A diferencia, yo no compartí vestuario con Schuster y Maradona, como espetó el celebérrimo Paco Carrasco Güigüí en su primera comparecencia -altilocuencia, concupiscencia o divergencia- ante la Prensa, Radio y Televisión, en la fecha en la que Don Vítor -quien buscaba un cantamañanas por señas desde que alcanzó la presidencia-, dio con la horma de su zapato, y, ofuscado en la contratación de un jablantín, encontró el bufón que buscaba (y no sé a qué se debía el extraño empeño) para ejercer la dirección deportiva del Club Deportivo Tenerife.
Don Vítor, que perdía el juicio cada vez que el hombre del frac allanaba su despacho y apuntaba su sien con una factura -ya fuere de una merienda de Tutankamon en el McLuisGil o de un casquete de Ajenatón en el Nefertiti Nigth Club-, tenía estas curiosas arrancadas. De hecho, y como recordarán ustedes, nada más subirse en el machito, nombró vicemamonciño a un sujeto con más desaliño que aliño, cuyo apellido rimaba con el mamífero armiño, quien -arrebatado con caprichos más bien lampiños- solía sorprender a su familycon auténticos contenedores de trufiños, mulatos, cornetos, cucuruchos, cubanitos y polos de la Pantera Rosa, los cuales, muy agradecidos para los sofocos estivales y disfunciones eréctiles varias, pagaba -el muy tacaño- con la Tarjeta Visa de la entidad.
Dícese del peculiar consejeriño que -amparado en el penetrante, sensual y seductor guiño- gustaba de las alturas de la planta noble de la sede del club, en el Callejón del Combate, para deslizar la yema de sus dátiles por algún que otro corpiño, porque los dedos también son niños, y, en última instancia, haciendo auténticas acrobacias, dar mucho cariño. No puedo dar entidad de noticia a la sospecha, sinceramente, porque -aún viéndose mucho más mono y Míster Europa 1923 que Julián Muñoz, según la presunta beneficiaria- el flirteo del consejeriño no daba para programas alcagüetes como "Dolce Vita", "¿Dónde estás, so cabrón?" o el "Diario de Ictericia", entre otras razones porque no gusto de tratar asuntos de polvos furtivos.
Recuerdo ahora que Don Vítor me ofreció su amistad perenne, imperecedera e incondicional, independientemente de cómo me manejara en la crítica de su gestión (así me diera a mí por apodarlo botijo verde o vizconde de Geneto, como creo que me dijo), y, sin embargo, se encochinó conmigo desde el preciso instante en que -según comentó a sus íntimos, algunos de los cuáles son también mis íntimos- incurrí en el ignominioso atrevimiento de compararlo con Pinocho, a cuya familia, Gepetto y madrina adjunta, pedí mis disculpas. Todavía hoy sostengo que Don Vítor, gran encajador de críticas y comisiones (ya sean obreras o patronales), prestó un importante servicio al Club Deportivo Tenerife, aunque, finalmente, ya trastornado a cargo y cuenta de su pelea con el mundo entero e impedido para distinguir entre los buenos y los malos de su presunto Consejo, el aristócrata tenía la exótica habilidad de mentir sin abrir la boca, y, es más, contaba una verdad y se quedaba encarnado como un tomate cagón. Si quieren que les diga la verdad, y sin discutir su indiscutible virtud natural para la práctica de un deporte aventura como el dominó, yo dudaba incluso que -bolero perdido- se llamara Víctor.
Don Vítor, a quien mando un afectuoso saludo a pesar de que -a modo de venganza- me engañó con una mentira con envoltorio de primicia (esto es, que Karina habría quedado preñada de trillizos a causa de un revolcón puntual con su portacoz Julio Luis Movistar), gustaba de personajes como el susodicho Golosiño en llamas, o, para coyunturas históricas en las que necesitaba de escudos humanos, jablantines como el propio Güigüí, quien era, mucho más que lengüín, un trepador. Güigüí, a quien Don Vítor llamaba Paco hasta que éste apenas se daba media vuelta, quiso derrocar a nuestro amigo Martín Marrero como director técnico, y, si se hubiera despistado levemente, incluso habría intentado mamar la mismísima presidencia a su padrino Pinocho.
Cuando compareció ante los medios tinerfeños por vez primera en su presentación como enterado de la vela, y ante el estupor y el asombro de Don Vítor, Güigüí estuvo tanto o más presumido que -recién elegido- la ganadora, o ganador como quiera, del concurso dracuín de aquel año, y es más, faltó el canto de un duro para que insinuara que la célebre mano de Dios no era de Maradona ni de Dios sino más bien suya.
Y, miren por dónde, coño, presumo yo ahora, rogando a Don Vítor, al consejeriño, a Güigüí y a Maradona me perdonen la arrogancia, de haber entrevistado el pasado lunes, en mi programa "Interamigos", de InterSur Radio, al nuevo héroe del tinerfeñismo, o sea Iriome, que no es argentino, catalán, alienígena, aristócrata, goloso, ni alemán, sino canario, tinerfeño e icodense. Me sentí muy orgulloso de hablar con nuestro nuevo titán, un muchacho realmente cojonudo, que, además, al parecer, se mata de la risa -me dijo- leyendo "El Chasnero".
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