Hoy son mayores, alguno con 92 años, el más joven de 70. En el transcurso de la cruel Guerra Civil que padecieron los españoles los años 1936 a 1939 tuvieron que salir de Canarias, camino del durísimo exilio, sin tener culpa absolutamente de nada, si acaso por haber nacido en el seno de una familia leal a la República, o simplemente de padres no dispuestos a convivir con la dictadura que se les venía encima, o para salvar la vida. La Guerra Civil española había comenzado con una declaración firmada en Las Palmas por el general Francisco Franco a las cinco y cuarto de la madrugada del 18 de julio de 1936. Cinco meses antes, el Gobierno de la República le había entregado el mando de la Comandancia Militar de Canarias. Desde entonces y hasta julio, con otros militares y la ayuda de civiles anti-republicanos, ultimó en Santa Cruz de Tenerife los detalles necesarios para rebelarse contra la República y comenzar una guerra fratricida, que obligó a muchos niños canarios, sin saberlo, al exilio como única alternativa.
Alguno, una niña, nació en el 37 en plena contienda en Arucas (Gran Canaria), y hoy, con 70 años, vive en Cuba. Otra nació en 1916 en Santa Cruz de la Palma, y hoy, con más de 90 años, sobrevive en Venezuela. No se hicieron aquellas fotos desgarradoras de niños vascos huérfanos de guerra en barco rumbo a Rusia y lo desconocido. Pero también son niños de la guerra, y como tales no tenían culpa de no haber cotizado luego a la Seguridad Social, aunque afortunadamente ahora el Estado les ha elevado la mísera pensión que poseían hasta unos seis mil noventa euros al año. Involuntariamente, han tenido que vivir en el exilio y rehacer una vida tanto en el plano personal y familiar como profesional, unos 36 canarios de entre 543 niños españoles que han sobrevivido. Todos viven en la América que un día les tendió la mano, unos mejor que otros, atendiendo con mucha dificultad en numerosos casos sus necesidades básicas de salud y asistencia sanitaria, y para ayudarles, el actual Gobierno español aprobó la "Ley sobre el reconocimiento de una prestación económica a las personas que, siendo menores de edad, fueron desplazadas al extranjero como consecuencia de la guerra civil española 1936/39, y desarrollaron la mayor parte de su vida fuera del territorio nacional".
Una tragedia desgarradora, que rompió familias, separó hermanos, y a hijos de padres, de la que poco se ha escrito, al contrario que sobre la Guerra Civil, sobre la que existe abundantísima literatura. Nivaria Tejera escribió un testimonio autobiográfico, la novela "El barranco", de la colección "Biblioteca Básica canaria", escasamente conocida entre los lectores de nuestras islas, para quien el verano de 1936 acabó en Canarias un 18 de julio. Vivió en Tenerife de 1934 a 1944 y este espacio rodeado de agua se convirtió para ella en una prisión inmensa que aislaba al padre de su libertad y a la niña de su padre, y tal como ella afirma, "mi infancia se relaciona con la guerra, la prisión de mi padre, los cambios incesantes de lugar buscando refugio, la desintegración familiar consiguiente, las vivencias fragmentadas como único aliento. No hubo jardines, ni juguetes o juegos, ni otra perspectiva que las visitas alternadas al emparedamiento de la cárcel?". Para Nivaria el mar sirve, por un lado, de límite geográfico que impide la escapatoria, y por otro, de recurso poético que representa la cultura y carácter isleño, describiendo el lamento de los niños de una generación fragmentada. Ojalá que, de acuerdo con el mensaje de la foto de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, nunca más.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. Avda. Buenos Aires 71, S/C de Tenerife. CIF: A38017844.