D. BARBUZANO, La Laguna
El "Delta", el frío de las noches laguneras, la falta muchas veces de comida, el maltrato de jóvenes tirándoles piedras y cristales y el no conseguir que el Ayuntamiento de La Laguna les dé una vivienda, no ha sido impedimento para que la pareja formada por Andrés González Martín, de 54 años, y María Inés Salinas Linares, haya llevado a cabo lo que tanto han planeado como ha sido quitarse la vida. "No lo hemos hecho -aclararon- porque estamos muy unidos por el amor y porque en la palabra de Dios hemos encontrado el mensaje de que al final encontraremos la luz de la esperanza".
Esta historia nos la descubrió una persona muy vinculada al movimiento vecinal que, dada su humildad, ha preferido permanecer en el anonimato. Ella señaló que "deben ser los responsables de los Servicios Municipales quienes, en vez de estar tanto sentados en sus oficinas tramitando papeles, deben recorrer la ciudad y descubrir quiénes en verdad necesitan una casa".
María Inés se separó de su marido por malos tratos y Andrés lo hizo de su mujer porque se acabó el amor. Andrés vivió 9 años acogido en la iglesia de Santo Domingo, gracias a la gentileza de su párroco en el pasado, Vicente Cruz Gil. Luego tuvo que dejar el templo y fue cuando, en un bar, se encontró con María Inés, quienes, tras compartir gran cantidad de penas y tristezas, decidieron unir sus corazones. Y lo hicieron de una manera tan fuerte que ni la marginación que dicen haber sufrido por parte del ayuntamiento ni la pobreza, ha debilitado el amor que sienten.
Ello nos llevó a preguntarles cuál era el límite de su amor, quedando sorprendidos por las respuestas de ambos. Andrés dijo que "la quiero mucho y daría mi vida por ella", mientras que María Inés, llorando a lágrima viva, añadió: "Yo también lo quiero porque es un hombre muy bueno que me ha hecho sentir de nuevo feliz". Ese amor se hace patente en que Andrés González nunca duerme de noche, por miedo a que le hagan daño a su mujer, lo que le lleva a un gran cansancio.
Al principio, la pareja vivió en una casa abandonada y vieja del camino de La Cruz y luego decidieron deambular por la ciudad buscando un lugar que los protegiera de las inclemencias del tiempo, aunque sin forzar nunca ninguna casa ni ser "okupa" de la misma. Un hecho que, según quienes los conocen, dicen "que les honra y diferencia de otras personas también pobres del municipio, ya que estos son muy honrados y educados".
Desde hace un año han decidido vivir en el soportal de unos 3 metros cuadrados de una casa de la barriada de San Honorato. Allí sólo disponen de un colchón, unas mantas y una chapa de madera para protegerse del frío. Y a veces es difícil pasar la noche en dicho e incómodo espacio, ya que los jóvenes del botellón, como los llama la pareja, se meten con ellos y prefieren recorrer la ciudad antes de que sean agredidos.
Hambre e incomprensión
Tanto Andrés como María no tienen trabajo y padecen los efectos de los nervios. Aunque tuvieron una buena puntuación a la hora de darles una casa, parece que la perdieron por no comunicar su dirección antes de 15 días. "Cómo lo íbamos a hacer -dijo Andrés- si somos huérfanos, lo que también influye en el aval que nos pide el ayuntamiento para alquilarnos una vivienda. ¿Quién va a avalar a dos desgraciados que viven en la calle?"
La pareja se levanta a las 6:30 de la mañana y sólo desayuna un barraquito, y cuando han conseguido dinero para ello de la caridad de algunas personas. El almuerzo lo solucionan en el comedor social de San Vicente Paúl y en las cenas comen cuando hay suerte y consiguen alimentos de las religiosas de la ciudad o si tienen dinero. Es lo más difícil, por lo que la pareja confiesa que suele pasar mucha hambre al irse a acostar.
El día se lo pasan recorriendo por la ciudad en busca de una solución que no llega. Destacan a Rosa, una vendedora de cupones de la Once, que le lava la ropa, y a Conchi que les permite ducharse en su casa. "Todavía quedan personas caritativas en la sociedad", apuntó Andrés.
La pareja lamentó mucho la presencia de la Policía, por avisos de los vecinos, cuando están comiendo en un banco tranquilos, ya que, como aseguró Andrés, "se acercan a nosotros como si fuéramos drogadictos o delincuentes, sin darse cuenta, cosa fácil de ver, que están ante dos simples pobres que sólo quieren vivir en paz".
La noche de "Delta" la pasaron dentro de un cajero de CajaCanarias y estuvieron tranquilos porque no le tienen miedo a la muerte. "Estamos preparados -dijeron- para la muerte. Lo que muere es el cuerpo pero el resto, lo más importante, como es el alma y el espíritu, permanecen vivos".
La vecina que nos descubrió esta historia resaltó que "es injusto el tratamiento que esta pareja está recibiendo del ayuntamiento y que con ello sólo está contribuyendo a que caigan en el mundo de la droga, la delincuencia o la droga, lo cual estoy segura que no lograrán con esta ejemplar pareja".
Andrés y María piden al Ayuntamiento de La Laguna lo siguiente: "No somos racistas con los inmigrantes pero hay que ayudar primero a los canarios que a los que vienen de fuera que viven mejor que nosotros. No queremos un chalet ni un adosado, sino un techo y un cuarto donde poder hacer nuestra comida, asearnos y dormir. Ese es nuestro mayor tesoro".
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