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Los trece faros de Tenerife

13/abr/07 02:06
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HACE TIEMPO que no escribo de faros en esta columna, a pesar de que, desde pequeño, me han atraído de una forma extraordinaria estos dispositivos que, para mí, tienen mucho de novelescos y de misteriosos. Será porque, cuando tenía pocos años, llegaron a mi novelas sobre faros, que no sé si eran buenas o malas, pero sí despertaban mi curiosidad por la rara forma de vivir que me suponía dentro de aquellas casas siempre cerradas, aisladas y perdidas en los remotos promontorios, a la mayoría de los cuales era difícil llegar y, más todavía, penetrar en las singulares construcciones desde donde emergía una torre cilíndrica preeminente, que terminaba en una rara lámpara en forma de esfera más o menos irregular, que venía a ser una lente de grueso vidrio, a manera de "cristal de aumento" a la débil llama de petróleo, que prendía en un raro mechero y era el que orientaba a los barcos. De pequeño, en mi pueblo, la villa de San Sebastián de La Gomera, solía ir caminando a La Lomada, que hoy es una pequeña población y, en el cabo que formaba una meseta, llamada Punta de San Cristóbal, allí estaba el viejo Faro que funcionaba con petróleo. Era una casa terrera de planta rectangular, de cuya azotea, por la parte delantera, emergía una torre cilíndrica con la gran lámpara en forma de esfera que daba constantemente vueltas cuando estaba encendida por la noche. Todos los faros eran iguales y, aunque en la casa vivía la familia del torreros, que así se llamaba el operario que lo manipulaba, no se veía a nadie. En el de San Sebastián de La Gomera esas personas no se dejaban ver. Cuando veían que se aproximaban visitantes a curiosear en aquellas alturas y contornos, cerraban puertas y ventanas y no respondían cuando alguien tocara en la puerta. A la gente del pueblo que iba con frecuencia de excursión al Faro, porque desde la Punta de San Cristóbal se contemplaban bellísimos panoramas, no le extrañaba el comportamiento de aquella familia, cuyo padre, el señor Tinaut, era hombre de carrera, persona muy admirada y respetada en la villa de San Sebastián. A quien extrañaba la costumbre era a los forasteros. Pero parece que eso lo hacían todos los torreros que vivían aislados, aunque, en el caso del señor Tinaut, sus hijas, que estudiaban en la Universidad de La Laguna, llegaron a ser profesoras de dicho centro y figuras de prestigio.

Lo último que publiqué sobre faros en esta columna fue un comentario sobre el Faro de la Punta de Abona, que, cambiada la torre por una moderna, habían transformado el edificio del torrero por escuela de formación profesional y en ella desarrollaban cursos. Pero ahora leo en este periódico que la entidad Puertos de Tenerife, dependiente de la Autoridad Portuaria con sede en Santa Cruz, se propone dotar a los trece faros que existen y operan en la isla de un sistema de control digital, que es pionero en España, modernizando y mejorando la ayuda a la navegación mediante tecnología punta. Ya en 1997 se instaló un sistema de gestión y autocontrol en los faros de Tenerife que fue ya una técnica avanzada. Mediante el nuevo sistema las prestaciones a los barcos llegan hasta casi facilitarles a los tripulantes rascadores automáticos. A mi viejo amigo, el que fue torrero del Faro de La Punta de la Rasca y que, después de tener que ir a encender el chisme todas las partes, durante años, llegó a beneficiarse de los avances que le proporcionó el poder encender el aparato desde Los Cristianos, donde residía y librarse de los latosos desplazamientos por las entonces pistas intransitables, a lo mejor ahora, si sigue por ese Sur, que hace tiempo que no le sigo la pista, puede operar con el tal Faro desde el teléfono móvil. Para el viejo amigo, mi felicitación y un fuerte abrazo desde este ladrillo, si es que llega a leerlo.

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