Leoncio Rodríguez
¿Quién no lo recuerda? De blanca barba y ojos azules; ágil, a pesar de su edad provecta; afectivo en el trato; sencillo y campechano en sus maneras, todas las tardes, a la misma hora, veíasele descender del tranvía en Santa María de Gracia, con un voluminoso paquete de periódicos bajo el brazo. Con andar resuelto y juvenil atravesaba por entre los cardos y pedruscos del camino de la ermita y torcía luego hacia la derecha en dirección a su vieja casa solariega. En la puerta, dos jovencitas, una de blanca tez con menudas y doradas pecas, otra morena, de ojos redondos y risueños, salían a su encuentro con jubilosa alegría. ¡Papá! ¡Papá!... Y confundidos los tres en un abrazo, el anciano de los ojos azules, la jovencita rubia y la de los ojos redondos y risueños, cruzaban el sombrío patio, lleno de macetas y tinajas con cactus, plantas trepadoras y una alta araucaria al centro, y subiendo por unos estrechos escalones de piedra se dirigían al entresuelo donde el hidalgo tenía sus libros, sus cachivaches y sus recuerdos... Cuadros de Valentín Sanz, González Méndez, Felipe Verdugo, Eduardo Rodríguez. Abríase de par en par la ventana, y una oleada de luz y de aire fresco del jardín invadía la pequeña estancia. De afuera, de la huerta, llegaba también un olor a flores de almendro, a eucaliptos y retamas. Una sensación de placidez, de suavidad y de silencio en el ambiente. Sólo, a ratos, el rumor del viento zumbando en la arboleda o la algarabía de los gorriones en los aleros de la cercana ermita.
* * *
¡Don Patricio Estévanez! Hidalguía de raza; bondad y nobleza de espíritu. ¡Cómo se refocilaba el anciano en aquel suave calor de afectos familiares! ¡Cómo se reanimaba y rejuvenecía su espíritu! ¡Cómo sonreían, con sonrisa infantil, sus ojos azules, mientras las jovencitas le cepillaban el sombrero cubierto del polvo del camino y con sus manecitas blancas ceñían luego a sus sienes el viejo gorro doctoral! ¡Cómo se solazaba después, acomodado en su poltrona de cuero, aspirando el aroma del almendro familiar, "el de la dulce, fresca, inolvidable sombra", y sintiendo en sus pies los halagos de su gato de Angora...
Después, a rebuscar y coleccionar papeles. Tarea ímproba entre tantos centenares de cartas, autógrafos, fotografías, periódicos, etc., guardados en cajones o amontonados en los estantes. De pronto, un papel amarillento, con letra desteñida, que llama la atención de las jovencitas. Una carta de la bisabuela, doña Isabel Pówer de Meade, dirigida a su hija pocos días antes de su muerte. Y la jovencita lee: "Mi amada hija: Sólo una madre es capaz de sentir las congojas que yo siento. La idea de dejarte en la tierna infancia me aflige cruelmente, pero la voluntad de Dios debe cumplirse y yo me entrego con resignación a sus decretos. A ti te toca, en adelante, mi pobrecita Isabel, consolar a tu papá. Mírale como amigo; sigue sus consejos; ábrele tu corazón. No hagas jamás sino lo que te ordene, y acuérdate que tu primer deber es para con Dios. Luego, a tu entrada en el mundo, procura recomendarte y hacerte estimable por tu modestia, buen juicio y afabilidad a las gentes de aprecio y entendimiento. Evita el ser vana; sólo, mi querida, debes usar de la vanidad bien entendida, aquella que se nos permite para superiorizarnos a las acciones bajas; pero trata siempre con dulzura a tus inferiores, y ama a los pobres. Cuida de tu corazón y no dispongas de él sino cuando halles quien sea digno de poseerlo. ¡Adiós, mi más amada Isabel! El Todopoderoso te bendiga y te guarde como lo desea tu amante madre, cuyos consejos te pido que no olvides jamás. ¡Adiós, mi pobre hijita, último y eterno adiós!- Isabel".
