Aquel nefasto día -31 de marzo de 2002- todo comenzó, como siempre suelen comenzar estas cosas, con una lluvia fina pero persistente que incomodó sobre todo a los conductores por el peligro que, para la circulación en caravana, entraña un piso resbaladizo; no resultaba extraño leer en los periódicos noticias de accidentes de carretera ocurridos por alcance. Sin embargo, para alejar esa preocupación de la mente y sustituirla por otra mucho más grave, la lluvia se hizo torrencial en pocos minutos. Los automovilistas que a aquella hora y por millares regresaban, sobre todo a Santa Cruz, comprobaron cómo poco a poco su velocidad disminuía. En las autopistas del norte y el sur -principalmente en la primera por su desnivel-, en las viejas carreteras comarcales que llegaban a la capital, en las que conducían al barrio de Los Campitos o al de San Andrés, el nivel de las aguas comenzó a crecer, lenta pero de modo inexorable, hasta que el tráfico se vio interrumpido. Cientos de vehículos de todo tipo -más aún, miles si se cuentan los que se hallaban en aquellos momentos dentro del perímetro de la ciudad- quedaron inmovilizados en apenas diez minutos. En ésta, por la estrechez de muchas de sus calles, las aguas sobrepasaron el nivel de las aceras, en tanto que de las alcantarillas brotaban surtidores al ser incapaces los albañales de evacuar tanto líquido. Las autoridades -las pocas que se encontraban en la capital en aquel día dominguero y posvacacional- ordenaron el cierre de todas las vías de acceso a la urbe, aunque para ello tuvieron que vencer innumerables dificultades puesto que los teléfonos dejaron de funcionar, el fluido eléctrico fue interrumpido, reventaron las alcantarillas y se desbordaron los barrancos, sobre todo el de Santos, cuyo enorme caudal arrasó todo lo que encontró a su paso. Aquel funesto día -31 de marzo de 2002-, en las avenidas de Anaga y Marítima, así como en la plaza de España, cientos de ratas abandonaron sus madrigueras y se les vio nadando desesperadamente entre las aguas turbulentas. La mayoría de ellas, excepto las que lograron encaramarse en lugares más altos, pereció ahogada. Muchos perros vagabundos, con ese instinto para los cambios atmosféricos que los animales suelen tener, corrieron a cobijarse en zaguanes y plazas situadas a mayor nivel, pues de lo contrario habrían sido arrastrados por la corriente y perecido. En cuanto a los desheredados por la fortuna, vagabundos, mendigos e inmigrantes sin hogar se protegieron donde creyeron que más les convenía, haciendo en algunos casos aún más grave su situación. El pánico, en definitiva, se asentó en los pocos kilómetros cuadrados de la ciudad, aunque posteriormente se supo que la gota fría -pues de eso se trató-, al alejarse hacia el noreste, afectó con la misma intensidad a los barrios de Valleseco, María Jiménez y San Andrés, principalmente a las zonas ubicadas en las laderas. Incluso se tuvo que echar mano del Ejército, gracias a cuya intervención y abnegación se pudieron resolver algunos problemas ocasionados por la insuficiencia de la infraestructura capitalina, evidentemente no preparada para aquellos fenómenos atmosféricos cuya virulencia era notorio que ni los más viejos del lugar recordaban. Su intervención, muy elogiada después por toda la población, fue providencial en lugares alejados del casco urbano donde los vecinos habían quedado aislados.
Al principio se contabilizaron cinco fallecimientos debido al inesperado diluvio, aunque el alcalde de la ciudad se apresuró a decir que el número de muertos podría aumentar una vez se iniciasen las obras de desescombro, aparte de que en los hospitales Universitario y de La Candelaria había heridos graves cuyo final era aún prematuro aventurar. Contribuyó a pensar en esa posibilidad la publicación en exclusiva en un rotativo tinerfeño, EL DÍA , de la foto realizada por un aficionado y, desgraciadamente, no revelada hasta un par de días después. En ella podía apreciarse con toda claridad el brazo de una persona que intentaba agarrarse de una roca, junto a uno de los aliviaderos del barranco de Santos. Aunque posteriormente, tras la visión de la fotografía, las autoridades emprendieron la búsqueda de la posible víctima, los esfuerzos resultaron infructuosos, pero entre la gente anidó la sospecha de que había un sexto fallecimiento.
