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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Ahórrense los programas

9/may/07 07:20
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Llama la atención -al menos a este periódico le llamó ayer la atención- que, a cuatro días de las elecciones, los partidos políticos sigan sin editar sus programas. ¿Y para qué? No pretendo caer en la cantinela de que los programas no se cumplen. Eso es cierto. Pero lo penoso es que ni siquiera los leen quienes los ordenan imprimir. Conocí a un catalán residente por estos alrededores -un tipo raro-, que recopilaba programas electorales y los guardaba para luego, a lo largo de cuatro años, comprobar cómo se conculcaban la mayoría de las propuestas. Digno ejercicio de masoquismo.

La cruda realidad es que se lee poco con independencia de lo que se imprima. Se ve mucha televisión, se va al cine o se alquilan películas -ahora en unos artilugios parecidos a los cajeros automáticos que funcionan las 24 horas-, pero no se lee. Ni falta que hace, pues el criterio personal ha sido sustituido por el afán de no abandonar lo políticamente correcto. Un pensamiento colectivo que no se puede conculcar, salvo si al temerario no le importa padecer el más salvaje ostracismo. Una manera de ver la sociedad que nos rodea impuesta por las ideas que cada uno adoptó un día ya más o menos lejano, sin que recuerde muy bien a cuenta de qué. La mayoría de los españoles de pronto se dieron cuenta que eran de izquierdas, de derechas o nacionalistas periféricos sin más; sin otro criterio que el capricho de hacerse hincha -¿se sigue diciendo así?- del Madrid, el Barcelona o el Valencia. Lo he escrito en más de una ocasión, pero conviene recordarlo.

En una democracia como esta -y la que tenemos es una democracia como esta-, imprimir programas electorales u organizar mítines a la antigua usanza es, en el primero de los casos, un crimen ecológico; y en el segundo, una pérdida de tiempo y dinero. Mejor dejar en los árboles la madera necesaria para el papel, y contratar a un médico, a un bombero o simplemente adecentar las consultas de un centro de salud con el dinero que cuesta alquilar un auditorio, que no es poco, para un acto al que sólo acuden los incondicionales del candidato. He asistido a decenas de estos cónclaves en los últimos años -al igual que la mayoría de ustedes- sin presenciar un discurso que intentase, al menos intentase, ser convincente para los discrepantes. Lejos está también la oratoria parlamentaria que tanto honró a este país en las intermitencias democráticas de finales del diecinueve y principios del veinte. Época en la que políticos de uno y otro signo subían a la tribuna y hablaban sin necesidad de papeles, porque a quienes se expresan siguiendo el curso de la razón les sobran los apuntes. Distinto panorama al de hoy.

La democracia, se ha dicho siempre, es un sistema caro. Indudablemente. Caro, porque para que funcione es necesario que el pueblo esté formado. Condición ineludible si se quiere elegir con criterio. «Yo a todos mis hijos les he dado estudios porque no quiero que los engañen», me comentó una vez un mago en Icod el Alto. Posiblemente los engañen más. El imbécil más grande es aquel que se supone erudito. Y hoy los españoles saben tanto, que cualquier aporte intelectual les resulta baladí. A fin de cuentas, Victoria Beckham jamás ha leído un libro, y no por eso deja de ser Victoria Beckham.

rpeyt@yahoo.es

 

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