Cultura y Espectáculos
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JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

La riada

14/may/07 02:15
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Los otros tres se miraron de nuevo durante unos instantes, sopesando las palabras de Miranda, siendo entonces Serrano el que dijo:

-Pues no sé qué decirle... Ya oyó a mi compañero: a los tres nos produjo la misma impresión; hace un rato lo comentábamos, pero es posible que estemos equivocados. No nos dijo nada al respecto, está claro, pero como usted mismo acaba de apuntar a veces el estado de ánimo del jugador es fácilmente perceptible.

El bullicio en el bar iba en aumento y resultaba difícil entenderse. Además, Miranda tuvo la impresión de que del interrogatorio nada más podría obtener. No obstante, tras tomar unas notas en su libreta, preguntó:

-¿Y no saben si tenía otros amigos aparte de ustedes?

-Hombre, conocía mucha gente -respondió en esta ocasión Moreno-, sobre todo del gremio de la construcción, pero yo, particularmente, no creo que tuviese amistades íntimas. No sé si Serrano o García saben de algunas...

La negativa de los otros dos, sin embargo, fue unánime, aunque García se sintió obligado a añadir:

-Creo que existe una Federación de la Construcción... Allí puede que le informen con más detalles. Por lo menos recuerdo haberle oído decir en alguna ocasión, la última en la pasada Navidad, que celebraban almuerzos o reuniones informativas de vez en cuando, aunque creo que él no asistía ya a ellas.

Las siguientes preguntas que les hizo Miranda fueron rutinarias -sus nombres y apellidos completos, direcciones, teléfonos, etc.-, tras lo cual se marchó no sin antes rogarles que lo llamasen si recordaban algo significativo.

Aproximadamente a la misma hora en que Miranda interrogaba a los tres compañeros de juego de Solís, se recibió una llamada en la Comisaría de la Policía Nacional, dando cuenta de que, a media tarde y desde el puente de Galcerán, un peatón se había percatado de la existencia de un cuerpo en el cauce del barranco de Santos. Una pareja de la policía municipal que patrullaba por la zona, alertada por el grupo de curiosos que inmediatamente se formó en el lugar, optó por descender al barranco y comprobar 'in situ' lo sucedido. Teniendo en cuenta lo escarpado del terreno se dirigieron hasta el puente Serrador -situado unos cientos de metros más abajo y, casualmente, cerca del bar Alborada-, por ser desde allí más accesible el cauce, gracias a lo cual pocos minutos después de realizado el descubrimiento encontraron el cuerpo sin vida de un vagabundo, circunstancia ésta fácilmente deducible por el estado de su ropa.

El muerto se hallaba boca arriba y desde el primer momento ambos agentes reconocieron su identidad. Se trataba de un hombre de unos cuarenta y tantos años, bajo de estatura pero de aspecto fuerte. Tenía el pelo largo, entrecano, recogido en una coleta con un elástico, y lucía una poblada barba. Los rasgos de su rostro, en vida, debían de haber sido duros, con unos pómulos muy pronunciados que acentuaban la negrura de sus ojos. Sus ropas, unos pantalones de color gris y una chamarra roja, se veían en muy mal estado, por lo que a primera vista daba la impresión de que había muerto tras rodar ladera abajo. Calzaba zapatos y uno de ellos no lo tenía puesto. Se trataba de un vagabundo conocido por el 'Pulpo', que vivía en una de las cuevas del barranco, sin que a la policía municipal le hubiese sido posible erradicarlo de la zona ya que, en verdad, a nadie molestaba. Ejercía la mendicidad por las mañanas en el puente Serrador, aprovechando la afluencia de la gente al Mercado de Nuestra Señora de África, y luego desaparecía hasta el día siguiente.

Cuando se avisó a la Comisaría de Policía para que se hiciese cargo del caso se hallaba de guardia el inspector Luis Pardo, un hombre de edad cercana a los sesenta, delgado, moreno de tez y bastante calvo. Usaba unas gafas de concha, antiguas, de tamaño desproporcionado para su rostro algo escurrido. Cuando recibió la llamada estaba inmerso en la redacción de un informe que el comisario Estévez le había solicitado aquella misma mañana. Hombre de acción más que de oficina, no tardó en preparar lo necesario y poco después abandonó en un coche la comisaría acompañado del agente Mendoza, un joven de veintitantos años y mirada despierta, recién ingresado en el Cuerpo. Habiendo sido informado previamente de que deberían utilizar el mismo camino que la policía municipal para acceder al lugar de los hechos, Mendoza condujo el coche por la avenida La Salle para bajar por la calle Padre Anchieta hasta el barranco. En el cruce de ambas vías se encontraron con el inspector Miranda, que en ese momento volvía caminando a la comisaría tras interrogar a los tres amigos de Solís. Reconociéndolo, Pardo le dijo a Mendoza que detuviera el vehículo y llamó a su compañero.

-¿Dónde vas? -preguntó Miranda antes que el otro pudiera hacerle la misma pregunta.

-Han hallado el cuerpo de un vagabundo ahí debajo, en el barranco. Acompáñame si no tienes nada que hacer...

Tras dudar unos instantes al pensar que ya tenía bastante con lo suyo, Miranda aceptó la invitación y entró en el vehículo, aunque los dejó sólo unos metros más abajo para acceder al cauce del barranco por una escalera de piedra situada en la parte inferior del puente Serrador. Luego, caminando por un estrecho sendero, entre piedras y malezas de todo tipo crecidas tras la riada del pasado 31 de marzo, se dirigieron hasta el lugar que la policía municipal había acordonado tras el descubrimiento del cuerpo del 'Pulpo'.

Aunque el sol acababa de ponerse, la luz era todavía suficiente y podía distinguirse sin problemas todo el entorno. Arriba, en el puente Galcerán, una treintena de personas observaba con atención los acontecimientos que se desarrollaban en el cauce del barranco, sin que ello fuera óbice para informar cumplidamente de lo sucedido a los nuevos curiosos que se agregaban al grupo.

Uno de los agentes municipales se presentó y dijo mientras señalaba una vereda que discurría algo más arriba:

-Da la impresión de que resbaló... Es un vagabundo que vivía en una de las cuevas del barranco. Lo hemos metido un par de veces en el calabozo para que durmiese sus borracheras; ahora mismo da bastante olor a alcohol. Cerca del cadáver, a un par de metros, hemos encontrado un tetrabrik de vino. Es posible que fuera de él?

-A ver qué nos dice el forense -comentó Pardo, que se había hecho cargo de la situación y miraba a su alrededor en busca de algún detalle que llamase su atención-. Mantengan la zona acordonada hasta que él y el equipo del laboratorio lleguen; no tardarán en hacerlo. En cuanto a lo del tetrabrik, no lo toquen; es posible, como usted dice, que sea de él y tenga sus huellas. ¿Tú qué opinas, Miranda?

-Puede ser cierto lo que dice el agente. Si estaba borracho, es muy probable que haya resbalado. ¿Sabe dónde está su cueva?

-Sí, un poco más arriba -respondió el agente-. Cerca del hotel-escuela...

-¿Te parece que echemos un vistazo? -preguntó Pardo a su compañero.

(Continuará)

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