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ÁNGEL RIPOLLÉS BAUTISTA

Nuestra Señora del Carmen

6/may/07 01:04
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EL PASADO 29 DE ABRIL asistía al bautismo del hijo de mi buena amiga Esther Martínez Mayordomo y Pérez Rojas, al que se puso el nombre de Sergio.

Se celebró la ceremonia en pleno pulmón de La Orotava, en la zona del Risco Caído, en la zona alta, en una preciosa iglesia-capilla que está bajo la advocación de Ntra. Sra. del Carmen, la patrona de los hombres del mar, de esos buscadores de alimentos marinos, de los que como exclamó el pintor "ante el vómito de Sangre del pescador, con su carga aprisionado contra el muro del muelle", "Después dicen que el pescado es caro".

El párroco de esta pequeña iglesia es el reverendo padre Ricardo, perteneciente a los padres paúles.

Este sacerdote, al no tener órgano, utiliza la guitarra, que toca muy aceptablemente, y canta diversos motetes alusivos a las distintas partes de la misa.

Me entusiasmó la explicación del Evangelio en una homilía breve, como debe ser, que no duró más allá de los cinco minutos, y en la que explicó de forma sencilla, no con amenazas de peor vida entre nuestras debilidades, sino de una vida maravillosa que Cristo nos regalaba con su pasión y con su muerte, pero sobre todo con su resurrección. Señaló que si no hubiera existido la resurrección vana sería nuestra esperanza. Hay que elevarse, dijo, a lo alto aunque sea en Parapente.

Deduje de las palabras del padre Ricardo (Teror) que lo importante de la religión católica es el amor, que pidió para el neófito, que se incorporaba a la vida en aquellos instantes, porque al final nos examinarán de amor, que es lo que debemos aprobar, de ser posible, con sobresaliente "cum laude".

Aquellas bellas palabras sonaron toda la tarde en mis oídos, y pensé que las preocupaciones, las dudas, los temores son los enemigos que lentamente nos doblegan hacia la tierra y nos hacen polvo antes de la muerte.

Porque eres tan joven como tu fe, tan viejo como tu duda, tan joven como tu confianza en ti mismo. Te conservarás joven mientras seas receptivo al hombre y al infinito.

Todo esto lo expresó el padre Ricardo ante aquella pequeña comunidad donde claramente se veía que todos eran amigos, y yo era uno de ellos.

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