-Aprended bien los consejos de la abuelita -decía el anciano. Y seguían rebuscando papeles: cartas de la familia; libros del tío Nicolás; poesías del tío Diego... Retratos de damas, generales, obispos, artistas...
Y así, hasta que llegaba el oscurecer, la hora de la cena: una cena modesta, frugal, en la ancha mesa de pino que en días memorables vio congregada a su alrededor abundante prole. Aquel comedor, donde antaño se reunían veinte, en alegre tertulia, ahora sumido en tristeza y soledad, que vio don Nicolás Estévanez a su regreso de la expatriación. La abuelita venerable, cargada de años; la bondadosa tía Dolores; los hermanos Nicolás, Diego, Paco, Isabel y Cristina; los amigos de la casa, Almeda, Valentín Sanz, Pówer, el tutor don Bartolomé Saurín... todos tenían allí sus sillas vacías. Y muchas noches, en las largas veladas invernales, mientras el viento y la lluvia azotaban los tejados, el hidalgo solía evocar aquel triste éxodo de su juventud en los años de 1866 y 67. Aquel día nefasto del 5 de octubre, en que, hallándose en Santa Cruz con su abuela y su hermana Isabel, desalojando la casa de la Marina en que había nacido, se enteró de la declaración oficial de la epidemia de fiebre amarilla. Luego, su forzoso retiro en Santa María de Gracia con sus hermanos Nicolás, entonces oficial del Ejército, y Diego, el poeta prematuramente desaparecido; la impresión que al bajar un día a Santa Cruz le produjeron la soledad de las casas cerradas y las calles desiertas, en algunas de las cuales alcanzaba la yerba más de una vara de altura, y sin otra señal de vida humana que algún sacerdote conduciendo el viático. Más tarde, las desgracias familiares. Primero, cuando aún no había cumplido doce años, la muerte de sus padres en circunstancias excepcionalmente dolorosas, quedándose con sus hermanos en la mayor orfandad, sin otro amparo que el de la anciana y bondadosísima abuela. Dos años más tarde, la enfermedad y muerte, en el transcurso de unos meses, de sus hermanos Francisco y Diego, su abuela y sus hermanas Isabel y Cristina, y la tía Dolores, que pierde la razón a causa de tantos y tan continuados reveses. Luego, la llegada del hermano Nicolás, que se hallaba en la campaña de Santo Domingo. Su estancia a mi lado -refería el anciano- fue un relativo consuelo para mi alma atribulada; pero su licencia terminaba y era preciso que nos separáramos de nuevo. Y llegó el horrible momento de la separación. Juntos salimos de la casa donde juntos habíamos vivido los tres hermanos, último resto de una familia numerosa. Cristina nos había abandonado pocos días antes para unirse a los demás en el sepulcro, y nosotros íbamos a separarnos acaso para siempre. Silenciosos llegamos al muelle y sin balbucear siquiera una palabra -tal era la emoción que a los dos nos ahogaba- nos dimos el último abrazo. Partió la lancha hacia el vapor y yo, en medio de aquel bullicio del muelle, me sentí solo, completamente solo. ¡Solo en el mundo! ¡Qué terrible momento para un chico de quince años!
En los ojos de las jovencitas brillaban lágrimas de emoción y de pena al recuerdo de los infortunios familiares. Afuera, el viento y la lluvia continuaban azotando los tejados, y al retirarse de la mesa, un ósculo paternal sellaba las frentes de las dos hermanas.
-¡Padre, la bendición!
-¡Hasta mañana, hijas mías!
Y se retiraba a su lecho, alegre, tranquilo.
Oíanse después unos leves pasos en el corredor, luego el crujido de pesadas puertas de tea al cerrarse, y, a los pocos instantes, la vieja mansión, sin luz, sin ruido, se quedaba envuelta en profundo silencio, en una paz bendita.
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