Historia de las ITV
Recuerdo cómo, a principios de los años 80 del siglo pasado, se hacían las inspecciones de vehículos en las calles o carreteras, donde un técnico de la Consejería de Industria, sin medios de ningún tipo, examinaba como podía que los vehículos estuvieran en buen estado para poder circular por las vías públicas. Unos años después, se construyeron las primeras instalaciones fijas, que mejoraban sustancialmente la calidad de las inspecciones. Pero, aunque técnicamente se había avanzado, en la prestación del servicio no tanto. Por ejemplo, en Tenerife sólo existía una instalación en el polígono industrial de Güímar, a donde se tenían que desplazar los usuarios de toda la isla. Si a esto le unimos el rápido crecimiento del parque móvil, el Gobierno estaba en la obligación de buscar una solución.
Hace alrededor de veinte años el Gobierno de Canarias decide dejar de gestionar directamente la actividad de inspección de vehículos y cederla en régimen de concesión administrativa a empresas privadas, en exclusividad geográfica, por veinte años, prorrogables. Las empresas adjudicatarias tenían que cumplir con las obligaciones de un pliego de condiciones jurídicas, económicas y administrativas. Por lo tanto, la Administración tenía que velar y controlar que el servicio prestado por estas empresas fuera el adecuado en condiciones de tiempo y calidad.
Las empresas concesionarias construyeron nuevas estaciones de ITV, con todo lo que ello supone para ponerlas en funcionamiento: contratar y formar personal. Pero, con el paso de los años, el gran crecimiento del parque automovilístico, unido a la desidia de la Administración, que parecía dormida y no cumplía con sus obligaciones, y que además carecía de los interventores que controlaran la totalidad de las estaciones en funcionamiento, hizo que se llegara a una situación de caos, y, curiosamente, ante este panorama, sólo reaccionaron los trabajadores, demandando un mejor servicio al usuario, y mejores condiciones de trabajo, que pasaban por aumentar el número de empleados, el horario de atención al público y las instalaciones. Todas estas mejoras sólo se lograron presionando a las partes con una huelga.
Los primeros vencimientos de las concesiones tendrían lugar en el año 2009; sin embargo, en 2003 la Consejería de Industria decide prorrogar las concesiones en exclusividad por diez años más sin requerir a las empresas concesionarias construir nuevas estaciones, que a todas luces eran necesarias y muy demandadas por los usuarios de algunas zonas de Tenerife, como Icod de los Vinos o Guía de Isora, o la isla de El Hierro. Llama poderosamente la atención que, tres años después, Industria decida liberalizar la actividad sin venir a cuento, con pobres argumentos y a destiempo. No acierto a comprender tan rápido cambio de opinión. Hasta este momento, la Administración tiene la sartén por el mango, pero liberalizando tendrá "una paellera", pero sin tener por dónde cogerla. Seguramente se quemará.
Con la liberalización no se puede exigir a las empresas autorizadas construir sus instalaciones en aquellos lugares alejados, y que lógicamente más lo necesitan. Además, con la extinción anticipada de los contratos de concesión, la Administración deberá indemnizar a estas empresas con varias decenas de millones de euros. Sin contar con que dejará de percibir el canon que tenían que pagar las concesionarias.
A la vista de lo anterior, no acierto a entender qué interés tiene Industria en cambiar un buen sistema, por la incertidumbre de un régimen de autorización que ya se ha puesto en marcha en otros lugares como Castilla-La Mancha, y que está siendo un auténtico desastre. Y a todo esto los trabajadores, que tanto lucharon por mejorar el servicio, paradójicamente ven que sus puestos de trabajo comienzan a peligrar.
Luis Alberto Guanche
Envidia
Ciertamente, no es la envidia una de las características que adornan mi carácter. Sé que es recurrente y que puede pensarse que ¿cómo lo iba a reconocer? Lo haría sin duda si fuera mi condición. No lo es y, sin embargo, la sensación que percibo debe de ser algo parecido al comprobar que los franceses, a quienes he denostado en innumerables ocasiones por activa y pasiva, me han sorprendido, como lo hicieron en su día al retroceder en el asunto de la inmigración y exigir ciertas condiciones inapelables para los que quisieran venir a vivir a su país. Ni más ni menos lo que los americanos hacen desde siempre. Como casi todo, después de ensayar cientos de estrategias demagogas baratas, al fin se vuelve a lo que los americanos nos han inventado hace decenios.
Pero ciclos, afortunadamente son ciclos, y ahora toca que la derecha firme, gobierne, enderece, ordene, estabilice, cree riqueza, sitúe a los gansos y parásitos en su sitio, proteja a los que lo necesiten, haga cumplir las leyes, pare la corrupción y el egoísmo.
Tendrá que luchar con los sociatas, terribles hijos del ogro reventador Miterrand, que le pondrá traspiés, movilizarán a miles para que le hagan una agonía de legislatura. Son así, antidemócratas y ególatras. Han marcado, como aquí, lo que es correcto y lo que no lo es. Tienen en su boca arrojadizos términos, que les pirran en el fondo, pero que aquí los usan para desprestigiar a la derecha: fascista, totalitario, indialogante, faltos de talante.
Éste parece que los tiene bien puestos, y no lo van a achantar. Además, alguien tiene que crear riqueza para que dentro de 8 años estos sectarios que hoy han perdido se lo puedan gastar, derrochar y dilapidar.
No veo ningún Sarkozy en nuestro panorama político. Ningún paladín de la corrección que diga que los alumnos se pondrán de nuevo en pie al entrar en clase los profesores. Todo un símbolo. Tanto profe progre, hoy los más retros, soñadores del comunismo caído, antiguos como el hilo negro y provocadores de cataclismos por pensar y transmitir trágicas desviaciones provocadas por alguna ruptura de tracto cerebral en algún momento de su vida.
Los inmigrantes que no se integren lo tendrán peor o serán expulsados. Los derechos pasivos se estudiarán con lupa, ya que los que los reciban sin necesidad serán reos de delitos contra la sociedad. Los quemacoches, ellos, o sus padres si menores, pagarán por sus fechorías y por lo que perjudican a los afectados. Los sindicatos tendrán que llamar al trabajo, no al ocio subvencionado. Los empresarios, a la productividad, no a las bajas incentivadas. Las relaciones trasatlánticas se reforzarán y el flujo de exportaciones y turistas volverá a su esplendor. La participación de Francia en los negocios y en las finanzas mundiales volverá a su esplendor. Y todo esto ¡oh maravilla!, con "La Marsellesa" de fondo y con un "vive la France" como grito que a nadie molesta, que aglutina y que refuerza.
Francia tiene productos gourmet, alta costura, barcos de lujo y populares, aeronáutica, informática industria potentísima del automóvil, de mobiliario, editoriales... Pues sí, es algo como envidia, debe de ser. Lo que me anima es que se suele cumplir que cuando sale en Francia un gobierno, en España, al año siguiente, sale del mismo signo. Y que la lucha antiterrorista será muy eficaz con este individuo, nuevo Rolando, y nos va a hacer falta, mucha falta. "Salut, les copains".
L. Soriano
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