ALGUNAS VECES contempla uno escenas que mejor hubiera sido no contemplarlas, como decía mi abuelo, si no queremos que la sangre nos hierva en las venas. Los hechos sucedieron entre las doce y la una del día. Lugar, en la calle de Luis Vives y por fuera del Colegio de San Ildefonso. Salieron de dicho colegio lo que parecían dos alumnos y la emprendieron con saña contra un recipiente de residuos sólidos ubicado en uno de los báculos del alumbrado público allí existentes. No estaba yo solo, había por allí otras personas y nos miramos unos a otros como preguntándonos: "¿Y a qué viene esto? ¿Qué locura les ha entrado a estos mozalbetes?".
Uno de los testigos se me acercó y comentó: "¿Pero es que en este centro escolar no se siguen impartiendo clases de aquel hermoso libro que se titulaba "Conducta y Urbanidad" y que yo estudié en ese mismo colegio entre los años 1941 y 1947?".
Pero no fue esto lo peor. Lo verdaderamente deplorable fue que entre los presentes, o testigos, había unos niños pertenecientes a la cercana Asociación de Aspronte, que pusieron cara de sorpresa y estupor al contemplar la salvaje tropelía urbanística que llevaban a cabo jovenzuelos que se les supone de una inteligencia normal e hijos de unos padres con disponibilidades económicas.
El que suscribe se pregunta: "¿Dónde está la sinrazón? ¿Cómo alumnos de un colegio como el de San Ildefonso pueden cometer estas sinrazones?".
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