Cultura y Espectáculos
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JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

La riada

16/abr/07 02:02
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Primera parte

21 de abril, domingo

Siempre había sido lugar visitado por las parejas de novios la carretera que unía Santa Cruz con el barrio de Los Campitos. Normalmente, llegaban a ella por la avenida 25 de Julio, o por la calle José Naveiras, hasta el encuentro de ambas vías, y desde allí continuaban por otra que, tras dejar atrás varias urbanizaciones y unas vistas extraordinarias sobre la ciudad y su puerto, enlazaba con la carretera que se ha mencionado. Una vez en dicho cruce había dos opciones: torcer hacia la izquierda y dirigirse hacia Barrio Nuevo, lo que permitía gozar no sólo de otra panorámica de la Capital sino de su suave ascenso hacia La Laguna, o bien tomar el camino contrario, hacia la derecha, para llegar hasta La Cuesta, en la Carretera General del Norte, dejando atrás Valle Jiménez y Valle Tabares, dos barrios en los que el aumento de la población había incidido sustancialmente. La carretera en cuestión, tanto en un sentido como en el otro, serpenteaba siguiendo los entrantes y salientes del macizo montañoso que impedía el desarrollo de Santa Cruz por aquella zona, y ofrecía debido a su sinuosidad gran número de lugares propios para los devaneos amorosos de los enamorados, pues, aparte de no ser excesivamente frecuentada por peatones, en su margen interior, no el que daba a la ciudad, había zonas donde los vehículos podían aparcar sin ningún problema. De ese modo, ni entorpecían el tráfico ni sus ocupantes eran importunados por nadie.

Sonia y Luis, una pareja de enamorados veinteañeros, lamentarían durante mucho tiempo no haber torcido aquella tarde hacia la derecha. Una vez dejadas atrás las urbanizaciones y de unos momentos de duda fue ella la que indicó a su novio el camino hacia Barrio Nuevo, pero cuando el coche enfilaba ya el trecho donde se ubicaba el mirador desde el que se contemplaba casi todo el área capitalina, Luis aprovechó un pequeño llano a la derecha y aparcó en él; ansiaba besar los labios de su novia, acariciar sus muslos y decirle de nuevo lo enamorado que estaba de ella.

Era aún de día y abril no se estaba comportando como todos esperaban de él. A lo largo del mes el sol y la lluvia habían alternado su presencia, aunque aquella tarde dominguera el cielo aparecía despejado y soplaba una ligera brisa. La cercanía de la ciudad hacía que llegase a ellos el rumor sordo del tráfico y el apagado sonido de una radio, pero ninguno de ellos prestó demasiada atención a todo eso. Su único deseo era aprovechar su encuentro, gozar de la soledad que disfrutaban, decirse palabras dulces y prometerse amor eterno; lo demás carecía de importancia. Así, permanecieron dentro del vehículo durante un buen rato absortos en sus juegos amorosos, hasta que el inesperado ruido de un pesado camión que circulaba por la carretera los devolvió a la realidad. Vieron como se alejaba carretera abajo, y fue entonces cuando Luis se percató de que tenía las ventanillas del coche subidas. Apretó los botones que accionaban los cristales delanteros e inmediatamente percibió un olor desagradable. Lo olisqueó con el ceño fruncido y dijo mientras sacaba la cabeza por la ventanilla:

-¿No notas mal olor? Huele como a podrido...

-Sí, ahora que lo dices... -confirmó Sonia mientras recomponía un poco su cabello-. Puede que sea un animal muerto.

En circunstancias normales habrían hecho caso omiso y seguido su camino hacia parajes más agradables, pero Luis, quizá queriendo impresionar a su novia, optó por salir del coche e investigar la causa de aquel olor que enturbiaba el ambiente.

-¿Qué vas a hacer? -le preguntó Sonia-. Ten cuidado...

-Sólo echaré un vistazo...

Enseguida notó el olor más fuerte, más punzante, además de la cercanía de su fuente, así que, tras dudarlo un poco, se adentró por un estrecho sendero que continuaba hacia el fondo deduciendo que era de allí de donde provenía. La incipiente oscuridad dificultaba ya la visión clara del entorno, mas eso no fue óbice para que a sólo una docena de metros, detrás de un arbusto cuyo tamaño impedía que fuese descubierto desde la carretera, se encontrara con un cadáver en avanzado estado de descomposición. Aunque la sorpresa le hizo retroceder ligeramente, se recuperó en unos instantes al pensar que debía evitar por todos los medios que Sonia bajase del coche y se le acercara. Pudo observar sin embargo que se trataba de un hombre de unos sesenta años que iba correctamente vestido, con chaqueta y corbata, y en su cabeza, que cubría una abundante cabellera rubia que la edad ya blanqueaba, se podía ver con claridad una profunda herida que era, posiblemente, la que le había producido la muerte. Se hallaba boca abajo, casi de lado, con los brazos extendidos, y sus ojos abiertos parecían observar con estupor la gran mancha de sangre que se había formado cerca de su mejilla.

