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DOMINGO, 15 DE ABRIL DE 2007

Gente de campo (I)

Escribo sólo sobre lo que recuerdo o lo que me cuentan. No busco en los libros. Son mis impresiones, el modo de recoger lo vivido y el modo de expresar lo que se ha sedimentado en el fondo de mi conciencia. Cuando se ha vivido muchos años y se ha conocido a mucha gente, los recuerdos acumulados son muchos y el deseo de comunicarlos sale de las entrañas como si de un vómito involuntario se tratara. Y recordando y recordando, entre las vivencias compartidas, siempre me viene a la memoria le gente de campo. La gente de campo que conocí desde los primeros años de mi vida hasta la actualidad, en la que ya sólo queda algún resto, que aún habla con nostalgia y desconsuelo del tiempo pasado, cuando el campo se cultivaba sin invernaderos, sin riegos por aspersión, sin tractores. Cuando sólo se utilizaba y se vivía en lo rústico sencillo.

No hace falta volver muy atrás en el tiempo para recordar cuando en La Laguna apenas existían fronteras entre el campo y la ciudad. Por las calles principales circulaban carretas cargadas de trigo, burros con sacos de carbón o de patatas. Muchas casas tenían huertas y, en ellas, vacas, cabras y gallinas. Las traseras de algunas casas daban al campo directamente. Hay quienes recuerdan las vacas pastando en el callejón de las monjas, comiendo las hierbas que crecían entre los cascajos mal alineados. En lo que hoy es la plaza de La Junta Suprema había un abrevadero rodeado de tierra siempre enfangada. Muchos de los habitantes de la Villa de Arriba, en los inviernos, llevaban sus vacas a Los Rodeos. El hombre que las cuidaba vivía a la intemperie, envuelto en una manta. La mujer iba todos los días a llevarle la comida y regresaba con la leche de aquellas vacas, que eran de grandes cuernos y de color café con leche, con alguna mancha blanca, que servía para darle el nombre.

Los de El Tanque Abajo, donde también había un abrevadero, llevaban el ganado a lo que hoy es Barrio Nuevo, Universidad o a San Roque. El camino de Las Mercedes era paso obligado de las vacas que iban y venían de las montañas próximas. Por Los Baldíos y Geneto, hasta El Llano del Moro, resguardados entre altos y gruesos eucaliptos de los fuertes vientos, junto a una era, había innumerables casas de labranza. Y por la carretera de La Esperanza, aún de tierra y piedra, se podían contemplar las suertes y las medias suertes de chochos y de habas plantadas, y en ellas las vacas sueltas. Hasta en el mismo centro de La Laguna, en la calle de San Agustín, enfrente del Obispado, existía una cuadra de vacas, que casi todas eran negras con machas blancas, venidas de fuera. El que pasara por allí recogía el olor inconfundible que, en modo alguno, resultaba desagradable.

Y esta escasa separación entre la ciudad y el campo hacía que la población de La Laguna fuera una mezcla de gente de ciudad y gente de campo. Se les distinguía con facilidad por los vestidos, los modos de andar, las maneras de hablar distintos. Mientras los de la ciudad vestían ropas más o menos ajustadas, de más lana que dril, los del campo llevaban trajes anchos y largos, de más dril que lana, que se distanciaban bastante del cuerpo. Hasta cuando se iban a dormir había diferencias, mientras el hombre de la ciudad ya comenzaba a envolverse en el pijama, el hombre de campo se acostaba con una camiseta de franela y unos largos calzoncillos de franela, y, a veces, en los tiempos fríos, envuelto en la manta y cubierta la cabeza con un sombrero de cinta, varias veces sudada, varias veces secada. En ocasiones festivas, la cinta servía de sostén a la estampita del santo festejado.

Las mujeres de campo también llevaban trajes anchos, pañuelo en la cabeza, algunas con sombrero, pero, sobre todo, se distinguían por el amplio y aseado delantal. Por las fiestas, principalmente por el Corpus, estrenaban. Muchas lucían trajes amarillos o marrones, con un cordón a la cintura y un escapulario en el pecho, por alguna promesa. Las de la ciudad se contaminaron de las modas extranjeras y se empolvaron, se pintaron y se hicieron la permanente antes. Mientras los distinguidos de la ciudad llevaban el don delante, los importantes del campo anteponían el "cho". Las distinguidas del campo eran doña, seña o cha.

También en el campo había diferencias sociales marcadas por la posesión de tierras. Unos eran dueños de finca; otros, los más, eran medianeros, y luego, los peones, especialmente cuando la fiebre del tomate o del banano, como en el Macondo de Gabriel García Márquez. La máxima aspiración era poseer un "pedazo de tierra" y una buena yunta de vacas. Los terratenientes, los medianeros y los peones, aunque se diferenciaban por el dinero y las tierras que poseían, apenas se distanciaban en su forma de comportarse. Seguían siendo gente de campo. Aunque los medianeros eran los más astutos.

Los de campo fumaban, por cachimba, tabaco fuerte, Krüger o Mecánico o negro Rodesia, cortado por ellos. Las cachimbas las hacían ellos mismos. Y hasta tenían varias para distintas ocasiones. Según me contaron, un personaje muy conocido en el Norte de la Isla tenía tres cachimbas muy artísticas, una para cada día de Carnaval. Si fumaban cigarrillos mantenían más tiempo el cigarrillo apagado que encendido. Eran verdaderos maestros liando y pegando el papelillo sobre la picadura con la lengua humedecida. Los de la ciudad, aunque algunos fumaban en pipa, siempre de marca, aromática picadura inglesa, los más fumaban cigarrillos de tabaco rubio, Capstan, Camel, Chesterfied; los menos, puros palmeros o habanos.

Los de la ciudad tenían relojes de pulsera, casi todos marca Longines. Algunos tenían relojes de bolsillo que lucían en el chaleco con una leontina de oro cruzada. Los del campo llevaban en el cinto una relojera de cuero que, a modo de bolsa, guardaba un reloj de bolsillo, siempre Cuervo y Sobrinos, o Roskoff "patent", algunos traídos de Cuba. Pero el Cuervo y Sobrinos y el Roskoff eran poco usados, porque el tiempo para ellos estaba señalado en el cielo. El tiempo para ellos no era un apuro. Las prisas no conducían a ningún sitio. Si algo los distinguía era la parsimonia. Una parsimonia que no impedía la puntualidad.

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