NOS CUENTA EL DÍA que el investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) Manuel Vázquez decía en una conferencia: "Nunca he visto una manifestación contra el cambio climático". Parece que este señor ignora el motivo por el que, el 22 de noviembre de 2002, más de cien mil personas salieron a las calles santacruceras en defensa del medio ambiente de su isla. Y que no ha sabido de las muchísimas veces que en todas nuestras Islas la gente responsable protesta una y otra vez por el modelo desarrollista que en Canarias imita los usos contrarios al medio ambiente. Los usos que prefieren el beneficio económico -incluso, para mayor vergüenza, beneficio de unos pocos- a la preservación de la naturaleza. Los usos que, precisamente, son los culpables del cambio climático.
No deja de tener razón, sin embargo, el conferenciante Vázquez cuando habla del bajo nivel de mentalización que tenemos en Canarias -como en muchas partes del mundo, lamentablemente- sobre este tema, del que depende nada menos que nuestra supervivencia como especie. Pero, a pesar de esto, muchas canarias y muchos canarios demostramos nuestra preocupación sobre el medio ambiente y reclamamos constantemente a quienes nos gobiernan el abandono inmediato de ese culto al cemento y al dinero por encima de todas las cosas.
Es injusto, por ser incierto, afirmar que en Canarias no existe ninguna mortificación por la sostenibilidad del territorio, primer paso contra el cambio climático. Como dice el doctor Fernando Sabaté, candidato al Cabildo de Tenerife por Alternativa Sí Se Puede Por Tenerife, cuando en los años noventa la izquierda canaria quedó neutralizada por la disgregación, su papel fue asumido por las organizaciones ecologistas. Por encima de un clima social de desprecio y descalificación, estos grupos, compuestos por gente tan honesta como abnegada, han mantenido la advertencia de que, si seguimos ahogando las Islas en cemento y gases de combustibles fósiles, el fin está cercano. Y esto tiene la connotación apocalíptica que se merece. Los ecologistas contagiaron, animaron y convencieron a los movimientos ciudadanos y, todos juntos, han protagonizado en estos cinco años una rica serie de manifestaciones y movilizaciones con una doble intención. Por un lado, alertar a la población canaria de los peligros que la amenazan. Y por el otro, recordar a los gobiernos canario, insulares y municipales que, sin perjuicio de su legitimidad incuestionable, en general no representan más allá de un cuarto o un tercio de la ciudadanía, que es la proporción real de votos que reciben. Y también intentar hacer ver a estos gobernantes, repito que legítimos, que el triunfo electoral no confiere la infalibilidad; que pueden equivocarse y que, con sus actuaciones, están hipotecando el futuro de los canarios y las canarias de mañana y contribuyendo al desastre universal. Hacer ver, baste un ejemplo, que no se puede intentar justificar una gran infraestructura alegando el valor medioambiental de un combustible fósil como es el gas mal llamado natural, en tanto que se renuncia a cumplir el objetivo, ojalá que vinculante, de la Unión Europea de llegar a un veinte por ciento de energías renovables y quedarse en un vergonzoso ocho por ciento. Un ocho por ciento, por otra parte, que uno sospecha que ni siquiera se alcanzará, por ausencia de voluntad política.
De manera que el señor Vázquez tiene mucha razón, salvo en la frasecita que el periodista hace titular de su, por lo demás, estupendo reportaje. No se puede persistir en el error de que los ecologistas son una poca gente ingenua y alarmista. Al contrario, son muchos y con argumentos siempre rigurosos.
Ojalá que se imponga la cordura, que todavía estemos a tiempo de parar esta catástrofe y que los poderosos entiendan que el dinero no se come y el pueblo comprenda que puede poner remedio, con su voto responsable.
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