A ESTE GOBIERNO que nos rige y que lleva el progresismo como bandera se le ha olvidado incluir en sus programas la reforma de unas normas que, en punto a progreso y puesta al día, deben estar, en el tiempo, no voy a decir que a la altura del Terciario, pero quizás, como poco, dos siglos atrás. Se trata de aquella normativa que afecta a los trámites para la obtención de la licencia de conducir vehículos a motor. He recorrido medio mundo en varios continentes. Soy aficionado, desde siempre, a vehículos de motor y, por razón de oficio, la curiosidad y el hábito de la observación son lo mío; los tengo desarrollados y es raro que se me escape algo cuando me empeño en observar cualquier cosa. Poseo carnet de conducir hace muchos años. Un amigo mío, al que le gusta jeringar al prójimo, me preguntó, de coña malechística, si desde la Edad Media. En todo caso sería para conducir carros de mulas o de caballos, porque entonces Ford no había fabricado ni siquiera uno de sus clásicos "Fotingos". O sea, que la coña no prosperó. Pero es indudable que después del famoso coche, muchos millones han salido al mercado. Y como los coches no caminan solos, aparte del motor hubo que habilitar "chóferes", que se decía entonces en castellano como plura de "chifeur", que es el nombre que los franceses pusieron a los que manejaban esos, entonces, raros artilugios...
Me suelto este rollo, porque antes, con ser menos conocidos los coches, los permisos de conducción se conseguían fácilmente, sin latas y con más baratura. Y es que había que expedir pocas licencias y no se habían inventado las "autoescuelas". Esas facilidades y esos bajos precios siguen rigiendo en los países civilizados, mientras en España, y especialmente en Tenerife, la preparación de los aspirantes a conductores y las pruebas a que tienen que someterse parecen ahora una tesis doctoral.
Un servidor no fue a aprender a ninguna academia de conductores que, impropiamente, llaman autoescuela. Por entonces había pocas, con pocos alumnos y todos aprendíamos con los viejos coches de los parientes, y nos sentíamos capaces de competir con Fangio o con Fitipaldi, los corredores de la época. Yo me compré un vetusto "Ford 8", que todavía caminaba y que debió ser de quinta o sexta mano. Me costó cinco mil pesetas. Contaba con piezas de numerosos coches más veteranos aún. Nada de "inyección" ni cosa que se parezca. Cuando se le salía el agua del radiador, le echábamos gofio y cuando se gastaban las zapatas de los frenos se las poníamos de lata forradas con cuero de vacas o suelas de zapatos. Estaba dotado de una hermosa gotera. O sea, que había que ponerse gabardina o abrir un paraguas dentro del vehículo. Y, como estaba agujereado el piso, porque se había podrido la madera que lo formaba, había que ponerse botas de agua o zapatos viejos para que la salpicadura de barro no pusiera perdido el calzado. Ya dije que no pasé por "autoescuelas". Había aprendido con bicicletas, con un "fotingo" o similar y con una moto que tuve, con los que me puse al corriente de los trucos de la circulación en carretera y ciudad. Y me presenté en el lugar de examen con mi vetusto "Ford 8", después de pagar muy poco por la matrícula o los derechos de examen. Un compañero me dejó su "Peugeot" para que hiciera las prácticas, salí aprobado a la primera para conducir motos y coches de todas clases. Y hasta la fecha, con las renovaciones reglamentarias. Ahora las normas han cambiado como de la noche al día, con procedimientos que huelen a injusticia y a negocio que no parece ni limpio, ni justo, ni ético. E invito o reto a que se demuestre que no es así.
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