Lo bueno de la gente que se involucra -o que es involucrada por la Justicia- en asuntos de corrupción urbanística, blanqueo de dinero y esas vainas de mucho enriquecerse, es que siempre dispone de la pasta suficiente para pagar la fianza y no tener que permanecer en chirona. Es lógico. Si a uno le acusan de robar, un suponer, miles de millones y luego resulta que no dispone ni de 90.000 euros para sortear el trullo, es que algo no funciona en buena lógica o que uno es un pringadillo que ha estado en la movida, pero no se ha enterado del rollito.
La Pantoja tenía los 90.000 euros, claro, lo cual en su caso no significa nada. Su caché es millonario y, a pesar de que sufra cantidubi porque su querido Julián, que tiene nombre de protagonista de zarzuela, como corresponde, esté entre rejas, ella no para de hacer galas cada vez más apasionadas y dramáticas: el dolor potencia, ya se sabe, las sentidas interpretaciones de las folclóricas.
Que doña Isabel aparezca, de pronto, implicada -aunque sea presuntamente- en los turbios negocios marbellís, no debería sorprender a nadie, dadas sus amistades y relaciones personales. No es el dime con quién andas y té diré con quien vas, pero algo de eso sí hay: los investigadores de este tipo de asuntos suelen tirar de los hilos que mueven familiaridades y amores. Con bastante éxito casi siempre. Lo que sucede es que el personal, o sea, los ciudadanos del común y mayormente los devoradores de revistas y programas televisivos cardiacos, consideran mucho más normal que los corruptos o delincuentes sean concejales o alcaldes, un suponer, que tonadilleras de enorme popularidad rodeadas, impepinablemente, de multitudinarias simpatías y comprensión. Tanto, que en un campo de fútbol donde estos días de atrás se disputaba un apasionante partido, una peña de aficionados exhibió una pancarta ajena por completo a los avatares deportivos o a las consignas balompédicas:
-¡Libertad para La Pantoja! -pudieron leer en ella los atónitos televidentes, que hubiesen encontrado más normal la pintada en una plaza de toros, seguramente.
Aquí no se sabe quién está pringado en una corruptela o en una red delictiva de cuello blanco y bata de cola, hasta que nos lo cuentan en los papeles o en la pantalla de la salita de estar. Hace ya muchos años, un cachondo escritor y humorista madrileño envió un telegrama con idéntico texto a un montón de amigos y conocidos: empresarios, actores, políticos, colegas, periodistas? La misiva urgente era escueta:
-Huye inmediatamente. Todo se ha descubierto.
Curiosamente -o no tan curiosamente- un elevado porcentaje de los receptores del misterioso aviso abandonó precipitadamente la capital del reino.
Pues, eso. Que nunca se sabe lo antedicho, aunque lo de La Pantoja, oigan, pudiera imaginarse.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD