El quehacer diario de un guardia municipal antes estaba lleno de anécdotas de la vida cotidiana. "Había un hombre al que siempre le gustaba armar follones. Todo el día estaba en riñas. Una vez en las fiestas del Cristo estaba montándola", nos cuenta José. "Entonces me llamaron los vecinos que lo estaban aguantando. Después de decirle hasta tres veces que se fuera a su casa, que era plaza abajo, él me seguía a mí hacia arriba. Yo le decía
anda vete pa' bajo y él venía p'arriba", nos dice riéndose. "Bueno, al final, se me encaró y le tuve que sacar la porra. Lo metí en el depósito y allí estuvo hasta que terminó de dormirla. Cuando se despertó, le dije que si estaba bien para irse a casa y me dijo que sí. Entonces le comenté que por qué era tan pesado y no se había ido a su casa, abajo en la barriada de Fray Diego, sino que me seguía. Él, el pobre, entonces me comentó:
Don José es que yo me casé y ahora no vivo abajo, sino arriba en Ravelo. Por eso, le seguía", nos apunta José Barrios, entre carcajada y carcajada.