Aquel inolvidable día -31 de marzo de 2002- el puerto de Santa Cruz fue cerrado al tráfico marítimo, y el aéreo tuvo que ser desviado del aeropuerto de Los Rodeos al sureño Reina Sofía. Un elevado número de vehículos fue arrastrado por las aguas, cayendo algunos a los barrancos por lugares que carecían de vallas protectoras. Las calles, desiertas de peatones, se convirtieron en ríos que desplazaban innumerables objetos de las más diversas formas y tamaños -muebles, ramas de árboles, papeleras, vallas publicitarias...-, que eran contemplados por los atónitos vecinos desde las ventanas de sus hogares. Algunos de ellos tuvieron que intervenir, arriesgando sus vidas, para salvar las de otros que, atrapados por la fuerza de las aguas dentro de sus vehículos, fueron incapaces de abandonarlos por sus medios. Con su acción adquirieron la categoría de héroes populares, mereciendo el homenaje que la población les dispensaría en el futuro.
A las cuatro, más intensa
A partir de las cuatro de la tarde la intensidad de la lluvia disminuyó, mas poco duró la alegría -si así puede llamarse el sentimiento que entonces embargó a todos los chicharreros- porque media hora después comenzó a llover de nuevo con mayor intensidad y acompañamiento de granizo, continuando de esa manera hasta las ocho de la noche. Este último, además, más que granizo fue pedrisco, por lo que los perjuicios y daños que causó fueron aún más considerables. De cualquier manera en esta última etapa las autoridades habían adoptado ya algunas medidas que, providencialmente, evitaron que los daños fuesen todavía mayores. No obstante, la corriente eléctrica tardó en ser repuesta al haberse inundado los centros de transformación y dos subestaciones de la empresa concesionaria, por cuyo motivo la radio fue el medio utilizado para informar a los angustiados vecinos de la situación. Sin poder conectar con el Instituto Meteorológico ni con el teléfono 112 del servicio de emergencias del Gobierno, fue necesario habilitar otros números -facilitados por las emisoras de radio- para alertar a la población. Igualmente, la falta de electricidad dejó sin semáforos el área metropolitana, haciendo que la circulación de vehículos fuese muy lenta después de finalizada la lluvia. De todas maneras, Unelco-Endesa, empresa encargada del suministro eléctrico, estableció un comité de crisis en las dos principales capitales canarias y puso en estado de alerta a todo su personal. Incluso se llegó a preparar el envío de refuerzos desde Gran Canaria, aunque al final eso no fue necesario.
Aquel aciago día -31 de marzo de 2002- el corte del tráfico impidió que muchas personas que regresaban de sus minivacaciones llegaran a sus casas y tuvieron que ser alojadas de manera provisional en el Recinto Ferial; paradójicamente, fueron trasladadas al mismo lugar muchas familias cuyos hogares quedaron anegados por el agua y el barro. Por llevar sólo lo puesto, las autoridades tuvieron que facilitarles mantas, agua y alimentos a fin de hacerles la espera menos angustiosa. El contacto de las autoridades locales y autonómicas con las del Gobierno central fue inmediato, prometiendo la subsecretaría del Ministerio del Interior y la Dirección de Protección Civil el traslado de algunos de sus miembros a la zona a fin de realizar las primeras valoraciones de los daños, que se imaginaba cuantiosos.
Aunque desde el primer momento la labor de los ciudadanos fue ejemplar, es preciso destacar la del Consorcio de Bomberos. Sus miembros, con riesgo de sus vidas en muchos momentos, no dudaron al entrar en viviendas que amenazaban ruina para rescatar a ancianos e impedidos físicos que contemplaban despavoridos la crecida de las aguas. En lugares que quedaron convertidos en auténticas lagunas, debido al insuficiente alcantarillado, aparecieron lanchas hinchables que sirvieron para evacuar a personas y enseres, formándose al mismo tiempo brigadas de vecinos que acudían con increíble entusiasmo a donde su presencia, en aquel tremendo caos, parecía ser necesaria. Ante lo sucedido, se consideró la posibilidad de que las autoridades reclamasen del Gobierno central la declaración de zona catastrófica para la capital.
