DIGNÍSIMAS AUTORIDADES, Sr. Alcalde, señoras y señores:
Estamos en el mes de mayo, en plena efervescencia de la primavera, esa estación del año que en muchos países es sorpresiva. Hay personas que la esperan ansiosos, como ocurrió al poeta Antonio Machado, cuando preguntaba si habían florecido ya las violetas del Moncayo.
Los isleños sabemos que la primavera es un soplo de Dios. Es como un alisio divino que descansa sobre el Atlántico donde se posa todos los años. Aquí diría yo todo el año, como un ave más que huye de los fríos del Norte, y que, allá por el siglo XV, trajo la semilla de la ciudad, esta ciudad que en su nacimiento fue una simple carpa de viejas velas de barcos, adornada con ramas de palma, hojas de laurel, brezos y posiblemente algún ramo de flores blancas de guaydil. Y no fueron las flores las que dieron importancia al acto, sino las palmas, las ramas de la palmera como símbolo especial de júbilo y resurrección. Recordemos que la palmera, como el pájaro egipcio, pertenece al género Phoenix, así que nuestra querida ciudad nunca morirá del todo. Junto al enramado templete, plantaron una cruz que a mí me sugiere una mano con el índice erecto, señalando un futuro de constante ascensión, como compromiso aceptado parece, por nuestros alcaldes y por ahí vamos ya, casi a la mitad del sueño, con estos rascacielos de ahora, pioneros de la altura que nos invitan a integrarnos en la modernidad de una arquitectura universal.
Junto al casco de calles que guardan su clima "nelsoniano", surgen osadamente los nuevos síntomas que anuncian una ciudad, como una bella sorpresa que debemos aceptar, nosotros, los viejos impertinentes, cuya senectud nos conduce de manera involuntaria a la ignorancia y el egoísmo, pretendiendo que el tiempo se detenga en nosotros y la ciudad permanezca antañada, cómoda y aburguesada, sin importarnos que pronto podría convertirse en escombros inhabitables para la juventud.
Me gustaría, señores regidores de la ciudad, que estas palabras mías no les sonaran, en absoluto, a ironía o freno para sus magníficos proyectos de una nueva ciudad. No somos tan tolondros como para no ver la necesidad de esta metamorfosis de Santa Cruz y, verdades diciendo, aceptamos las molestias de ese concierto de grúas, perforadoras, y grandes perros de hierro, que deben olernos a pan que se hornea y no a aquel otro miserable olor de hambre y pobreza en el que se quedan atascadas tantas ciudades.
Aquí mi mente se exalta hasta el punto de pensar que vale más vivir en la provisionalidad que en lo definitivo.
Tengo que medir mis palabras si pretendo cantar a la ciudad, pues mi entusiasmo me llevaría, seguramente, por el excesivo chicoleo y Santa Cruz debe ser una ciudad más digna de simples conformidades que de veleidosos piropos.
Quisiera meter aquí una cuña a manera de sugerencia, para quien corresponda, alegando que estamos seguros de que la ciudad venidera será una capital sorprendentemente bella, culta y cuidada, y contará, lo digo a modo de premonición, con la presencia constante de un corro completo de ranas, el cuello de un cisne, la cabeza de una tortuga y el pie de Dácil Vilar.
Lo agradeceríamos los ciudadanos que gozamos del remanso tan pacífico y grato de nuestros jardines, plazas y plazoletas.
Aunque se me ha encargado el pregón de las "Fiestas de Mayo", me gustaría pregonarlas como "Fiestas de la Primavera en Santa Cruz", con lo cual puedo extender mi pregón a todos los días del año, día y noche, pues hemos de incluir también, para nuestro goce, esa primavera nocturna, "pimenteliana", que tan sabiamente nos brindaba nuestro gran prosista, Francisco Pimentel, en sus crónicas de "Santa Cruz la nuit", escritas al gracioso modo del conde de Foxá. Noches sin molestias decibélicas, tranquilas y graciosas, cuyos goces anidaban en acogedoras tascas o restoranes, como la caseta de madera o casa Manolo, que fueron crisoles para la amistad, el arte o la política. Yo apostaría por que esta ciudad de ahora surge de aquella especie de "universidades del vino", a orillas del mar, consejero inspirador para una juventud. El mar nuestro amigo de la infancia que, al fin, parece que se tendrá en cuenta, cuando se le abran de nuevo las puertas de la ciudad.
No es loa, ni alabanza competitiva con otros lugares, el hecho de que por el mar nos haya llegado siempre una destacada cultura. Recordemos que en Santa Cruz se jugaba a bádminton y se tomaba el té a las cinco de la tarde, mientras en otras geografías, degustaban el churro con el chocolate Matías López. El mar es, fue siempre, motivo de ocio para nuestros ojos, camino de ida y vuelta para la realidad o el sueño y escaparate principal del que hemos aprendido la resignación y la esperanza. Fue dolor para los ciudadanos que, durante más de dos décadas, Santa Cruz viviese de espaldas al mar, y la ciudad perdiese sus remos. Yo espero que en el futuro, esas puertas atlánticas de la ciudad permanezcan abiertas de par en par, y vuelvan a suscitar vocaciones marineras y surjan nuevos capitanes, como aquellos verdaderos "caballeros del mar", que siempre dio nuestra ciudad y que ganaron su fama, ya bajo las velas de una simple goleta que en nuestros sueños de emigrantes nos llevaban a La Habana, de una fragata de cuatro mástiles, o en el puente de un humilde "correíllo" interinsular.
Tenemos por suerte una naturaleza que nos permite decir, como Hemingway dijo de París, que Santa Cruz es una fiesta. Una fiesta para nuestros ojos y nuestro espíritu que podemos comprobar si por arte de birlibirloque se nos ocurriera prescindir de esos modernos edificios que, un poco nos asustan aún. Nos encontraríamos entonces con la sorpresa de que la ciudad de Santa Cruz es un precioso parque, bellamente ajardinado, con las gratísimas sombras violeta de la higuera de Indias con disfraz de laurel, los viejos Ficus y las sombrillas rojas de las paodias, flamboyanes y las azules y delicadas jacarandas. Flora toda esta que parece milagrosa y que por su belleza permanecerá en nuestra memoria todo el año con la perennidad de sus flores como fiesta continuada, como un mayo dilatado en el espíritu de nuestros ciudadanos o sorprendidos visitantes extranjeros. Esta será siempre la mejor fiesta de Santa Cruz. La que debemos cuidar pues aquí la primavera es nuestra fiesta mayor, ya que ha sido organizada por la mano de Dios, nuestro alcalde de arriba.
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