Leoncio Rodríguez
-Si quiere usted ver a don Ángel Guimerá -díjonos un compañero en Barcelona-, búsquele en el café Continental, de tres y media a cuatro de la tarde. Si no, le verá usted al mediodía, en las Ramblas... Don Ángel no se confunde con ningún otro... Alto, vestido de negro, y con la cabeza inclinada siempre hacia el suelo.
Y nos fuimos al café. Un camarero nos dice que el señor Guimerá no ha llegado aún. Y es que faltan cinco minutos para las tres y media... -Espere usted un instante, que don Ángel no acostumbra retrasarse nunca.
Así era, en efecto. Al poco rato entraba en el café el señor Guimerá. No cabía duda que era él: alto, enjuto, encorvado... Descubriéronse con respeto algunos parroquianos, y cruzó la sala, llena de frivolidad y de alegres risas de mujer, con la mirada absorta, el continente venerable y balanceando los brazos, acompasados, como péndulos de un reloj...
* * *
-¿El señor Guimerá?
-Servidor de usted... Y nos hacemos nosotros mismos la presentación. No llevábamos cartas. Pero nos creíamos en el deber de saludar al ilustre paisano.
-Perdone usted si vengo a importunarle...
-No, señor; me satisface mucho hablar con un isleño... ¿Es usted de Tenerife, verdad? Pues yo soy de Santa Cruz... De Tenerife no conozco más que a Santa Cruz...
Nos permitimos insinuar:
-Pero se acordará usted poco de nuestra tierra... ¡Tantos años ausente!
-Sí; eso mismo me han dicho otros paisanos. Y no es así. Yo sigo considerándome tan isleño como el que más... Al fin y al cabo es mi tierra. Allí nací; allí pasé los mejores años de mi infancia. ¡Todavía parece que estoy oyendo a mi madre!... Se expresaba con ese deje dulce, amoroso, inconfundible, de las mujeres isleñas... ¡Ah, no sabe usted lo que me gusta oírlas hablar; oír su cadencia suave, armoniosa!... Hace poco estuvo en Barcelona una de mis parientas, y me deleitaba escuchándola. ¡Qué acento tan dulce, tan grato, tan espiritual tenía!
Y el insigne dramaturgo nos habla con verdadera efusión de la tierra canaria. En su voz, en su ademán, en toda su expresión, parece vibrar el alma de la raza. Y llega hasta borrarse en sus palabras la hosquedad y rudeza del acento catalán. Diríase que no es el autor de "Terra baixa", el insigne creador de "Manelick", el que nos habla con lenguaje tan llano y efusivo.
* * *
El ilustre dramaturgo prosigue en tono familiar, evocando recuerdos de Tenerife.
-¿Y diga usted -nos pregunta-, todavía se viaja allí en camello?... Porque en mis tiempos recuerdo ver a los romeros montados en sendas angarillas, camino de la fiesta de Candelaria... Resultaba muy pintoresco. ¿Y el bernegal, con su culantrillo, su vaso de coco, y su agua fresca y cristalina?... ¿Y las vendedoras de pasteles? ¿Todavía bajan a la ciudad con el balayo y el farolillo?...
El señor Guimerá, con una curiosidad que parecía infantil, no cesaba de hacernos preguntas...
Y como una visión borrosa y lejana, van desfilando por su memoria todos los recuerdos del terruño: las arenas negras de la playa, los viejos altares de las iglesias, el "gofio", el pescado salado, el mojo picón, y hasta los higos chumbos, frescos y lozanos, de la Mesa Mota...
-En Cataluña -nos dice- los llamamos "figues de moro"; pero en ninguna parte los he comido como allí, secos y curtidos al sol... Yo, cada vez que oigo pregonar aquí los "figues de moro", me acuerdo de aquellos de mi tierra: grandes, dulces y sabrosos...
Por último, nos pide detalles de los adelantos que se han hecho en Santa Cruz, en sus calles, en sus alamedas, en sus barrios del Cabo y los Toscales...
* * *
Nos decidimos al fin a explorar la voluntad del eximio escritor:
-¿Volvería usted, don Ángel, a Tenerife? ¿Aceptaría usted un homenaje que queremos dedicarle sus paisanos?... Porque a eso, a invitarle a usted, hemos venido exclusivamente a Barcelona...
Don Ángel titubea unos momentos.