Casi sin darse cuenta de lo que hacía, con la mirada fija en el cadáver y sin oír a su novia que le preguntaba si había descubierto algo, sacó del bolsillo su teléfono móvil y marcó el 112.

*****

Carlos Miranda se asomó a la ventana de su despacho y contempló durante unos instantes el tráfico que discurría por la avenida Tres de Mayo. Esta, tras su remodelación, había adquirido cierto empaque, con hoteles, centros comerciales, edificios residenciales y un paseo central. En este último se habían plantado unos escuálidos arbolillos que, con el tiempo, quizá darían la sombra suficiente como para hacer el lugar atractivo, bien para pasear o, simplemente, descansar en los bancos que con toda probabilidad no tardarían en instalarse. Hasta entonces, en lo referido al tráfico, lo único que se había logrado era descargarla en parte del que con anterioridad soportaba, merced al túnel construido a lo largo de su subsuelo, desde la avenida Marítima hasta el inicio de las autopistas. No obstante, el establecimiento en ella de nuevos comercios y lugares de ocio también lo había aumentado, por lo que cabía preguntarse cuál habría sido la situación de no haberse llevado a cabo las obras en cuestión.

Llevaba de turno desde el mediodía, en aquel domingo abrileño que, afortunadamente, pocas novedades le había deparado. Sólo había tenido que ir con un coche-patrulla a un bar del barrio de Los Gladiolos, cerca de la comisaría, donde en una reyerta dos hombres habían resultado lesionados. Aprovechando, pues, la bonanza, se había dedicado a redactar algunos informes que tenía pendientes. Fue al sentarse de nuevo ante su mesa, en un despacho sobriamente amueblado con cuatro mesas y varias estanterías que compartía con otros tres inspectores, cuando la entrada de uno de sus subordinados modificó la tónica del día.

-Inspector, han hallado el cadáver de un hombre en la carretera de Los Campitos -dijo el recién llegado alargándole un papel-. ¿Preparo un coche?

Mientras asentía con la cabeza Miranda cogió el papel y lo leyó con cierta indiferencia, pensando si no sería mejor dejarle la misión al compañero que debería sustituirle apenas media hora después. Era un hombre de estatura media, de complexión delgada y de unos sesenta años, con el pelo negro algo canoso y largo que ya anunciaba una incipiente calvicie. Al caminar lo hacía un poco cargado de espalda, aunque al darse cuenta de ello adoptaba una postura más natural. En su rostro llamaban la atención los ojos negros, de mirada penetrante, así como los labios gruesos y grandes; quizá, para disimular su tamaño, lucía un espeso bigote en el que ya eran perceptibles numerosos pelillos blancos.

La urgencia del caso

La comunicación, enviada desde el 112, era muy escueta, pues sólo decía que se había recibido una llamada desde un teléfono móvil dando cuenta del descubrimiento de un cadáver cerca de Los Campitos, en el tramo de carretera que discurría entre dicho barrio y el Nuevo. La persona que había llamado se encontraba en el lugar de los hechos. Tras guardarse el mensaje en el bolsillo y teniendo en cuenta la urgencia del caso optó por hacerse cargo provisionalmente de él; al día siguiente el comisario decidiría. Sin pensarlo más cogió la chaqueta de un perchero y salió a la calle por la puerta trasera de la comisaría, donde ya lo esperaba el agente Suárez, uno de sus habituales acompañantes, un hombre joven, de unos veinticinco años, que consideraba a Miranda como su arquetipo para llegar a ser un buen policía.

-Me han dicho que hay que ir a Los Campitos... -dijo a guisa de saludo-.

-Bueno, algo más abajo... Supongo que el 112 se habrá puesto también en contacto con la policía municipal y ya estarán ellos allí.

La oscuridad había comenzado a adueñarse a aquella hora del cielo, además algo nublado, que permitía ver el cuarto creciente de una luna algo desvaída. En la avenida Tres de Mayo el tráfico seguía siendo tan intenso como durante la tarde, con gran cantidad de vehículos que abandonaban la ciudad dirigiéndose hacia las autopistas del Norte y el Sur, pero a la altura de la avenida Reyes Católicos Suárez giró a la derecha y continuó por esa vía hasta la calle General Mola. Luego, tras dejar a su izquierda el puente Zurita, llegó hasta la carretera que seguía hasta Barrio Nuevo y Los Campitos, donde se había descubierto el cadáver. A lo largo de todo el recorrido el tráfico rodado no disminuyó su intensidad, para desesperación de los policías municipales, que intentaban conducirlo en los cruces más problemáticos sin que sus esfuerzos se vieran debidamente recompensados. El caos circulatorio a aquella hora de la tarde era tal que casi de nada habían servido las nuevas vías que se habían abierto, puesto que el número de vehículos matriculados cada mes aumentaba respecto al del año anterior. Como si continuasen la conversación poco antes iniciada, Suárez dijo entonces:

-También deben estar los del laboratorio y el forense; salieron poco antes que nosotros.

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