Tenerife
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EL VARISCAZO MONTY

Un paseo en tranvía

14/abr/07 02:21
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BUENO, PUES ya está el gusano multicolor circulando vía arriba y vía abajo, ante la curiosidad y más de una imprudencia de algún viandante o conductor, motivadas, quizás, por la falta de costumbre de convivir con este medio de transporte, ausente de nuestra ciudad para muchas de las actuales generaciones desde los primeros años de la década de los cincuenta; que ahora retorna con la pujanza de la modernidad y un confort impensable en aquellos tiempos.

Accediendo a una gentil invitación por parte de Metropolitano de Tenerife, a una hora acordada previamente, quedamos emplazados el presidente de la zona Rambla y un servidor en las inmediaciones de la parada de la plaza de La Paz, a la espera del amable portavoz de la sociedad participada enteramente por nuestro Cabildo, el cual nos conduce a la inmediata parada en la que, con puntualidad inglesa, se detiene el coche nº 6, y nos introducimos en él para comenzar el recorrido en dirección hacia La Laguna. Aparte de cuatro conductores en prácticas, que se van turnando en su labor, somos los únicos ocupantes del vehículo y por tanto espectadores privilegiados de un plano diferente de la ciudad y sus habitantes, que miran con desacostumbrada curiosidad el flamante medio que transita silencioso por la vía. Silencio que es alterado por el gong eléctrico, que simula el sonido de una campana, para avisar de su presencia en cada cruce o ante un previsible obstáculo, que no tarda en llegar por el soberano despiste de la ciudadanía.

Sobrepasamos el puente de Zurita, que ha sido ensanchado para dejar las vías laterales expeditas a los automóviles, y subimos la cuesta en dirección a la Cruz del Señor, y, justo al rebasar la rotonda anterior, sobreviene el primer frenazo brusco y doy con mi tonelaje carnal (que no es poco) contra el asiento vacío de enfrente, que ejerce de oportuno colchón. La causa, un joven despistado que, haciendo caso omiso a la señal acústica, adelanta una pierna en la vía mirando en dirección contraria. Imprudencia que le podría haber costado muy cara y que no sucede gracias a la pericia y preparación de estos jóvenes conductores.

Continuamos el recorrido por la Cervecera y pasamos por la avenida del Conservatorio y la cercana facultad de Bellas Artes, en la que hay emplazada una de las varias subestaciones eléctricas que dan fuerza motriz al tendido; seguimos por Príncipes de España hasta la parada del hospital de La Candelaria y, al rebasar ésta, se produce un ligero rifirrafe con los coches despistados que irrumpen en las zonas amarillas que señalan el paso de los raíles y que tienen que maniobrar para dejarnos circular. Cruzamos el puente de Taco sin problemas, también sobredimensionado para compatibilizar el uso viario, y enfilamos el túnel cercano a la antigua azufrera para ascender de nuevo hasta la vía exterior en dirección hacia La Cuesta. Luego, en la breve parada del Hospital Universitario, aprovecho el lapso para contemplar las cocheras y el Puesto Central de Control, denominado PCC; un moderno "gran hermano" que vigila y orienta todas las directrices que deben seguir los tranvías en circulación, por vía interna a los conductores y visualmente a través de las 100 cámaras camufladas en todos los vehículos, que detectan cualquier anomalía urbana, avería fortuita o conducta incívica de sus pasajeros (impago del ticket o actos de vandalismo contra las personas o el material mobiliario). Una medida que espero sea eficaz para erradicar esos grupúsculos que no saben valorar ni cuidar los enseres o instrumentos que están destinados para el bienestar público. Llegado a este punto, no puedo evitar pensar en los incívicos grafiteros o los gamberros sistemáticos que atentan contra todo lo que se mueve; pero es una cuota con la que tenemos que cargar todas las sociedades establecidas.

Una inesperada orden nos impide continuar hasta el término del trayecto. Le comunican al conductor que el tramo restante está siendo sometido a pruebas de carga, por tanto, cambiamos de agujas e iniciamos el retorno a Santa Cruz, a falta de las siete paradas hasta la avenida de La Trinidad. En el trayecto de bajada, ya cerca del puente de Zurita, después de algún frenazo y sonoros avisos de paso, un grupo de seis adolescentes de distinto sexo compite corriendo delante del transporte, obligándole a moderar la velocidad para no incurrir en un incidente. Orgullosos de su "hazaña", se sientan en la inmediata parada para saludarnos con provocativo desparpajo. Inmediatamente después, una conductora deja olvidado su coche en medio del trayecto, justo en la confluencia con la calle de Salamanca, y regresa precipitadamente para apartarlo. Más abajo, algunos despistados transeúntes vuelven a protagonizar escenas similares.

Continuamos la marcha hasta el Intercambiador y, desde allí, casi al inicio del retorno, el tranvía realiza una parada inesperada debido a un obstáculo que interrumpe el paso. Se esperan instrucciones y uno de los conductores se baja y aparta un saco que contiene cascotes de las propias obras, para seguir el itinerario hasta el punto de partida, la plaza de La Paz, donde abandonamos el vehículo dando nuestras más efusivas gracias por la experiencia.

Resumiendo lo que será una realidad tangible para los usuarios dentro de breve tiempo, la mayor dificultad que he percibido es el peligro de un accidente por imprudencia. Si bien es cierto que, si se presupone un alivio en la densidad de tráfico, también lo será la imprescindible conclusión del viario del barranco de Diego Santos; única alternativa a la reducción de vías a los automóviles. Por lo demás, mucha educación cívica y mucha precaución hasta que estemos todos los ciudadanos plenamente familiarizados con el paso de estos multicolores gusanos (el pueblo ya les otorgará algún mote, como lo ha hecho siempre), que intentarán paliar en alguna medida la congestión de la ciudad y parte de nuestra zona metropolitana.

Por último, agradezco la cita que se me ha hecho en otro artículo por mi modesta defensa de nuestros signos de identidad, con una matización: el autor de la idea del monumento al carrito no ha sido la asociación Zona Rambla, sino un servidor. Quiero creer que, como en alguna otra ocasión, esta acción ha sido fruto de una equivocación del escribano contratado para redactar tal artículo, que no cito porque no viene al caso. Y si alguien lo duda, consulten la hemeroteca de este periódico. Una propuesta y alguna idea más en las que incidiré más ampliamente en otro comentario.

jcvmonteverde@hotmail.com

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