M. CHACÓN, Los Llanos
A sus 62 años, Zenoa Oneida Cáceres Pérez, una vecina del barrio de Las Manchas, en Los Llanos de Aridane, sigue esperando que se haga justicia. Su caso es de esos que ponen los pelos de punta. Un día de verano del año 2000 se encontraba vendimiando con parte de su familia en la zona alta del barrio, cuando la imprudencia de un cazador cambió su vida para siempre.
Un disparo inexplicable, según dictamina la sentencia del juzgado, realizado a unos 30 metros alcanzó a varios miembros de la familia de Zenoa, entre ellos a un niño de poco más de dos años. Ella fue la más perjudicada. En total, 25 perdigones se incrustaron entre las dos piernas y la parte derecha del abdomen: "No me mató de milagro". Las secuelas que hoy padece son "insoportables" según nos cuenta, y le impiden hacer una vida normal. No puede caminar sin unas botas especiales y le faltan fuerzas a menudo para mantenerse en pie.
Sin embargo, siete años después, no sólo soporta los daños que le produjo el impacto de los perdigones, sino que pacientemente hace frente a la tardanza de la justicia en determinar la indemnización que le corresponde cobrar, una vez que en el año 2004 se emitió una sentencia a su favor en la que se condenaba al cazador a seis meses de cárcel y a la compañía aseguradora de la escopeta a pagar una cantidad que quedaría determinada en la ejecución de la sentencia.
El pasado miércoles, Zenoa Oneida Cáceres, tras cambiar de abogado por cuarta vez, volvía a subir, con serias dificultades, las escaleras del juzgado de Los Llanos (sigue sin ascensor), con la esperanza de que pronto obtenga una noticia positiva, una vez que se resuelva definitivamente el expediente. Ella tiene claro que, por mucho que tarde, la indemnización le corresponde, aunque sabe que "ese dinero no va a devolverme mi vida, lo que hacía antes de que el cazador disparase". Así, confiesa, "lo que más hecho de menos son mis cabras. Me gustaba mucho pastorear".
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