Pero en aquel pandemónium el protagonismo, como no podía ser de otro modo, lo ostentó el agua que discurría con fuerza por calles y barrancos, a lo que contribuyó el desnivel de la ciudad. Debido a esto las zonas portuarias, como antes se dijo, fueron quizá las más afectadas, al llegar allí las aguas con más fuerza en busca del mar. Aunque el puerto cerró su tráfico, muchas embarcaciones menores en él fondeadas quedaron muy afectadas. En las avenidas Marítima, Francisco La Roche y Anaga se amontonaron grandes cantidades de escombros, imposibilitando el tráfico rodado. En las ramblas, que atraviesan la ciudad de este a oeste y forman una especie de muro para las calles que desde ellas nacen hacia el norte, la acumulación de barro llegó a ser tan enorme que cortó algunas vías: la fotografía publicada por algunos periódicos locales del cruce con la calle Viera y Clavijo fue realmente acongojante. Los sótanos comerciales y los garajes de muchos edificios resultaron anegados -algunos hasta el techo-, dejando inservibles las mercancías almacenadas en ellos y multitud de vehículos. Varios de estos edificios, situados a la vera de los barrancos, tuvieron que ser abandonados a toda prisa al apreciarse corrimientos en sus cimientos.
Llegada la noche, calmadas las precipitaciones y restablecidas en parte las comunicaciones telefónicas, el contacto entre las familias se intensificó y todos pudieron darse cuenta de la magnitud de la catástrofe. Reanudadas igualmente las emisiones televisivas, los anonadados ciudadanos no salían de su asombro al comprobar este extremo viendo las imágenes que sus arriesgados reporteros habían captado, causando verdadero impacto las que reflejaban el comportamiento de un cámara del medio. Las caídas que sufrieron muchas personas al huir hacia lugares más seguros ocasionaron incontables heridos, la mayoría leve, pero ello sería suficiente para hacer recordar en el futuro a sus protagonistas las vivencias de aquel calamitoso día, 31 de marzo de 2002. Uno de los periódicos locales recordó que siete días antes, en uno de sus reportajes, la directora del Centro Meteorológico Territorial había pronosticado la posibilidad de que se produjesen lluvias torrenciales, aunque sin prever naturalmente que ellas tuviesen como motivo una "gota fría". En el aeropuerto de Los Rodeos, que volvió a operar con normalidad una vez desaparecida la niebla, aunque solía cerrar a las once de la noche aquel día permaneció abierto porque dio cobijo a más de doscientas personas que, llegadas en diferentes vuelos a la isla, no pudieron ser trasladadas a la capital
Pero la magnitud de la tragedia se apreció en su justa dimensión dos días después. En principio, la peor noticia fue que el número de muertos ascendió a seis, además de unos ciento veinte heridos, así como el desalojo de sus hogares -ironías de la vida- de los vecinos del barrio de La Alegría. El rostro de todos los habitantes de la ciudad, afectados o no afectados en sus pertenencias, reflejaba el inmenso dolor que todos sentían, que quedó refrendado en los tres días de luto oficial decretado por el Gobierno autonómico. Para intentar poner un poco de orden en las tareas de limpieza el alcalde rogó a la población que evitase circular con sus automóviles, en tanto que la vida comercial disminuyó sensiblemente; sólo se salvó el comercio de la alimentación pues los días festivos habían dejado a muchos hogares sin productos indispensables. También se suspendieron hasta nuevo aviso las clases en los centros escolares, aunque al contrario de lo que pudiera preverse apenas si se vieron chicos por las calles: sus padres, aún temerosos, no permitieron que abandonasen sus hogares. No obstante, por la mañana comenzaron a formarse corrillos en algunos bares, en los centros de la tercera edad, en las húmedas plazas, en los quioscos de las ramblas... sin que el tema de conversación dejara de ser en ningún momento las consecuencias que para todo el entorno capitalino iba a tener la riada. Como ejemplo de ello y sin que fuera una excepción respecto a los demás, en el barrio de San Andrés, por estar sus calles por debajo del nivel de la carretera que a él accede desde Santa Cruz, se había formado un inmenso lago al quedar taponados los desagües por los escombros y averiarse la estación de bombeo. Esto hizo que los vecinos dieran gracias por que la lluvia se hubiera producido durante el día, no por la noche, pues de no haber sido así con toda seguridad la lista de muertos se habría visto incrementada.
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