EL DIARIO LIBANÉS The Daily Star resumía muy bien ayer, en su editorial de recuerdo a los dos años del asesinato de Rafic Hariri, que la gente, aturdida por el hecho, pensó que el futuro, en todo caso tenía que ser mejor sobreentendido porque no podía ser peor, salvo que se volviera a la guerra civil.
Las dos últimas jornadas en el país dan de nuevo miedo, pero confirman la extraña impresión de que nada parece ya capaz de hacer que el país y su gente den el paso definitivo hacia el desorden político y moral absoluto que sería el regreso a la guerra civil. Se ha instalado un extraño "statu quo", están acostumbrados a vivir al borde del abismo como si hubiera un acuerdo tácito para no precipitarse jamás.
¿Qué habría que hacer, en efecto, para que la polarización absoluta y las provocaciones, todas sin resolver (nada menos que dieciséis atentados de todas clases incluidos algunos de la máxima importancia política y simbólicamente bien escogidos) no lleven al desastre final? De momento, es como si una invisible barrera de contención consiguiera pararlo todo en el instante final.
El martes, en el área cristiana y anti-siria (no todos los cristianos lo son, como lo prueba la facción del general Michel Aun) de Bikfaya dos bombas causaron tres muertos entre los pasajeros de dos autobuses. Se trataba, obviamente, de desalentar los viajes que se preparaban a la capital para formar en la impresionante manifestación que ayer conmemoró el segundo aniversario del asesinato de Hariri y otras veintidós personas. Su asesinato no fue inútil, de hecho movió a la comunidad internacional a presionar a fondo a Siria, que debió retirar sus tropas del país, pero no alteró decisivamente en términos políticos la polarización del país. La guerra entre el Hezbolah e Israel el verano pasado ayudó decisivamente, además, a reequilibrar la situación. El gran partido chií, reforzado por su gran prestación militar, exige desde entonces la representación adicional a la que cree tener derecho.
Sus presiones al efecto en la calle y su boicot del gobierno y el parlamento condicionan fuertemente la vida política e institucional, tanto que no se ve cómo restaurarla sin la vuelta a un gobierno de unión nacional que todas las partes perciben como una salida sensata pero para la que nadie da el paso decisivo. A la gran manifestación anti-siria de ayer en Beirut podría responder mañana mismo Hezbolah con otra igual o mayor. Tal es el extraño y no del todo inútil empate técnico o tiempo muerto en el que parece haberse instalado la vida libanesa.
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