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Necesito el móvil

2/abr/07 01:41
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Las nuevas tecnologías, léase telefonía móvil e Internet, han servido para hacer una sociedad de iguales. Hasta hace un par de años el uso del móvil y el ordenador eran patrimonio de los profesionales liberales, de los altos ejecutivos o de gente con un alto poder adquisitivo. En la actualidad su uso se ha generalizado de tal forma que ahora estamos en la cola de la pescadería y le suena a la señora de al lado, esa que en voz de grito le dice a su vecina que hoy la oferta está en las caballas y no en los chicharros, que comprará zalemas para hacer una cazuela porque su hija, la que está separada del sinvergüenza de Antonio, viene a comer. Y una, que ha decidido ir a la compra a disfrutar de los sonidos y los olores del mercado, termina estresada con el mal vivir de esta señora que al hablar parece que recordara a las pescadoras de la Punta o de San Andrés pregonando, con la cesta en la cabeza y el deje en los labios, ¡a las bogas!, a las bogas frescas?

El móvil se sube a los andamios de la construcción, cuelga del pantalón de los albañiles y se roza con sus torsos morenos, desnudos. Son hombres que ya no piropean, ni miran de forma descarada, pues ahora sacan el teléfono y le ponen tono, el del silbido. Me pregunto si lo tendrán colocado en modo vibrador para saber cuando llama el ferralla, pues oír, lo que es oír, con el ruido de la maquinaria muy poco, por no decir nada. Es curiosa la dependencia que tenemos de este artilugio que para algunos es sinónimo de libertad y para otros, como en mi caso, de esclavitud y servilismo, pues nos obliga a estar siempre localizables, bien sea para el jefe de turno o para el marido que no encuentra las llaves.

Resulta divertido cuando llaman a alguien en el interior de una cafetería. Todos nos tocamos el bolsillo, abrimos el bolso, corremos hasta la mesa, parece que hemos oído la llamada de la selva, aunque el nuestro no lleve el tono del rugido del león sino el de un gato maullador. El que responde suele hacerse oír, alejarse del grupo, gesticular mientras habla y mentir, afirmando que está en mitad de un atasco camino de la oficina mientras se pone en evidencia ante el respetable auditorio del bar con la copa a medio consumir.

El móvil vive entre nosotros, forma parte de la familia, interrumpe en mitad de la cena, en las conferencias, en la clase de filosofía, en la consulta del médico, en las ruedas de prensa, en los conciertos y hasta en los sepelios. ¡Estamos invadidos por estos aparatitos cada vez más diminutos y caros que crean moda! Los jóvenes lo saben bien, ya hablan en tal lenguaje de sus contenidos que despistan a más de uno. El teléfono les permite ver películas, participar en juegos, consultar el saldo del banco, descargar música y entrar en Internet. Siempre lo tienen anticuado, piden un nuevo modelo y a ser posible de contrato. Jamás las familias habíamos gastado tanto en telefonía, ahora todo se dice a través de un aparato.

El uso indebido del teléfono nos ha convertido en personas mal educadas, pues el interrumpir siempre ha sido un detalle de mal gusto. Hay que tener el móvil en modo de silencio, vibrador o apagado, cuando se mantiene una conversación, salvo que pidamos permiso para dejarlo conectado por causas de fuerza mayor. Esto es más que evidente, pues a nuestro jefe no le importa saber si el niño ya hizo la deposición diaria, ni al médico la llamada de la "churri". Se falta el respeto al docente que explica en la pizarra y al concertista que apura el vibrato de la cuerda. Y hasta el difunto se sentirá incómodo, si es que a esas alturas se percibe algo, cuando en mitad de la Iglesia suene el móvil con el "Ana te están llamando".

Esto de las descargas tiene su miga. Hay números que ofrecen en el tiempo de espera monólogos del tipo: ¡Juan guarda las cabras que te están llamando!, o la última canción de Bisbal, algo que también ocurre con los salvapantallas, cuya diversidad y mal gusto se ofrece a la pluralidad de usuarios a través de un bombardeo publicitario constante. La sencillez que debe imperar en todos los actos de la vida también es aplicable a los indicativos de estas extensiones de nuestra personalidad, que aportan datos de la forma de ser a los interlocutores.

Este código de buen uso del teléfono móvil debería convertirse en parte del reglamento de funcionamiento de la Cámara en nuestro Estado de Derecho. No sé qué tienen que hablar nuestros diputados mientras interviene en el estrado nuestro presidente, el jefe de la oposición o uno de sus representantes de Grupo. Lo hacen a menudo, varias veces, ignorando al que tiene la palabra, distrayendo a sus compañeros de banco, haciendo gala de su mala educación y desafiando a los votantes con una actitud displicente. Creo que deberían justificar su alto salario al menos con elegancia de maneras, evitando bostezar, rascarse, dormir, pero sobre todo usar el teléfono de manera tan provocativa, sin sutileza.

Por cierto, ¿cuál será su tono de llamada y el mensaje de su tiempo de espera?, ¿tendrá algo que ver con sus competencias?...

* Titulada superior universitaria en Relaciones

Institucionales y Protocolo

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