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ESTAMPAS TINERFEÑAS

Los últimos líricos (1)

29/abr/07 24:54
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Leoncio Rodríguez

Año de 1923. Comienzo de una etapa luctuosa para las letras tinerfeñas. El derrumbe de toda una tradición intelectual, la de aquella pléyade de escritores y poetas que tanto enalteció a nuestra tierra. Ossuna, Tabares Bartlett, Zerolo, Guillermo Perera, Estévanez, Beyro, Cabrera Pinto, Alonso del Castillo, Manrique... ¡Todos desaparecidos en el transcurso de un lustro, con cortos intervalos, como si se hubiesen dado cita para el triste desfile, como si una mano aleve se los llevase de reata, uno tras otro, en fúnebre y doloroso cortejo! ¡Y todos ellos como tocados del mismo sino fatal, con el mismo presentimiento de su Destino!

Ningún temor me asalta ante el misterio

profundo del morir.

¿Acaso de ilusiones, cementerio

no es siempre el porvenir?

decía Guillermo Perera en sentidas rimas. Y clamaba luego Zerolo, acongojado por la muerte de Tabares Bartlett, su fraterno colega:

Sólo sepulcros miro. Una elegía

bella, inspirada, a componer no acierto.

Tú ya descansas, adorado muerto,

pero yo vivo y sufro todavía!

Y el poeta, atormentado de dudas y fatigas, seducido por el misterio del más allá, vio al poco realizado su afán de reposo, y aquel su deseo de que arrullaran su sueño, en el remanso de la Vega,

los pinos que coronan la montaña

y el mar de Atlante que meció su cuna.

Enmudecieron, pues, las liras más sonoras del pequeño Parnaso isleño, y dejáronse de oír sus acentos en nuestros fastos literarios.

* * *

Guillermo Perera... ¡Inspirado cantor de la princesa Dácil! Toda su obra poética tenía un dejo de melancolía, de tedio, de ternura y desaliento espiritual a la vez. Jilguero que sólo sabía cantar en su jaula, fuera de ella hubiese sucumbido de nostalgia, de modorra guanche. Y así decía:

Si acaso mi destino

a otro país me lleva,

que a mis oídos lleguen

siempre los dulces ecos de mi tierra.

Dijérase que llevaba en el alma un drama íntimo, una herida honda, que reflejaba en los doloridos acentos de sus estrofas.

¿Morir qué importa si la muerte espanto

no me podrá causar?

¡Cómo Dios no castigue amarte tanto

sé que me he de salvar!

Quien, desde mozo, amaba ya la muerte con ansia incontenible, no es extraño que desdeñara las alegrías de la vida. Y como un pájaro ciego, transido de dolor, cantaba por aliviar sus penas. Siempre con la dignidad e independencia de su condición humilde y de su espíritu noble y sincero. Convivió y se identificó siempre con el pueblo, con los suyos, pero jamás pervirtió su musa con el halago a las pasiones de la muchedumbre. Procuró en todo momento elevarse sobre las impurezas del arroyo, sobre toda pequeñez humana, con ese desdén por la llanura que sienten los espíritus selectos, enamorados, como las águilas, de la diafanidad de las cumbres. Y con legítimo orgullo puedo decir que jamás vibró en su lira la adulación rastrera, "ni la impulsaron odios ni necia vanidad".

Mi musa no es la musa que viste ricas galas,

que es triste pajarillo que luz ni flores ve,

y pliega pesaroso las ya cansadas alas

y cuando canta, canta sin comprender por qué.

Tal era el poeta, herido siempre de desilusión, enfermo de tedio. ¡El cantor de la princesa Dácil! ¡El de los suaves madrigales, el de los inspirados romances, que cantaba "sin saber por qué"!

* * *

Tabares Bartlett... El más antiguo entre sus colegas, era, sin embargo, el de espíritu más juvenil, más jovial. Reía con estrépito, y su risa sonora, ruidosa, revelaba al hombre satisfecho de la vida, sin contrariedades ni preocupaciones. Rodeado de sus libros, entre montones de tomos de sus poetas favoritos -Espronceda, Quintana, Núñez de Arce, el duque de Rivas- transcurrían plácidamente sus horas en el refugio de su pequeño gabinete de estudio, adornado con antiguos cuadros de talladas molduras y heráldicos escudos, emblemas de sus ilustres antepasados. Y al llegar el estío, en aquel otro grato refugio de Bajamar: la casita solitaria y blanca,

que el cierzo baña

entre el mar y la sombra

de una montaña.

¡Oh, con qué delectación evocaba el poeta sus días felices en Bajamar, en la casita solitaria y blanca!

¡Qué plácidas y alegres,

cuán seductoras

a la luz de los astros

paso las horas!

Si vejez a mi vida

reserva el cielo

gozar vuestros encantos

tan sólo anhelo.

Todo en él era efusión cordial: su espíritu, su musa, su estilo poético. Quien le trataba por primera vez, ya era su amigo de siempre. Y a medida que más se conocía al hombre, más se admiraba al poeta, porque el uno como el otro se hermanaban en cordialidad y calor afectivo. Don Ángel Guimerá, que le conoció en Barcelona con motivo de la lectura de su poema "La caza", decía: "Ya éramos francos amigos y compañeros, como si nos hubiéramos conocido toda la vida, cuando comenzó a leer su poema. Y me olvidé de que me encontraba en medio de una ciudad populosa, en una hora del anochecer en que venía hasta nosotros desde la calle el rumor de la gente atrafagada que de uno a otro extremo la invadía. Parecía encontrarme en medio de aquellas encantadoras comarcas que invocaba el poeta, con sus vegetaciones ásperas a la vez de verdegueantes y envejecidas, con sus barrancos profundos, donde las lavas de los volcanes habían dejado una estela de muerte...

"que el soplo lento de la edad carcome".

Por lo demás, no es necesario perfilar con nuevos trazos la figura del poeta habiendo delineado él mismo su "retrato" con tan acertada justeza:

Amar a Dios y aborrecer la vida,

buscar el bien y hallar el desengaño,

ser a la envidia y al rencor extraño

y despreciar la adulación mentida;

tener para la ofensa recibida

pronto perdón y olvido para el daño;

libre y exento de maldad y engaño

llevar la frente por el mundo erguida.

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