Leoncio Rodríguez
Manrique... Llano, sencillo, modesto, bajo su capa de sorna y su museta de profesor, era también un romántico. Frío en la apariencia, llevaba dentro un gran espíritu humorístico. Y era, sobre todo, un artista, acaso aún más que poeta, que bordaba sus versos con la misma paciencia y el mismo primor conque hacía aquellas filigranas de sus dibujos caligráficos. De ahí la delicadeza y galanura de sus poesías, siempre impecables de forma y de ritmo.
Bajo un cielo de luz esplendorosa,
de fértil vega en la pendiente suave,
bañada por la brisa cadenciosa,
aparécese Aguere en quietud grave,
cual preciado tesoro
sobre regio tapiz de verde y oro.
Sentía, como Tabares, como Guillermo Perera, una gran adoración por la tierra, y ya en los umbrales de la vejez pasó por el dolor de la ausencia. Se fue optimista, alegre como un estudiante, llevado por el cariño de los suyos, y un mal día nos sorprendió la infausta noticia: ¡Manrique ha muerto! ¡Qué dolor! ¡Qué pena de verle morir tan lejos de la Vega, "la de los trigales dorados",
con sus palmeras de gallardo talle
y sus naranjos de azahar cubiertos!
Sí, ¡qué pena de que sucumbiese en lejana tierra, lejos de su mar, "de sus aromados huertos"!
¡Zerolo! Símbolo, caudillo, cantor excelso de la raza, su nombre va unido a toda la historia -triunfos, alegrías y duelos- de una de las generaciones que más profunda huella dejara en la cultura y la ciudadanía del país. ¡Cómo se desbordaba el entusiasmo de las multitudes ante los arrebatos sentimentales del poeta! ¡Qué férvida pasión en aquellos cantos a la patria, al terruño y a sus héroes! ¿Quién no recuerda sus estrofas?
Desde la cumbre bravía
hasta el mar que nos abraza,
todo es luz y poesía.
¡No hay tierra como la mía
ni raza como mi raza!
¡Ay de mis islas!, que van
a ser botín de la guerra.
Si amenazadas están,
¿para qué quiere el volcán
la hirviente lava que encierra?
¿Y quién no recuerda aquel cuento del pajarillo muerto en la jornada del 25 de Julio?
Tinto de sangre, cara al sol,
aquel rey de los cantores,
mostraba los dos colores
del estandarte español...
Así, de efemérides, de efemérides, de pueblo en pueblo -¡cincuenta años pulsando el sonoro laúd!- hasta agotarse aquel raudal copioso de su inspiración. Llama que se apagó entre las sombras y el silencio de su retiro, testigo de tantos afanes de gloria.
¡Qué triste y dolorosa renunciación la del poeta viendo entenebrecerse aquel cielo alegre y riente de su Vega, "en la tarde otoñal, lluviosa y fría!". ¡Y qué dolorido acento en sus palabras!
Noches de amor y días de plácida ventura,
visiones, panoramas espléndidos, pasad
como apiñadas nubes en la celeste altura:
Mi conturbado espíritu ansía olvido y paz.
* * *
Conservamos la última carta del poeta, denegándonos unos versos que le pedíamos. "Me encuentro en cama, decía, con un terrible ataque de neurastenia. No estoy para nada. Quisiera morirme. Quiero permanecer arrinconado en el olvido. No es que no quiera, sino que no puedo. Más adelante, más adelante, cuando me entone algo, si es que me entono. ¡Sabe Dios lo que sufro al darte esa negativa! Pero en esta disposición de ánimo no puedo hacer nada ni coger la pluma. Otro más, otro más digno".
Y murió, limio de toda culpa, orgulloso de su pobreza, sereno y resignado. Tal como nos decía en uno de sus sonetos:
Quiero morir en paz con mi conciencia,
sin haber en el vicio encenagado
el apellido humilde, pero honrado,
que recibí como sagrada herencia.
Cuando se cumpla la mortal sentencia,
quiero estar de los míos rodeado,
valeroso y sereno, cual soldado
que luchó por el Arte y por la Ciencia.
* * *
Los ruiseñores se fueron. En los nidos de antaño ya no hay pájaros hogaño. La muerte los fue cubriendo con crespones de luto. Se marcharon, uno tras otro, nuestros últimos líricos, y ahora duermen su sueño de gloria a la sombra de los viejos sauces laguneros.
Recordemos las palabras de Heine: "La naturaleza, previsora crea para cada generación estadistas y poetas. El pueblo necesitará siempre un gobernante que lo enfrene y un ilusionador que lo exalte".
Estos "ilusionadores" los perdimos, pero nos que encontrarme en medio de aquellas encantadoras da al recuerdo de sus jornadas triunfales. ¡Y rosas aún en la Vega para deshojarlas en sus tumbas!
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD