PULULAN en estos días las declaraciones, acciones y rasgado de vestiduras en general, a cargo de asociaciones preocupadas por el bienestar de los menores. Estoy pensando en el caso de la niña Piedad en La Orotava, y en el de las dos adolescentes que se niegan a convivir con su padre. Asunto este último en el que también ha intervenido el Foro contra la violencia de género de Tenerife; institución que actúa con velocidad de vértigo cuando un hombre mata a una mujer, pero que se inhibe si una mujer mata a un hombre o a otra mujer, como ha ocurrido recientemente en el homicidio del Fraile. Aunque ese es otro tema.
En lo que respecta a los menores, me parece muy bien cuanto se hace, dice o denuncia para salvaguardar su protección. Más aun: hasta estimo insuficientes esas actuaciones, considerando que estamos hablando de niños incapaces de defenderse por sí mismos. Mi confusión empieza, sin embargo, cuando se pone tanto celo en determinados aspectos y tan poco en otros. Por ejemplo, la Ley que regula en Canarias los espectáculos públicos y las actividades clasificadas, vigente desde 1998, establece que los locales públicos a los que puedan acceder menores no podrán cerrar después de las 11 de la noche, independientemente de que a esa hora haya o no niños en su interior. Den una vuelta por muchos de los bares, cafeterías, restaurantes y hasta bodegas que existen en Tenerife, y en Canarias en general, y comprueben lo que ocurre. Concurre la circunstancia curiosa de que el primer teniente de alcalde de un municipio ha asistido, con gesto grave, a una protesta contra una sentencia judicial sobre la adopción de un menor, mientras que sobre la mesa de su alcalde hay una denuncia por el incumplimiento de la normativa de horarios y menores en un local, sin que conste que el Ayuntamiento en cuestión haya hecho algo. A lo mejor sí, pero en horas de madrugada o mediante agentes invisibles, porque que se sepa, no ha hecho nada. Omito los nombres de los protagonistas y del lugar; sería injusto señalar a alguien en concreto por una actitud harto generalizada. Tan sólo subrayo hasta qué punto llega el cinismo y la hipocresía.
Impudor y farsa que se repite en el incumplimiento de casi todos -por no decir directamente todos- los artículos de la Ley del tabaco relativos a los menores. O con los anuncios publicitarios que incitan al consumo de alimentos inadecuados, pese a que la obesidad ya es una epidemia. Desvergüenza y patraña que alcanza su grado máximo en padres -y madres- que se pasan tardes enteras charlando en una cafetería, con sus hijos jugando en la calle sin ni siquiera quitarse el uniforme del colegio y con las tareas para casa pendientes en la cartera. Progenitores muy responsables luego al quejarse de que sus hijos fracasan en la escuela porque ven demasiada televisión.
Si algún día las organizaciones que se ocupan de los niños armaran jaleo por estos motivos, posiblemente aumentaría mi fe en ellas. Pienso, empero, que ninguna necesita mi anuencia. Les basta con dejarse ver, como algunos juristas, en las bataholas que graban las cámaras de televisión y fotografían los gráficos de prensa. Lo otro no es rentable.
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