MIENTRAS ESPERABA a embarcar destino a Tenerife, me regalaba un paseo por en un bonito pueblo costero. Al mismo tiempo, buscaba un sitio para comer algo, cosa nada fácil, ya que era domingo y todos los restaurantes estaban a tope de clientes que esperaban por mesa.
Cuando había perdido la esperanza, encontré un pequeño bar con varias mesas destartaladas. Me situé en la barra; sobre el poyo trasero de la misma tenían un caldero arropadito con un enorme paño de cocina. Por la forma del caldero, de poca altura así como de base amplia, y al estar tapado con el paño, tenía toda la pinta de ser arroz amarillo. Pregunté y confirmaron mis predicciones; pasados unos minutos ya tenía mi buen plato de arroz amarillo frente a mí.
El arroz estaba bien cocinado con un sofrito muy fino de corte y elaborado sin prisas, a fuego lento.
Bien provisto de pescados y, sobre todo, de lapas y cangrejos, que conferían una intensidad de sabor contundente y maravilloso. El caldo de las lapas, cangrejos y alguna cabeza de pescado terminó de redondear esta maravilla. Realmente exquisito.
Una cosa que me llamó la atención que el arroz amarillo no llevaba, como es habitual: aceitunas, cosa que agradecí, ya que éstas no aportan nada en este plato y lo perjudica al transmitir al arroz el encurtido.
Aunque me parece simpático el hecho de añadir aceitunas al arroz, no he logrado averiguar la razón por la que llegaron a parar en este condumio. Todo un enigma de nuestra cocina.
Cuando iba por la mitad de mi plato, se sentó a mi lado un comensal que solicitó arroz al camarero. Una vez se lo sirvieron, comenzó a dar buena cuenta de él y de inmediato paró. Llamó al camarero y le preguntó: "¿Dónde están las aceitunas?". El chico le contestó que él no había pedido aceitunas, solamente el arroz amarillo.
El cliente, algo desesperado, le espetó: "¡Chacho! las aceitunas del arroz amarillo, si no lleva aceitunas no es arroz amarillo, es una paella". El joven, perplejo ante el alegato, comentó el percance a la cocinera. La portentosa mujer salió a la barra y se fue a la pizarra en la que enumeraba los platos ofertados. Borró dónde ponía arroz amarillo y escribió en su lugar paella, mientras decía, enfurecida, "ya está".
El cliente, observando la que se le podía venir encima, guardó silencio y terminó el plato, importándole poco si se trataba de arroz amarillo o paella.
Ya en el barco, me percaté de que comencé el plato siendo un arroz amarillo y al terminarlo era una paella. Eso sí, estaba espectacular.
Hasta la próxima.
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