Cultura y Espectáculos
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JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

La riada

30/abr/07 07:07
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MIRANDA LLEGÓ a su despacho y se dispuso a esperar al comisario Estévez para comentarle lo ocurrido la noche anterior; aunque había dejado sobre su mesa un pequeño informe, sabía que Estévez prefería entrevistarse con sus colaboradores cuando el asunto era importante, y aquel sin duda alguna lo era. Para su sorpresa un policía lo estaba esperando para decirle que el comisario ya estaba en su despacho y quería hablar con él. Estévez era un burgalés que llevaba muchos años en Tenerife, alto, fornido, de semblante risueño y ojos rasgados que le conferían cierto parecido a un actor de moda. De talante abierto, comunicativo, inspiraba confianza nada más verlo.

-Qué tal, Carlos- lo saludó afectuosamente nada más entrar el inspector en su despacho mientras lo invitaba a sentarse.

El lugar no era demasiado grande, aunque sí lo suficiente para albergar un tresillo de cuero, una mesa atestada de papeles y una librería donde abundaban los títulos relacionados con la profesión del ocupante. Una foto de los Reyes y un Cristo de cerámica colgaban de dos de las paredes, en tanto que la otra aparecía ocupada por diplomas y acreditaciones que Estévez había conseguido a lo largo de su vida como policía.

-Ya he leído el informe que me dejaste -continuó diciendo el comisario-. Quería verte para decirte que continúes tú con el caso; es preferible, ya que estuviste en el lugar de los hechos. Supongo que no habrás tenido tiempo de averiguar nada todavía...

-En efecto -respondió Miranda mientras tomaba asiento-. Ya le decía en mi informe que nos costó localizar a la familia porque vivía solo. Enviudó hace un par de años. Un vecino del piso donde tenía su oficina nos indicó el domicilio de sus dos hijas, ambas casadas, por lo que anoche sólo tuve tiempo de visitarlas y darles la noticia. Hoy irán al Instituto a identificar el cuerpo.

-Supongo que no habrán podido aportarte ninguna idea sobre los motivos que pudieron ocasionarle la muerte a su padre...

-No... la verdad es que no. Pero no hemos hecho sino empezar... ¿Quiere que le aclare algo sobre mi informe?

-Sí... Por lo visto el forense cree que lo mataron en otro lugar.

-Ni siquiera está seguro de que lo hayan asesinado. Pudo ser una caída fortuita, aunque también cabe la posibilidad de que lo hayan empujado. Las hijas estaban algo distanciadas de él. Parece que la muerte de su esposa le afectó mucho y prefería estar solo. Según parece se convirtió en una persona bastante introvertida, aunque de vez en cuando las visitaba para ver a sus nietos, pero poco más.

Estévez cogió de encima de la mesa el informe que Miranda le había dejado la noche anterior y lo leyó durante unos instantes. Luego, con gesto pensativo, dijo:

-De cualquier forma hay una cosa segura: lo hayan asesinado o no, alguien dejó su cuerpo allí, por lo que resulta obvio pensar que sus motivos tendría. Según el informe, era contratista de obras...

-Sí. Vivía y tenía la oficina en el mismo edificio, en la rambla Pulido. La administración de las obras que hacía la llevaba un par de empleados; dentro de un rato iré a verlos para saber algo de sus negocios. Puede ser que por ahí averigüemos algo. Si la caída fue fortuita, el que lo trasladó hasta Los Campitos, como usted bien dice, debe de tener una razón importante para evitar que los relacionemos. Y si lo asesinó, empujándolo, es posible que se vieran en algún sitio y discutieran. En fin, ya veremos...

-Bien. Mantenme informado. Si fuese un desgraciado la prensa apenas se ocuparía de él, pero siendo contratista de obras me imagino que su asociación no tardará en interesarse por las investigaciones. Por cierto, no hace falta que te quedes a la reunión.

***

Del encuentro con los dos empleados de Construcciones Solís, S.L., que así se llamaba la empresa del fallecido, no obtuvo Miranda demasiada información. Jesús Galván y Eutimio Badía eran dos individuos que rozaban los sesenta. Bastaba mirarlos para darse cuenta de que estaban pasando un mal momento debido a la situación de la empresa donde trabajaban. Sin ser una de grandes pretensiones -estaba especializada más que nada en reparación y rehabilitación de edificios-, al menos había posibilitado su sustento durante bastantes años. Si ahora las hijas de Solís decidían cerrarla, sería muy difícil para ellos conseguir nuevos empleos. Estos, bien lo sabían ellos, en la actualidad se ofrecían a jóvenes bien instruidos, con conocimientos de informática, buena preparación contable y dominio de algún idioma, materias éstas en las que ninguno de los dos podría destacar. Por si fuera poco, la crisis emocional que Solís había arrastrado desde el fallecimiento de su esposa le había impedido contratar nuevas obras. Su situación económica era por consiguiente muy delicada, con algunos proveedores reclamando el pago de sus facturas y los bancos la liquidación del principal e intereses de las pólizas de crédito por él suscritas. Hasta entonces Solís había sido un hombre animoso, bastante emprendedor, pero la repentina viudedad había acabado con todo eso. En aquellos momentos estaban terminando tres obras de poca monta, y poco antes de la llegada de Miranda, le dijo Galván, habían recibido la llamada de una de las hijas de Solís para pedirles que con-tinuaran en su trabajo hasta que las dos hermanas decidieran su futuro. En aquel panorama deprimente el mismo Galván comentó algo que a Miranda le llamó poderosamente la atención. Dijo:

-De todas maneras, no sé por qué el último día que vimos a don Manuel nos dio la impresión, a Badía y a mí, de que tenía un talante distinto. No nos dijo nada al respecto ni nosotros se lo preguntamos, aunque eso se nota.

-¿Recuerda cuándo fue ese día?

-Sí, por supuesto, lo tengo anotado en mi agenda: el diecisiete de mayo.

-O sea, cuatro días antes de que apareciera su cadáver.

Tampoco logró Miranda mucha información sobre las amistades de Solís, hombre por lo demás de costumbres muy morigeradas y muy reservado con todo lo que se relacionaba con su vida particular. Sólo le conocían un vicio, si así podía llamarse su afición al dominó: todas las tardes se reunía con tres amigos en el Alborada, un bar de la calle Ramón y Cajal, a jugar unas partidas.

Sí consiguió de los empleados, después de comprobar que en el garaje del edificio no estaba, la matrícula del coche de Solís, un Audi de color negro. Cuando dejó las oficinas de la constructora eran ya cerca de las doce, de modo que optó por volver a la comisaría y realizar algunas gestiones con la esperanza de lograr localizar el vehículo. Mientras Suárez conducía le dijo alargándole un papel:

-Cuando lleguemos a comisaría ponte en contacto con la policía municipal, tanto de Santa Cruz como de La Laguna, y les pides que intenten localizar un Audi negro; la matrícula es ésta. Incluso puedes pasar el aviso a la Guardia Civil; es posible que esté abandonado en algún descampado. Indica en el texto que necesitamos una respuesta urgentemente.

(Continuará)

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