.

El acto en sí, y un poco resumidamente, consistía en que uno a uno iban siendo llamados los sacerdotes, quienes se arrodillaban delante de don Domingo, el cual, mirando hacia un libro, leía unas sentidas preces y terminaba dándoles la bendición, tras lo cual se levantaban y retiraban.

Pues bien, hasta aquí todo en orden, pero resulta que le tocó el turno a un nuevo cura guapetón, rubio, de ojos azules, vamos, a lo Robert Redford o Richard Gere, alto cual jugador de la NBA americana. Al terminar de leer las reglamentarias preces y darle la bendición al arrodillado nuevo cura, y levantarse éste para ir a ocupar su sitio, le dice don Domingo al deán que tenía justo a su lado: "Este no se aguarece".

En otra ocasión le hablaba una persona sobre las excelencias y calidades de una determinada familia, comentándole a don Domingo que no existía otra familia como aquella, que era un modelo para las demás, una familia férrea en su unión, sin ninguna fisura, unida como una piña, ni un sí ni un no. Cuando terminó esa persona de exponer larga y detalladamente los piropos y elogios hacia aquella familia, toma don Domingo la palabra y le pregunta al que echaba tantas flores: "Oiga, y ¿ya partieron?".

Don Domingo enfermó ya avanzada la década de los años cincuenta del pasado siglo y sus íntimos amigos Luis Bello y Manuel González de Aledo lo llevaron para que lo viese el doctor Enrique González, no el de la Ni-Fu Ni-Fa sino el prestigioso médico que tiene su consulta en la lagunera calle de San Agustín, a menos de trescientos metros del Palacio Episcopal.

Al consultorio entró don Domingo solo, quien se resistía a despojarse de la sotana para ser debidamente auscultado por el doctor, por lo que éste no tuvo más opción que decirle: "Mire, don Domingo, allá afuera usted será obispo, pero aquí dentro lo tengo que mirar como a un mago cualquiera". Al final se impuso la cordura y el señor obispo le mostró al galeno su pecho y torso ya descubiertos.

El diagnóstico de Enrique González fue claro, contundente y una bofetada para el propio obispo, para su familia y para todo el pueblo que tanto le quería. Ello, no obstante, y a la busqueda de una segunda opinión, sus amigos Luis Bello y Manuel González de Aledo se lo llevan a Madrid, en donde vienen a decir que lastimosamente el diagnóstico del médico lagunero era correcto, por lo que a su regreso, y subiendo a duras penas las escaleras que conducían a la parte alta del Obispado, le dice nuestro pastor de almas al célebre abogado: "Me gurrufiaste, Aledo".

Por aquellos días se tropiezan en la calle mi padre con el doctor Enrique González, diciéndole mi progenitor al médico: "Yo sé lo que tiene don Domingo". "¿Qué tiene?", pregunta el doctor, y mi padre le responde: "Insuficiencia mitral".

Hasta la próxima y no me fallen.

JUAN OLIVA-TRISTÁN FERNÁNDEZ