SIEMPRE HE PENSADO que es malo ser el primero de la fila.
En algunas reuniones, cuando se anhela casi desesperadamente, el éxito, acostumbro a aconsejar que se es más uno mismo, sin figurar entre los primeros.
Así hay más tiempo para meditar, para encontrarnos, y para huir de la envidia, y muchas veces de la ruindad ajena.
Hoy, los tiempos actuales mudan con extraordinaria frecuencia, y somos proclives a enterrar las figuras señeras, sustituyéndolas por otras que no son tanto, pero que significan la rotación, el cambio.
La sociedad necesita de alguien que la dirija, que la gobierne, pero ese dirigente debe saber que su dirección es temporal, porque todo es mutable, y todo queda en el olvido, sustituido por lo nuevo, por los mandatarios que llegan.
Alguien decía que se puede tener éxito, y ser el primero de la fila, pero sin tener conciencia clara de que es así.
Y entonces, claro, estamos en presencia del genio, como lo estamos también cuando adrede se hacen las cosas mal para poder ser olvidados, pero esas cosas no bien terminadas son alabadas por muchos, cosa que en algunos casos le ocurría al genial Picasso.
Nuestro Benavente dijo que la vida es lucha, no por la vida, sino para la vida, guerra para la paz...
Todo puede ponerse en tela de juicio, en especial al contemplar los aparatos mortíferos de los tiempos modernos, pero de lo que no puede dudarse es de la fidelidad de unos hombres que son auténticos defensores de lo que han jurado, y están dispuestos en su cumplimiento o ofrendar su propia vida.
Y todo viene a cuento porque hace días oía a la viuda de un general ahora, asesinado cobardemente por los militares de ETA, que afirmaba que ahora los militares españoles no pueden lucir su uniforme, que era su timbre de honor. Que tienen que llevar abrigos, gabardinas, o ir de paisanos y cambiarse en el interior de las dependencias militares.
Comentaba la viuda, con gran entereza, lo hermoso que era el advertir en un Congreso, recientemente celebrado en Estambul, al parecer, sobre medicina militar, cómo lucían sus uniformes los militares de todo el mundo y, desde luego, los de España.
Qué dolor y qué pena, como diría el poeta, contemplar este triste panorama: que un español de privilegio, que eso es un militar -disquisiciones filosóficas aparte- tenga que esconderse, o tenga que disfrazarse, para no ser reconocido, porque, si no, su vida peligra. Pero ellos son valientes y no hacen caso, no se ocultan, no se disfrazan, y prefieren perder su vida. A lo que hemos llegado, Inverosímil.
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