-Me agradaría mucho -responde- ir a Tenerife sería mi alegría mayor. ¡Pero me cuesta tanto trabajo decidirme!... Usted no sabe las vueltas que le doy a la imaginación cada vez que tengo que moverme de Barcelona.
Iría -añade- no por el homenaje, que yo no soy hombre de vanidades, aunque no encuentro censurable que se tengan en algunas ocasiones, sino por la satisfacción que experimentaría recorriendo mi tierra, (a mí me gusta caminar mucho), conociendo sus pueblos, observando sus costumbres, sus cantos, sus pasiones, sus odios... Y quisiera, sobre todo, contemplar el Teide, sentir alguna sacudida de la tierra, como aquellas de que tanto me hablaba mi madre, que tenía oído finísimo para percibir los temblores... Todo esto sería mi placer más grande. Quisiera, en fin, verme allí; pero me preocupa la idea del viaje.
-¿...?
-Sí; sé que hoy se hace con bastante comodidad; yo quisiera decidirme.
-Confiamos entonces...
Don Ángel tartamudea unas palabras, y luego añade:
-Cuando llegue la ocasión, ya nos escribiremos, ¿verdad?
-Sí; le escribirá a usted todo el país, para que vaya...
-Ya lo sabe usted, -prosigue nuestro paisano- con homenaje o sin él, yo no olvido nunca que nací en Tenerife, y siempre que llega la ocasión proclamo muy alto que soy tan isleño como Galdós, mi excelente amigo y compañero.
Él lo sabe también, y en mis cartas le escribo siempre: "Mi querido paisano"... Por cierto que una vez le decía que nos veríamos obligados a pelearnos, porque él y yo, uno de Las Palmas y otro de Tenerife, teníamos que ser "enemigos"... Y don Benito se reía mucho de mi "hostilidad" isleña. Al fin hemos terminado por tratarnos como buenos hermanos...
Amigos de la infancia no conservo ninguno, porque salí de Tenerife a los siete años; pero tengo allí parte de mi familia, y un amigo tan cariñoso como Tabares Bartlett, el ilustre poeta. ¡Qué bueno es don José, verdad?... Y, además, ¡cuánto ríe, con qué ganas y con qué estrépito lo hace! ¡Diríase, al oírle, que todo él ríe!...
* * *
Una vez -prosigue- intenté hacer un drama de asunto isleño; quería dedicarle esa modesta ofrenda a mi tierra, y hasta María Guerrero se me ofreció para estrenar la obra en Tenerife. Tropecé con algunas dificultades, por desconocimiento del habla y las costumbres del país, y abandoné el proyecto. Ahora, con la visita de usted y lo mucho que hemos hablado de la tierra, vuelve a agitarse en mi pensamiento aquella idea. Leeré con interés su libro sobre Tenerife, y ya le enviaré también mis obras. Pero aconseje usted a los escritores de allí que hagan algo para el teatro. ¡Hay tantas cosas típicas y pintorescas en nuestras islas! La lucha, por ejemplo, los bailes canarios, las mujeres canarias, cuánto se presta todo esto para llevarlo a la escena. En Tenerife, además, ha habido grandes aficiones teatrales, y era muy frecuente que en las reuniones de sociedad se hiciesen representaciones dramáticas. Recuerdo ver a las señoritas encerrarse en una habitación para ponerse los trajes de comediantas, y ver a los caballeros, con sus pelucas y tizones, aguardando a las actrices que con ellos habían de lucir sus facultades artísticas.
* * *
Y llegó la hora de abandonar la mesa del café. Eran las cuatro, la hora reglamentaria de partir, según las costumbres de don Ángel.
Salimos, y el ilustre dramaturgo nos dice:
-Acompáñeme ahora a mi paseo por las Ramblas. Ya sabe usted que soy un gran caminante: no me canso nunca de caminar...
Y recorrimos, de arriba a abajo, el hermoso paseo barcelonés, abriéndonos brecha entre la abigarrada multitud.
Al despedirnos, irguiendo su figura venerable, nos dice:
-Quiero que me dé usted un abrazo de despedida... ¡Un verdadero abrazo de paisanos!...
Y nos alejamos, haciéndonos lenguas de la bondad y el espíritu isleño del glorioso autor de "Mar y Cielo", que nos imaginábamos un furibundo catalanista, y se nos reveló como un auténtico y entusiasta santacrucero...
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