UNA VEZ, de esto hace muchos años, tomando una copa en uno de los bares del aeropuerto de Nueva York, un norteamericano me preguntó de dónde era yo. Le dije que de España, y comentó inmediatamente: "Mi madre también es católica". Todavía por aquellos tiempos muchos extranjeros identificaban a nuestro país con el Catolicismo. ¡Qué diferencia de hoy, en que, en muchos aspectos, somos una de las naciones más divorciadas de la religiosidad! Nación donde se cede más campo a otras creencias no católicas.
No voy a decir que esto es bueno o malo, porque cada uno es dueño de creer en lo que quiera, por algo somos democráticos, y sólo hago constatar los hechos. En este sentido me gustó el Pregón de la Semana Santa tinerfeña que leyó recientemente el prestigioso farmacéutico y brillante escritor Alfonso Morales y Morales, en la parroquia matriz de la Concepción.
El orador habló más que nada de sus vivencias personales, que son las de miles o millones de niños en épocas pasadas, en las que marchábamos por los senderos religiosos que nuestros padres creían los mejores para nuestra formación, y cuyas circunstancias tenían gran misterio y atracción para nosotros. El silencio se hacía en la ciudad, al morir el Señor, los velos negros cubrían los altares, y, en sustitución de las campanas, nos convocaba al templo el melancólico y sordo ruido de la matraca. Hasta que el Sábado de Gloria renacía la alegría de la ciudad.
Hoy, la gente huye a las playas y a los cruceros, como de la peste, ¡qué diferencia! ¡Qué pena!
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