CUANDO PARECÍA que la Transición política en España ya se había consolidado tras más de treinta años de democracia, el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, se está empeñando en crear un ambiente de discordia entre los españoles con su futura "Ley de Memoria Histórica", que declarará "ilegítimas" las sentencias dictadas por los Consejos de Guerra (Tribunales de Justicia Militares) y los Tribunales especiales creados durante la pasada guerra civil y la dictadura franquista para reprimir a los desafectos al régimen. Exigencias imprescindibles impuestas por Izquierda Unida para que los represaliados por dichos órganos penales puedan acudir posteriormente, tras la aprobación de la ley, al Tribunal Supremo a reclamar la revocación de dichos juicios.
La verdad es que no entiendo a dónde pretende llegar el Sr. Zapatero. La clave del éxito de la Transición política española, aparte del impulso real, radicó en el ingente trabajo de las Cortes Constituyentes para adaptar las leyes franquistas a la nueva situación. Para ello es preciso destacar la concordia alcanzada entre los líderes políticos de ideología tan diversa y hasta contrapuesta, como Adolfo Suárez, Felipe González, Manuel Fraga y Santiago Carrillo, que -justo es reconocerlo- con su generosidad, para olvidar los agravios del pasado, propiciaron el consenso entre todas las fuerzas políticas emergentes tras la muerte de Franco. También es de destacar que, salvo la chapucera intentona golpista de Miláns del Bosch, Armada, Tejero y algunos más, las Fuerzas Armadas observaron un comportamiento ejemplar, manteniéndose en la obediencia al Rey en aquellos críticos momentos. Pese a ello, hay que reconocer que si Fraga y Carrillo no hubieran sabido moderar a la derecha bunquerizada el uno, y a la izquierda revanchista el otro, enseñándoles el camino de las urnas, la Transición habría presentado problemas de difícil resolución. No admitir eso a estas alturas es negarse a la verdad histórica. Del mismo modo, conviene no olvidar que aquel consenso, herramienta esencial del arranque de la democracia, se llegó sin que nadie pidiera perdón a nadie. Entre otras razones porque prevaleció la idea de que todos tenían mucho de qué perdonarse y lo que entonces importaba era el futuro y, sobre todo, que no se repitieran los enfrentamientos fratricidas entre los españoles, ni hubiera vencedores ni vencidos, sino paz, armonía y concordia entre todos para iniciar una nueva etapa de igualdad por el camino de la democracia. Y así se logró con gran admiración del mundo entero.
Sin embargo, el acuerdo alcanzado ahora entre Zapatero y Llamazares para que la "Ley de Memoria Histórica" pueda aprobarse en el Congreso con las exigencias planteadas por el líder de IU, pretende la demolición de los pactos en los que se fundó la Transición y, por lo tanto, la democracia liberal española. Zapatero sueña con una nueva España, donde la legitimidad del pacto que llevó a la Constitución de 1978, derive en otra legitimidad que enlace con la ideología progresista, revanchista y antidemocrática que inspiró la II República, de la que tan orgulloso se siente este "iluminado".
¿Resarcirá la "Ley de la Memoria Histórica", también, a las víctimas de la II República, a los asesinados en Paracuellos del Jarama, a los que sufrieron los "paseos" y las checas, las brutales represiones, el genocidio contra los curas, frailes y monjas y, en general, a todos aquellos que murieron por el simple hecho de ser católicos, monárquicos o personas de bien? La próxima semana hablaré de ellos.
¿Pero a qué grado de locura ha llegado este presidente que nos ha tocado padecer los españoles?
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