Leoncio Rodríguez
La antigua hacienda, con sus huertas de plataneras escalonadas en el declive de la montaña, había perdido sus primitivas características. A la entrada conservábase intacta la vieja portada, con su valla de tea y sus gruesos pilares coronados por macetones con geranios, de donde partían las dos hileras de adelfas y arrayanes del camino central de la finca. Pero dentro echábase de menos aquel f rescor de bosque, impregnado de aromas de jardines, que antes se percibía en su ambiente, propicio para la suave quietud y el plácido sosiego. Le faltaba, sobre todo, el ornato de sus árboles y de su flora exótica, de tan originales y diversos matices. Ya no poblaban las huertas los nogales y moreras de la India, el anón de áspera corteza, los pándanos de troncos en espiral, los tamarindos, papayas y aguacates del trópico. Ya no adornaban los jardines las magnolias de grandes hojas ovaladas, los garzoteros encarnados, los calicantos aromáticos, la fresa de los Alpes y la camelia del Japón. Ni se recortaban sobre el fondo luminoso del paisajes las copas de los dragos y los abanicos de las palmeras. Tampoco expandían su perfume los azahares de los naranjos ni daban su nota vibrante de color los arreboles, los tréboles y las siemprevivas azules.
Placíame, decía un sabio extranjero, extraviarme por estos senderos floridos a los que daban sombra soberbios árboles, escuchar el ruido de la espumosa cascada que saltaba sobre las rocas para deslizarse después sobre un suelo esmaltado de flores. Por todas partes las cepas calentaban sus dorados racimos y los vergeles sus más hermosos frutos.
Todo ha cambiado en la vieja hacienda. De la era sólo queda el cerco de piedra utilizado ahora para secadero de ropas o refugio de cluecas y palomas. Donde se hallaban las bodegas se alzan las tongas de maderas de los empaquetados. Donde estaba el banco de piedra en que solían sentarse los dueños de la finca en apacibles charlas con los medianeros, se yergue un surtidor de gasolina. Por aquella estrecha vereda por donde se iba a los nacientes del agua, en lo alto de la montaña, baja ahora la cinta blanca de la acequia, plegándose a las ondulaciones del terreno. Y se oye el rumor de la corriente que se acerca, y que luego, acortando su marcha, se pierde entre los surcos y canalillos de las huertas.
Todo está distinto en la hacienda, menos el lagar... El rústico armatoste, con su cobertizo en ruinas, las tejas rotas y la corpulenta viga desafiando las inclemencias de los tiempos, todavía está en pie. Último vestigio de una época histórica, este viejo lagar vive aún todo un poema bucólico -el de las alegres y ópimas vendimias-, y ahí está, bajo el desconchado corralizo, perpetuando la leyenda áurea. ¡Venerable superviviente, que alza todavía el brazo gigantesco como un símbolo de su perdido poderío!
* * *
¡Los vinos!... Todo un emporio de riqueza que se disipó con los últimos aromas de los vidueños y malvasías célebres. Pregón de fama para la Isla, que extendió el nombre de Tenerife hasta los imperios asiáticos, "no había un néctar tan delicado como el que rendían las uvas maduras bajo un cielo esplendente y puro y a las que comunicaban un calor suave las tierras calentadas por los volcanes". Ponderaban sus excelencias los escritores de más nombradía universal -Shakespeare, Hugo, Walter Scott, etc.- y su fama andaba en boca de poetas e histriones teatrales. "¡Traedme una copa de vino de Canarias! ¡Bebamos, amiga Doll!" -exclama Falstall, el alegre y divertido personaje de las comedias de Shakespeare. -"Por mi fe que habéis bebido demasiado vino canario -añade otro-. Es un vino maravillosamente penetrante y que perfuma la sangre antes de que se pueda decir: ¿qué es esto?". Y Pistol dice a la bella Calipolis: "Dadnos vino de Canarias, y tú, mi bien amada, reposa aquí".
¡Los vinos!... Toda una época histórica, abundante en episodios, en alegrías y reveses, que en un transcurso de más de dos siglos removió y transformó todos los aspectos de la vida canaria. Primero, el venturoso suceso: la aparición de la viña; la alfombra de pámpanos cubriendo de pronto la aridez y desolación de las tierras volcánicas. Los "malpaíses· convertidos en campos ubérrimos. La fecundidad y la abundancia. Y la grata nueva corriendo por el mundo. Inmigración, al poco tiempo, de mercaderes ingleses, franceses, irlandeses y genoveses, atraídos por la floreciente industria. Comercio con las Indias Occidentales y Norte de Europa. Protección decidida del rey de Inglaterra al comercio de nuestros vinos, por los pingües beneficios que proporcionaba a las aduanas de Londres y convenio con los mercaderes ingleses para el pago de los vinos: "El un tercio por semanas, el otro en ropas que habían de tomarse en sus tiendas y el otro a la vuelta de los navíos". Y a la par del esplendor de la vida comercial y agrícola, auge extraordinario del tráfico marítimo con la afluencia a nuestros puertos de centenares de navíos. Más tarde: un acontecimiento adverso. La revolución en Inglaterra y la paralización momentánea del comercio de los vinos. Restauración en el trono de Carlos II, y restablecimiento de la industria bajo el monopolio de la Compañía inglesa. Protesta de los Ayuntamientos y acuerdo de extrañar de la Isla a todos los corresponsales y factores, y de no vender a la Compañía inglesa bajo severas penas. Revueltas en los pueblos. Cuadrillas de enmascarados asaltando las bodegas, rompiendo las cubas, haciendo correr arroyos del dulce licor. Obstinación de los capitanes generales en proteger el comercio inglés. Severas medidas del general Conde de Puerto-Llano, y destierro del ministro de la Audiencia, Martín Bazán de Balde, defensor de los derechos de los cosecheros isleños.
Por último, prohibición de la introducción de vinos canarios en Las Barbadas para favorecer a los de la Isla de la Madera. Mensajeros a la Corte; agentes a Londres para restablecer el comercio; memorial del Marqués de Villanueva del Prado "para que no se dejase agotar o secarse el manantial de la primitiva riqueza de Canarias". Proféticas palabras del ilustre prócer tinerfeño, que no tardaron en tener plena confirmación.
* * *
Fue aquel el último clamor de nuestra industria agonizante, después de más de dos siglos de vida próspera y accidentada al mismo tiempo. Se agotó y secó, en efecto, aquel fecundo manantial de riqueza. Se ausentaron los bajeles de nuestros puertos; paralizóse el comercio de las Islas; perdieron los campos la alegría de sus viñas festoneadas de racimos, y otra vez los "malpaíses" volvieron a mostrar sus lomos negros, calcinados por los volcanes, en las llanuras y vertientes de la Isla.
De aquellos tiempos sólo quedan como recuerdo estos vetustos lagares, con su cobertizo en ruinas, sus tejas rotas y la corpulenta viga, carcomida de humedad, desafiando aún las inclemencias de los tiempos. ¡Venerable superviviente, que alza todavía el brazo gigantesco como un símbolo de su perdido poderío!
Trepado sobre el viejo madero, el gallo madrugador entona todos los días su diana, saludando al alba.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD