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Hombres y dioses

2/abr/07 01:41
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"HOMBRES Y DIOSES: la naturaleza de la agresividad humana" fue el título del discurso pronunciado por Juan Luis Arsuaga con motivo de su ingreso en la Real Academia de Doctores. De esta genial pieza de oratoria, crítica tanto con el darwinismo absoluto como con líneas de pensamiento propias del fijismo, retengo una reflexión interesante: la que nos recuerda que no toda la filosofía, ni siquiera toda la filosofía clásica, está de acuerdo con el planteamiento de Ortega en el sentido de que las ciencias naturales son incapaces de estudiar al hombre, por la sencilla razón de que el ser humano no tiene la misma naturaleza que otras especies. En realidad, es la cualidad natural de los humanos la que determina su compleja organización social. Un logro imposible de entender, mal que le pese a muchos seguidores de Rousseau y su teoría de que cualquier individuo en su estado primitivo o salvaje es intrínsecamente bueno, sin la continua lucha de todos contra todos. Idea sintetizada en el conocido aforismo de Hobbes homo homini lupus. Sin embargo, el ser humano ha tenido que dejar a un lado esa tendencia innata de lucha indiscriminada contra sus semejantes para vivir en paz. Es decir, se ha visto obligado a sustituir el status naturae por el status civilis, subraya Arsuaga.

Parece evidente que quienes se sientan en los escaños del Parlamento de Canarias no tienen tiempo para leer las reflexiones de este paleontólogo. Ni tampoco las de Ortega, Lorenz, Dawkins, Morris y otros muchos intelectuales que han esparcido un poco de luz en ese todavía oscuro abismo que nos separa -o no- de los animales irracionales. En caso contrario, posiblemente no serían diputados regionales. Quizá ni siquiera se habrían dedicado a la política, considerando que ésta es el arte de la mentira, y que la ciencia busca la verdad. Pese a todo, convendría que sus señorías vernáculas leyesen de vez en cuando algo más que las encuestas hechas por encargo a imagen y semejanza de sus deseos. Sobre todo para no repetir espectáculos como el de la semana pasada.

La imagen de Adán Martín cabizbajo y abatido en la tribuna de oradores habla por sí misma de un fracaso. No de un descalabro personal porque no ha sido un presidente peor que los anteriores -acaso le han tocado tiempos más difíciles-, sino de un quebranto colectivo como comunidad autónoma. A día de hoy en estas Islas impera ese todos contra todos -el bellum omnium contra omnes- que nos recuerda Arsuaga. No basta, sin embargo, con afirmar que una carretera tiene demasiadas curvas, demasiados árboles en sus cunetas y demasiados baches en su recorrido. Es preciso también explicar qué se puede hacer para corregir estos defectos.

En el caso del enfrentamiento feroz que impera en el escenario político canario -extensión particular del existente en toda España-, quizá tengamos que pensar en una abundante desvergüenza como origen del problema. No se puede cerrar la Comisión Eólica como se ha hecho, y a continuación irse de rositas. Ni cometer la ruindad de impedirles a los socialistas que sean ellos quienes, en su momento, aprueben los apartamentos de lujo que necesita Polanco para remediar su bancarrota tinerfeña. Estas maldades van más allá de la natural tendencia humana a la violencia. Pero algunos ya no piensan como hombres; se sienten dioses. Y claro?

rpeyt@yahoo.es

 

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