EL PRESIDENTE ASSAD invitó ayer a un almuerzo a Nancy Pelosi, líder de la mayoría demócrata en la cámara norteamericana de diputados, y a su delegación tras una larga reunión de trabajo con ella y, en la iconografía de que es ahora rehén la información política, las imágenes de todo eso echaron una bocanada de aire fresco sobre la difícil relación Washington-Damasco.
Se dice que Bush tiene aprecio personal por la señora Pelosi y no perdió oportunidad de bromear en su día afectuosamente con su condición de mujer-jefa (de la cámara baja del Legislativo, tercer personaje del Estado). Pero las relaciones públicas propias de la victoria demócrata en noviembre dejaron ayer paso a una severa reprimenda: la visita a Assad envía la señal equivocada sobre Iraq ( ), no servirá para nada ( ) y es, sencillamente, contraproducente.
Pero este sombrío diagnóstico no es compartido casi por nadie. Más bien crece la impresión de que no se ve qué gana Washington con su política testaruda de ignorar y hostilizar a Siria, un país descrito por todo el mundo como un actor regional clave cuya resistencia coriácea, además, le ha dado una cierta reputación. Hasta el rey saudí, en malos términos con el régimen de Damasco y su conducta en Líbano, revisa aceleradamente su criterio.
La señora Pelosi, más allá de su autonomía como líder de la mayoría demócrata, dispone del apoyo que da a todo el que hace el viaje de Damasco la recomendación del solvente Grupo de Estudio sobre Iraq (Baker-Hamilton, bipartidario), que instó a la Casa Blanca a hablar con todos en la región, incluidos sirios e iraníes. Pelosi, por lo demás, entregó a Assad un mensaje del primer ministro israelí y reiteró la demanda americana: pedir a Siria una actitud positiva en Iraq, Líbano y Palestina.
Si esto es así y sus mensajes no difieren apenas en nada de los oficiales de la Administración Bush, ¿por qué es tan relevante la visita y recibe tanta y tan merecida atención? Por algo tan simple como que ignora la condena previa de Siria, recupera a su régimen en nombre del puro pragmatismo, lo saca del "eje del mal" en el que, en un mal día, lo metió un Bush eufórico, "neocon" y decidido en febrero de 2002.
Los tiempos han cambiado, poco pero han cambiado. Y aunque el gran cambio solo llegará cuando Washington ejecute una retirada pactada de Iraq y, sobre todo, se emplee a fondo para resolver de una vez y de modo equitativo la tragedia palestina, algo se intuye. Pero nada dramático sucederá antes de las elecciones norteamericanas.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD